IDENTIDAD Y SUBJETIVIDAD
Jorge
Luis Acanda González
Conferencia impartida por el autor el 5 de abril de
2006, en el marco de la Jornada
Teológica que sobre Identidad y Espiritualidad se celebró en el Seminario
Evangélico de Teología.
Hablar de
identidad tiene que ver naturalmente con la espiritualidad y la subjetividad.
Porque si hablamos de identidades, ¿a qué nos estamos refiriendo? Estamos
hablando de ese conjunto de principios, valores, rasgos, características, no
sólo con los que el individuo se identifica a sí mismo, sino que además le
permiten identificarse con un grupo, lo cual es esencial. La idea más simple,
la primera que surge en todo ser humano es precisamente la pregunta “¿quién soy
yo?”, “¿qué soy yo?”, que da lugar a la frase más simple, y la primera que todo
ser humano concibe: “yo soy…”, y a continuación aparece un concepto. Esa es la
frase más simple que se puede construir, y como corolario viene una
conceptualización: “yo soy cubano”, “yo soy niño”, “yo soy mujer”, “yo soy
hombre”, “yo soy cristiano”, “yo soy intelectual”, etc. La identidad tiene que
ver entonces con la subjetividad, con la espiritualidad. Yo no pretendo ni
mucho menos venir aquí a dar una definición de lo que es la cubanía, la
identidad nacional, ni nada parecido. Me parece que sería demasiado ambicioso.
Por otra parte no creo que alguien pueda hacerlo, ni creo que tenga sentido
hacerlo. Quiero solamente establecer algunas ideas o algunos principios que me
parece que son esenciales para poder pensar el tema de la identidad y sobre
todo el tema de la identidad nacional, porque en Cuba cuando se habla de
identidad siempre ocurre que al final de lo que estamos hablando es de la
identidad nacional.
Identidades
existen varias, y cada individuo es portador de varias identidades: identidad
de género, identidad generacional, etc. Por ende, hablar de ‘la identidad’
puede ser bastante engañoso. Pero evidentemente en Cuba el tema de la identidad
nacional es un tema recurrente, omnipresente, que nos preocupa mucho y del cual
hablamos constantemente. Pongo un ejemplo: si un músico cubano es entrevistado
por la nuestra TV, siempre se le pregunta qué es lo cubano en la música, y lo
mismo ocurre si se trata de un poeta, que se le pregunta sobre lo cubano en la
poesía. Además, “lo cubano” es un concepto que se utiliza mucho en la política,
y ello no empezó con la Revolución, es anterior a 1959, aunque es evidente que
podemos destacar una dinámica temporal de profundización del tema. Creo que el
tema hoy en día tiene más complejidad, más urgencia y más facetas de las que
tenía hace veinte años y por supuesto de las que tenía hace cincuenta, y todo
eso tiene sus razones. Por ende, lo primero consiste en preguntarse de qué es
de lo que realmente estamos hablando cuando hablamos de la identidad. Pero no
sólo de qué estamos hablando, sino también preguntarnos qué es de lo que
realmente queremos hablar cuando tratamos el tema de la identidad nacional.
Ello para adquirir plena conciencia acerca de esta cuestión, porque a veces
hablamos de algo y no nos damos cuenta de que es de lo que realmente estamos
hablando. Utilizamos una palabra, un concepto y – sin darnos cuenta – a través
de ese concepto estamos vehiculizando un conjunto de preocupaciones, un
conjunto de temores o un conjunto de intereses. Entonces, lo primero a tener en
cuenta es que cuando hablamos de identidad estamos utilizando una metáfora, en
la cual se están concentrando varios elementos que se están anudando en ella. Y
esa metáfora funciona como un medio para vehiculizar preocupaciones, intereses,
temores, etc.
De hecho,
eso ocurre con otros conceptos, como el de “sociedad civil”, o el de
“socialismo”, o el de “cristianismo”. No es algo que ocurra sólo con el
concepto de identidad nacional. Esta es la primera cuestión a aclarar: ¿en qué
medida esto de la identidad nacional, de la identidad cultural, de la identidad
cubana, de lo cubano, es un vehículo a través del cual se están concentrando
todo un conjunto de temas, preocupaciones, problemas de la realidad en la que
estamos viviendo y de las urgencias sentidas por cada individuo?
Queda
claro que este tema de la identidad adquiere su relevancia a nivel mundial con
el surgimiento de la Modernidad. La cuestión de la identidad como tema de
reflexión nace como resultado de las características de la modernidad. Porque
está claro que en las sociedades premodernas el problema de la identidad
prácticamente no existía, porque no existía el tema del individuo. En las
sociedades premodernas no existía el problema del individuo, de la
individualidad. El ser humano estaba ahí y formaba parte de un colectivo y
adquiría su identidad por ese colectivo, que era un colectivo además que él no
podía escoger y del que él no se podía salir: era siervo de la gleba o era
noble, era ostrogodo o era visigodo o era huno, era hombre o era mujer, y
estaba bien claro de antemano cuales eran sus códigos de conducta, sus
posibilidades de realización, sus proyectos de vida que estaban muy bien
establecidos de antemano y de los que él no se podía separar. Un visigodo no podía
salirse del contexto de los visigodos e irse a vivir con los ostrogodos, entre
otras razones porque los ostrogodos no lo iban a acoger. La identidad como problema
no existía, porque no existía el individuo como tal.
El
individuo nace con la Modernidad, el individuo como fuente de derecho y como
valor en sí mismo, el individuo como un ente imbuido de razón y por lo tanto
munido de la facultad – pero además del derecho – de establecer su plan de vida
y de ser diferente a los demás y de escoger, que significa escoger a qué
comunidad quiere pertenecer. Y ahí es donde empieza entonces el problema de la
identidad, porque la pregunta “¿qué soy yo?” ya no tiene una respuesta
establecida de antemano. “¿Qué soy yo?” ahora también va acompañado del espacio
que abre una posibilidad nueva: ¿qué es lo que quiero ser yo? O está otra: ¿qué
es lo que puedo ser yo? Es una posibilidad, como la sociedad moderna, donde
están desarrollándose esos elementos que permiten la individualización del ser
humano. A la vez, la Modernidad trae consigo otra dinámica social que es
contradictoria con esta: la dinámica de la masificación. La Modernidad ha
decursado históricamente en la forma de modernidad capitalista. Y algo que el
capitalismo desarrolla es la estandarización del individuo, la masificación del
individuo, y la destrucción de todos los nexos y lazos tradicionales y su
sustitución por nexos y lazos que pasan no a través de valores de carácter
espiritual sino del valor económico. Eres lo que tienes, y lo que tienes es
dinero. No importan tus atributos subjetivos: tu agudeza, tu inteligencia, tu
gracia y tu simpatía. En la sociedad capitalista “tener” sólo puede significar
tener dinero. Esta claro que para saber lo que un individuo es hay que
establecer lo que tiene: si tiene buenos sentimientos, sentido de solidaridad,
inteligencia, sensibilidad estética, etc. Pero en el capitalismo el tener ha
quedado reducido a algo muy estrecho: tener riqueza material. Si en las
sociedades pre-capitalistas no había ninguna contraposición entre ser y tener,
es con el capitalismo donde estos dos términos se convierten en antitéticos. En
el capitalismo, tener es simplemente tener dinero. Con la Modernidad se
empiezan a dar estos dos procesos, de que por un lado aparece el individuo, se
le da un marco de posibilidad al individuo (el individuo es fuente de derecho,
el individuo tiene libertad para escoger, etc.), pero por el otro lado se está
estableciendo también un proceso de destrucción del individuo, de masificación
del individuo y de ruptura de todos aquellos nexos, lazos y relaciones de
carácter espiritual con los que el individuo se identificaba y adquiría certeza
de sí mismo, y se intenta convertir a la persona simplemente en un acumulador
de ganancias y en un consumidor de mercancías. Y por lo tanto, todo un conjunto
de otras determinaciones empiezan a pasar a un segundo lugar, ya no importa de
qué país eres, pues la nacionalidad no sólo la puedes cambiar, sino que la
puedes comprar; ya no importa de qué grupo social eres, ya no importa ni de qué
raza eres. Michael Jackson ha demostrado de que si se tiene el suficiente
dinero un negro puede terminar teniendo una piel blanca. En los Estados Unidos
de hoy, plagados de odio a todo lo que huela a musulmán, un extranjero puede
ser islámico fundamentalista, usar un turbante y darle golpes a su mujer, pero
si invierte medio millón de dólares en la economía norteamericana
automáticamente y de golpe obtiene el derecho de residencia en ese país. Todos
esos principios y valores de identidad (el país, la familia, la religión, etc.)
se rompen y lo único importante es el dinero. Por lo tanto, no se están
ofreciendo valores espirituales sustitutivos, sino todo lo contrario, y por
supuesto que eso lo que acarrea como consecuencia es una crisis de identidad,
que es lo que vive la Modernidad, y que no se conocía antes. Crisis de
identidad que tampoco es para desgarrarse las vestiduras –como yo lo veo— sino
para comprender lo que está significando en cuanto el sentido que tiene para el
individuo plantearse si quiere ser lo que está establecido de antemano que
tiene que ser o si él quiere escoger. Opino que el problema si reside en las
vías de solución que la sociedad capitalista le ofrece a esa crisis de
identidad, ya que evidentemente no constituyen una solución. Y de ahí ese
problema que en la sociología se conoce como anomia, el del individuo que no
sabe cómo definirse, que no se identifica con nada, que no está vinculado a
nada, y el cual asume una actitud de nihilismo ante los valores tradicionales,
porque esos valores ya están vacíos de significado para él. Y eso es lo que
lleva precisamente a la desintegración social, eso es lo que lleva al
desarrollo de las conductas marginales, y ya no sólo como un fenómeno exclusivo
de sectores económicamente pobres.
En estos
últimos meses la problemática de la identidad ha aflorado de manera dramática
en el panorama internacional. Primero los disturbios callejeros que ocurrieron
en Francia en noviembre, expresión de la inconformidad de una masa de millones
de hijos de inmigrantes en ese país que tienen un problema muy serio no sólo
laboral, sino también cultural, de identidad, porque no son aceptados como
franceses por una buena parte de los demás franceses. Aunque sus padres hayan
sido turcos o maghrebíes, ellos han nacido en Francia, pero no son sentidos
como franceses por los franceses, y a ellos les cuesta trabajo sentirse como
franceses. Y más recientemente, las grandes manifestaciones ocurridas en
ciudades de EE UU contra el proyecto de ley que criminaliza a los inmigrantes,
y en el que han tomado parte centenares de miles de hijos de inmigrantes, sobre
todo de latinos, nacidos en los EE UU pero con un problema similar de
identidad: ¿qué son? ¿Son mexicanos? ¿Son salvadoreños? ¿O son norteamericanos?
Tienen problemas con su identidad, porque la identidad que “el otro” les quiere
dar a ellos no les resulta adecuada. “El otro” es la Norteamérica anglosajona,
que los ve como inferiores, y los identifica con rasgos y características
(drogadicción, delincuencia, pereza física y mental, etc.) que por supuestos
ellos rechazan como elementos de su identidad. Y el problema de la identidad
trae aparejado esta otra cuestión también que no podemos olvidar nunca: no es
sólo la cuestión de aquello con lo que yo me identifico, sino es también la
cuestión de aquello con lo que los demás me identifican. Porque puede darse la
circunstancia de que yo me identifico con algo, pero los demás me están
identificando con otra cosa. Entonces, por ejemplo, si yo soy hijo de
inmigrantes y los demás me identifican a mí como “el otro”, “el ajeno”, “el
diferente” y “el inferior”, evidentemente esos no son los valores con los que
yo me quiero identificar y los voy a rechazar. Pero siempre la mirada con la
que yo me miro tiene un componente muy importante en los elementos de la mirada
con la que el otro me mira.
Lo que
quiero decir con esto es que el tema de la identidad no es importante sólo para
los cubanos. Creo que hoy en día es un problema general que transita por muchos
lugares, lo que no en todos los lugares, por supuesto, tiene la misma
significación, no en todos los lugares se expresa de la misma manera. Lo digo
porque el tema de la identidad en Cuba puede adquirir ribetes a veces bastante
esquizofrénicos, pero eso no quiere decir que sea una cuestión exclusiva de
nosotros. Lo específico es la forma en que se establece aquí.
Por lo
tanto, si vamos a reflexionar sobre el tema de la identidad, comencemos
entonces por la identidad nacional, la identidad cubana. Lo primero es
comprender la dimensión histórico-social del tema de la identidad nacional, que
es algo que también se olvida muchas veces. ¿Qué quiero decir con eso de la
dimensión histórico-social? Quiero decir dos cosas: primero, la identidad es un
proceso, con lo cual quiero decir que no está terminada nunca, que no es algo
que se formó de una buena vez y quedó congelada en el tiempo, porque es el
resultado de interacciones sociales complejas, históricas, que van cambiando; y
de ahí el segundo momento: la identidad es una producción social, y como tal es
resultado de la interacción de fuerzas, de intereses, que pueden ser
divergentes e incluso antitéticos. Y es ese entrecruzamiento de fuerzas e
intencionalidades sociales lo que produce el surgimiento, el desarrollo, la
transformación de eso que podemos llamar identidad. Para decirlo en una
terminología marxista que a mí me gusta mucho: la identidad es el resultado,
también, de la lucha de clases. Y en el caso cubano yo lo veo clarísimo. Y si
nos olvidamos de eso entonces no vamos a entender nada.
Lo digo
porque a veces ‘lo cubano’ se piensa como algo que ya está ahí, dado de una vez
y para siempre, fijado y rígido. Se asume ‘lo cubano’ como un cartabón, como un
esquema, un molde, que se superpone a cualquier fenómeno social para encontrar
la respuesta a lo que parece ser una sempiterna pregunta: “¿será eso cubano?”.
Para que “eso” (un ritmo musical o una doctrina política o cualquier otra cosa)
sea cubano, entonces tiene que caber dentro de ese molde. Si cupo es cubano y
si no cupo no es cubano. Lo que nunca está claro, a ciencia cierta, es de que
fecha data ese supuesto molde de “lo cubano”: tal vez sería la de 1868, que
convencionalmente se coloca como fecha de nacimiento de la nacionalidad, por el
alzamiento de La Demajagua el 10 de octubre de ese año. Daría entonces la
impresión de que “lo cubano” ya estaba plenamente formado en esa fecha y, peor
aún y sobre todo, acabado ya. “Lo cubano” sería así un conjunto de rasgos, tal
vez cuatro u ocho, no se, que se pueden numerar, y que se utilizan como un patrón
para definir “el carácter cubano”, “lo cubano en la música”, “lo cubano en la
religión”, etc. A veces podemos apreciar una utilización del concepto de lo
autóctono que podemos catalogar, si queremos ser suaves, como absurdo.
Quiero
poner un ejemplo, relacionado con este auditorio que tengo, de personas que
estudian religión y teología. Lo tengo escrito en un artículo que he publicado.
Recuerdo en los primeros años del período especial, que en la TV estaban
conversando dos personas. Una persona que, según el calificador de cargos,
cobraba como periodista cultural, y otra persona que lo hacía – y todavía lo
hace – como comentarista deportivo. Y en algún momento de la conversación algo
se dijo sobre las religiones afro-cubanas. La persona que ostentaba el título
de comentarista deportivo dijo que sobre ese tema conocía muy poco, lo que
motivó la siguiente observación proveniente de la persona caracterizada como
periodista cultural: “¡Ah!, pues lo tienes que estudiar porque esos son
nuestros dioses”.
A mí me llamó
tanto la atención eso, que, como dije, varios años después escribí un artículo
retomando esta anécdota. Me interesó, en primer lugar, por lo que de excluyente
tenía ese razonamiento. Si existen dioses “nuestros”, entonces los otros dioses
no son “nuestros”, son “foráneos”, “ajenos” a nuestra identidad, a nuestra
cubanía. Desde la lógica absurda – pero a la vez perversa – de ese
razonamiento, podía clasificar cual sería la religión “nuestra”, “cubana”, en
la cual se expresaría “nuestra identidad”, y cuales serían las religiones
“extranjerizantes”, “ajenas a nuestra identidad” y que, por ende, no tendrían
que gozar de ningún tipo de aceptación. Como escribí en aquel artículo, podía
imaginarme la reacción de los cristianos, católicos o protestantes, al enterarse
que de repente se habían convertido en creyentes de religiones “ajenas”. Pero
en segundo lugar, porque aquel razonamiento se basaba en premisas totalmente
falsas. Lo de ‘nuestros dioses’ es como lo de ‘nuestras plantas’. ¿Cuáles son
‘nuestras plantas’? Recordemos que plantas tan vinculadas a la imagen corriente
y moliente y al uso de la cubanía como el café, el mango y la caña de azúcar no
son nativas de este país. Todas fueron importadas. ¿Qué puede querer decir eso
de ¡nuestros dioses’? ¿Cuál es el criterio objetivo a partir del cual puedo
afirmar que Changó u Obatalá son más cubanos que Jesucristo o Jehová? Tanto
unos como otros fueron traídos desde fuera de la isla, como casi todo lo que
hay aquí. Como fueron traídos del extranjero los blancos, negros y chinos que
conforman nuestra población. Incluso nuestro idioma español. Ni el cristianismo
es autóctono de Cuba, como tampoco son originarios de esta isla el culto a
Changó o Yemayá. ¿Cuál es el criterio objetivo para determinar lo que es “de
nosotros”, lo cubano, y privilegiarlo por encima de otras cosas a las que
podemos considerar como lo foráneo, lo extranjero, lo ajeno?
El
argumento utilizado por aquella periodista, aparentemente muy de izquierda y
muy revolucionaria, era esencialmente idéntico al utilizado por Jorge Mañach en
su polémica con Rubén Martínez Villena. Mañach, para nada de izquierda,
rechazaba la pertinencia del marxismo como ideología política en Cuba, con el
argumento de que era una ideología foránea. Falaz resultaba el argumento,
porque también el liberalismo es una doctrina política nacida en Europa.
¿Qué
significación puede tener entonces para determinar el grado de cubanía de algo
el hecho de que sea de origen foráneo?
Querer
encasillar ‘lo cubano’ en fórmulas fijas y establecer lo que es ‘de aquí’ como
una barrera contra lo que es ‘de allá’, contra lo que viene ‘de afuera’, es
totalmente falso, porque todo lo que tenemos aquí vino ‘de allá’, de algún
allá. Recordemos que uno de los más interesantes y fructíferos de nuestros movimientos musicales del siglo XX, al que
pertenecieron compositores muy cubanos como Portillo de la Luz y José Antonio
Méndez, fue llamado por sus propios iniciadores con la palabra inglesa
“feeling”, para indicar directamente la influencia de la música norteamericana
sobre ellos. Sin abandonar el campo de la música, tenemos también el ejemplo de
Benny Moré, que marcó un hito en la música cubana no sólo por sus cualidades
vocales, sino por la utilización de los saxofones en su orquesta, utilizando el
estilo de las jazz bands norteamericanas, lo cual a su vez había aprendido
durante su estadía en México como integrante de la orquesta del también muy
cubano músico Dámaso Pérez Prado, creador del muy cubano mambo, ritmo que se
caracteriza –sin menoscabo de su cubanía– por la utilización de saxofones,
trombones, etc., tomados de las jazz bands de los Estados Unidos.
Asumir la
identidad nacional con criterios estrechos siempre ha sido utilizado con fines
políticos específicos –y lo cultural, como lo religioso, lo económico, etc.,
siempre tiene una dimensión política– en un sentido de exclusión. Es una
utilización nada ingenua, sino muy interesada. Por eso dije que el concepto de
identidad nacional hay que entenderlo como el resultado de la posición que se
tome en un momento histórico-concreto con respecto al entrecruzamiento de
fuerzas, de intereses sociales, de luchas de clases. Siempre hay que destacar a
un primer plano cual es la intencionalidad de ese concepto de identidad
nacional, la finalidad para la que se quiere utilizar. Ese es uno de los
peligros de querer entender ‘lo cubano’ como un resultado ya dado, y no como un
proceso histórico en movimiento constante.
Por eso,
como ya dije, es que una segunda cuestión a tener en cuenta es entender la
identidad nacional como algo que no se ha detenido, como algo que continúa en
constante evolución.
Esas son
cuestiones que me parecen previas a cualquier reflexión, cuestiones que tenemos
que tener en cuenta, que son principios, por decirlo de alguna manera,
metodológicos, iniciales a la reflexión.
Fijémonos
que el concepto de ‘lo cubano’ tiene varias derivaciones en nuestro lenguaje,
ha dado lugar a varios conceptos que se utilizan muy a menudo en nuestro
lenguaje coloquial, cotidiano. Encontramos el concepto de ‘la cubanidad’,
término que se utilizó mucho en el vocabulario político de nuestro país. en la
década de los cuarenta y los cincuenta del siglo XX. Recordemos al Partido Auténtico,
que se presentaba como el partido de la cubanidad. Tenemos también el concepto
de ‘cubanía’, que se utiliza con un sentido positivo, y no sólo en el marco de
la política, sino de todas las esferas sociales. Pero tenemos también el
concepto de ‘cubaneo’, que tiene una connotación negativa. Si por un lado la
cubanía marca lo mejor de nuestra identidad nacional, el cubaneo marca lo peor:
sería la constatación de una cierta tendencia a la desidia, al abandono, a la
pereza, a la desorganización. Esto es interesante, porque talmente pareciera
que esas características son propias de lo cubano, del carácter nacional. Como
si el compadrazgo, el amiguismo, el clientelismo, la desidia, no fueran
fenómenos presentes en todas partes, en todos los países del mundo. Pero para
englobar todos esos rasgos negativos no decimos ‘el españoleo’ o ‘el alemaneo’,
sino que creamos el concepto de ‘cubaneo’, como si fuera algo específico de
nosotros, algo que llevamos por dentro.
Como
vemos, el concepto de “lo cubano” y todos sus términos derivados se utilizan en
ámbitos tan diferentes como el discurso político, la reflexión cultural, la
indagación sobre la idiosincrasia, etc. Y encuentra su expresión también en el
lenguaje popular, en forma de refranes y dichos, o de conceptos. Ya hablé sobre
el concepto de ‘cubaneo’, que me parece bastante reaccionario. Podemos fijarnos
en algunos dichos. Los dichos son interesantes porque expresan imágenes que
existen en la mente de las personas pero a un nivel casi inconsciente, y eso
torna la apropiación que hacemos de los mismos más intensa, y por ende con más
consecuencias en el campo de la visión de nosotros mismos, y de nuestra
autoestima. Consecuencias que pueden ser negativas. Por ejemplo, cuando usamos
esa expresión acuñada de que “entre cubanos todo se arregla”. Es una expresión
que no tiene nada de ingenua. Con ella se quiso decir que la condición de
cubano es algo que está por encima de las ideologías políticas o los credos
religiosos, y que las dificultades, los enfrentamientos, las guerras que hemos
tenido se deben a la influencia extranjera. Con ello se quería negar la
existencia de profundas y muy objetivas separaciones y diferencias de clases
entre los cubanos, que hacían imposible el entendimiento entre el esclavo y el
esclavista o entre el explotado y el explotador. Para no hablar de esa otra
expresión, que reza que los cubanos nos caracterizamos por el hecho de que o no
llegamos o nos pasamos. Se la han adjudicado a Máximo Gómez, y me parece que es
algo totalmente injusto. Injusto con Gómez, que no la dijo, pero injusto
también para los cubanos. Creo que la historia de nuestro país demuestra todo
lo contrario. Es una expresión que encierra una idea totalmente falsa, pero que
se encuentra sentada con toda propiedad en la silla turca de casi todos los
cubanos. Es el resultado también de una intencionalidad política, de querer
ocultar las verdaderas responsabilidades con lo que ha ocurrido en nuestra
historia. Era natural que la utilizaran los sectores de derecha,
anti-nacionalistas y pro-colonialistas o pro-imperialistas. Lo increíble es que
la utilicen personas que dicen poseer una ideología de izquierda, e incluso
revolucionaria. Hace algunos años alguien llegó a utilizar esa expresión para
explicar por qué la agricultura cubana no podía abastecer al país de malanga,
yuca, etc.
El tema de
lo cubano, de la identidad nacional, es un elemento permanente de la reflexión
de los cubanos desde el siglo XIX. Recordemos la famosa carta dirigida por José
Antonio Saco a aquel personaje camagüeyano que utilizaba el seudónimo del
Lugareño, y que se estudia en todas las escuelas primarias de nuestro país.
Frente al entusiasmo del Lugareño por la anexión a los Estados Unidos, Saco
expresaba su rechazo no tanto por consideraciones económicas o políticas, sino
desde una reflexión vinculada a eso que podemos llamar la identidad nacional,
diciéndole que no quisiera que Cuba dejara de ser cubana, exteriorizando su
interés en la conservación de nuestra identidad, aunque sin utilizar ese
concepto que todavía en esa época no estaba en boga.
Este tema
de la identidad está hace más de un siglo y medio ocupando un lugar fundamental
en la conciencia de los cubanos. ¿Por qué? Para encontrar una respuesta a esa
pregunta, formulemos esta otra: ¿qué es lo que se vehiculiza a través de este
tema? Tenemos que realizar una reflexión apoyándonos en el conocimiento de
cuales han sido los elementos fundamentales que han intervenido en la formación
del pueblo cubano. Una reflexión de carácter histórico. Una reflexión desde la
historia como ciencia.
Para
comenzar, no podemos olvidar el hecho de que Cuba fue una colonia durante
cuatro siglos, una colonia que tuvo que luchar muy duro para poder alcanzar la
independencia, y que después, inmediatamente, sin solución de continuidad, pasó
a tener una relación de dependencia política muy fuerte con respecto a otra metrópolis,
con respecto a los Estados Unidos. Para utilizar una frase de mi amigo Oscar
Loyola, un historiador muy destacado,
“hemos tenido que hacernos cubanos a machetazo limpio”. Si los franceses
un buen día se dieron cuenta que eran franceses, si los anamitas un buen día se
dieron cuenta que eran anamitas, y fue mucho después que llegaron los franceses
y los colonizaron, cuando ya ellos tenían una identidad cultural de dos mil
años, con los cubanos fue muy diferente. Para ser cubanos hemos tenido que luchar
muy duro, luchar a muerte contra otros, e incluso no sólo contra extranjeros
(españoles o estadounidenses) sino contra otros cubanos. Esa lucha ya marcaba
una diferencia, primero contra el español y después contra el estadounidense,
que nos despreciaban, que intentaban crearnos una imagen de nosotros mismos
negativa, y, por lo tanto, de imponernos una visión de nuestra identidad
nacional de la que no pudiéramos enorgullecernos, y en la que si nos
reconocíamos entonces no nos podíamos encontrar. Esto es importante: si nos
reconocemos en ese concepto de nuestra identidad que nos han querido construir
aquellos que nos dominaron, con todas esas imágenes falsas del ‘cubaneo’ y de
que nos pasamos o no llegamos, etc., entonces simplemente no nos podemos
encontrar.
En nuestra
historia política, y en nuestra historia cultural, dos caras de un mismo
proceso, hay una historia de una lucha muy fuerte, donde ‘lo cubano’ es el
resultado de un enfrentamiento muy violento. Una lucha que se dirimió primero a
machetazos y más tarde y durante bastante tiempo a tiros. Hay un artículo muy
interesante de Raúl Roa donde él reflexiona sobre la Revolución del 30 y dice:
la Revolución del 30 fracasó en muchas cosas porque no logramos quitarnos de
arriba la dependencia política, no logramos alcanzar la independencia como tal,
siguieron existiendo los gobiernos corrompidos, etc., pero la Revolución del 30
tuvo algo bueno: le permitió al pueblo cubano adquirir confianza en sí mismo.
Nos demostró que somos capaces de derrocar una tiranía, de transformar una
realidad política, de imponernos a circunstancias negativas que nos son
dictadas, y eso es un resultado importante, y es un elemento importante a tener
en cuenta en la historia.
¿Qué
quiere decir que fuimos un país colonial? Tenemos que conocer lo específico de
esa historia colonial nuestra, porque eso es importante. Esa colonización no
fue simplemente la imposición sobre algo ya existente, sino que fue la
destrucción de algo existente y el comienzo de algo nuevo. A diferencia de lo que
ocurrió, por ejemplo en Mesoamérica, o en regiones como el Perú, como Bolivia,
donde había una civilización ya creada, donde había una estructura ya creada,
sobre las que vino un poder desde afuera a conquistar eso, aquí nosotros no
podemos decir en puridad de concepto que los españoles “nos” colonizaron. Los
españoles destruyeron lo que había aquí, lo destruyeron totalmente. De la
cultura indígena nativa en Cuba ha quedado muy poco y comenzó a surgir junto
con la colonización la construcción de ‘lo criollo’, y eso es un elemento a
tener en cuenta que ya está marcando una especificidad, que Cuba comparte con
algunos pueblos de América, pero no con todos. Hay un libro muy interesante de
Darcy Ribeiro, titulado Las Américas y la
Civilización, publicado por Casa de Las Américas en 1992, en el que ese
autor brasileño hace una clasificación de los pueblos latinoamericanos y
utiliza el concepto de “pueblos nuevos” para designar a pueblos como el cubano
o el brasileño, que están formados por grupos humanos que vinieron o fueron
traídos a este lado del Atlántico (europeos y africanos), pero en los que el
componente indígena no es importante. Son pueblos que surgieron a partir de la
colonización, que no tienen una raíz anterior precedente
Cuba es un
pueblo muy nuevo, aquí nosotros no podemos referirnos hacia nada anterior a
1500, y casi todo lo que hay aquí es resultado de este proceso de colonización
y de un proceso muy fuerte de inmigración, de otras culturas que vienen o son
traídas y se encuentran en nuestra isla y aquí se mezclan. Y así, poco a poco,
en esta isla se empieza a conformar otra realidad, una nueva realidad, sobre la
base de mezclas e interrelaciones muy complejas. Por lo tanto, para comenzar a
lograr una comprensión de lo cubano, tenemos que empezar entendiéndolo como el
resultado de mezclas, de cruces. Es por ello que la utilización del concepto de
“lo cubano” como una barrera a lo nuevo, a lo que viene de afuera y a lo
diferente, sólo puede significar una desvirtuación del concepto de lo cubano.
‘Lo cubano’ no puede ser sinónimo de “lo originario”, porque ‘lo cubano’ es la
forma específica en que se mezclan y se interrelacionan un grupo de elementos.
Eso ha estado presente a lo largo de toda nuestra historia, incluso en forma
personificada. Veamos el caso de figuras señeras de nuestra historia, símbolos
de lo cubano, y veamos lo cercano que tienen su origen extranjero. Fidel Castro
es hijo de un español. El padre y la madre de Camilo Cienfuegos eran españoles,
igual que ocurre con José Martí. No olvidemos que el apellido materno de
Antonio Guiteras es Holmes, pues su madre era estadounidense, y que pasó los
primeros años de su vida en los EE.UU., con lo que aprendió a hablar inglés
antes que español. Algo parecido a lo que ocurrió con Julio Antonio Mella, que
al nacer fue bautizado como Nicanor MacPartland, hijo de un dominicano y una
estadounidense, y que con muy pocos años se fue junto con su madre y su hermano
menor a residir en New Orleáns, donde pasó varios años. O el caso de Alejo
Carpentier, figura señera de nuestras letras, nacido de padre francés y madre
rusa en Ginebra, y que a los tres años de edad es traído a La Habana. Todo el
que ha oído alguna grabación de la voz de Carpentier se da cuenta de que habló
francés antes que español. Otra importante figura de lo cubano en nuestras
letras es José María Heredia, que no nació en Cuba, sino en Venezuela. Siendo
un niño es traído a Cuba, y siendo muy joven, por sus trajines conspirativos,
tiene que exiliarse y vive el resto de su vida en México. Es más el tiempo que
Heredia vivió fuera de Cuba que en Cuba, y no por ello dejamos de considerarlo
un símbolo de nuestra cultura. Podemos poner otro ejemplo inverso, el de Anaïs
Nin, que si nació en La Habana, vivió aquí las dos primeras décadas de su vida,
y siendo ya adulta se casó con un francés y se fue a vivir a Francia, y
escribió su obra en francés. No la consideramos una figura de la cultura
cubana. Y recordemos los casos de Máximo Gómez y Ernesto Che Guevara, que
habiendo nacido en otros países y llegado al nuestro ya con bastantes años
encima, están sin embargo indisolublemente ligados a nuestra historia.
Hay una
idea que me parece esencial como punto de partida para entender a Cuba, a
nuestra historia y nuestra cultura: Cuba ha sido siempre crucero y frontera.
¿Qué
quiere decir frontera? Cuba está ubicada en un lugar donde ha estado siempre la
frontera entre los imperios. El Caribe fue durante siglos una región de
frontera entre los imperios holandés, español, francés e inglés, región de
encuentros y conflictos que eran claves para el balance mundial de fuerzas.
Posteriormente apareció el imperialismo norteamericano, y más recientemente fue
frontera en un conflicto geopolítico muy fuerte entre Estados Unidos y la Unión
Soviética. Pero además es crucero, y con ello se indica que Cuba está ubicada
en un lugar que, por determinadas circunstancias geográficas, era punto
obligado de parada de todo lo que de Europa venía hacia América y de todo lo
que de América iba hacia Europa. La Habana fue durante siglos un sitio de
encuentro y confluencia obligados. Y eso marca una diferencia con respecto a
otros lugares de América Latina, más alejados del trasiego y cruce de personas
y también de ideas, estilos, hábitos, etc. Ese carácter cosmopolita de La
Habana necesariamente marcó nuestra identidad.
Este
siempre fue un país de inmigración, y también de tránsito. Cuba fue un país
donde hubo un desarrollo de las relaciones de producción capitalista mucho
mayor que el que llegó a haber incluso en España, que era la metrópoli
política. Y esto nos lleva también a un elemento importante a tener en cuenta,
que es la relación que existe entre la identidad nacional y los procesos de
desarrollo de la Modernidad en Cuba. Porque Cuba como país y como cultura es
resultado de la Modernidad. ¿Qué significa esto? Por supuesto que no estoy
hablando de este Archipiélago, como realidad física, sino de Cuba como realidad
histórico-social. El surgimiento de Cuba como realidad histórico-social es el
resultado precisamente de la expansión del capitalismo que lleva a que los
europeos empiecen a buscar vías nuevas y lleguen aquí. Y durante los tres
primeros siglos después del arribo de Colón, Cuba significa La Habana. Lo único
importante de esta isla para España y para el resto de las naciones europeas es
el puerto de La Habana. La bahía de La Habana está situada justo en el punto de
arranque de esa cosa tan fabulosa que se llama Corriente del Golfo, que es la
que permite que los barcos de aquella época, que no tenían una fuente autónoma
de traslación y que dependían del viento y de la corriente, pudieran llegar lo
más rápidamente posible a Europa. Y esto es lo que le da una importancia y una
significación de primer orden a La Habana en esa época. El objetivo del ataque
inglés en 1762 no era ocupar toda la isla, sino exclusivamente tomar La Habana.
Y la corona española, que ha quedado en dominio del resto de la isla, sin
embargo hace todos los esfuerzos e incluso cede toda la península de la Florida
a cambio de que le devuelvan ese puerto. El resto de la isla de Cuba era algo
sin mayor importancia ni estratégica ni económica, algo que estaba abandonado.
Las villas del interior de la isla (Bayamo, Trinidad, Santiago) lograron tener
debido a ello una cierta autonomía. Y así es como comienza a surgir eso que
después se llamó “localismo”, que estuvo cimentado además por la falta de
integración que existía entre las distintas regiones cubanas. La Habana está
integrada al comercio mundial, está constantemente mirando hacia Europa, y no
tiene nada que ver con Trinidad ni con Bayamo, de la misma manera que las
distintas villas del interior no tenían mayores relaciones unas con otras. No
existe un desarrollo económico que propicie la interacción entre las distintas
regiones de la isla. Lo que existe sobre todo son economías de subsistencia,
que no producen esencialmente para el comercio exterior.
Todo esto
es importante para comprender como se va formando y como se va transformando el
concepto de ‘lo cubano’, su significación. Algo que va a destacarse dramáticamente
en la Guerra de los Diez Años. Fue imposible convencer a muchos mambises que
fueran a luchar a otras regiones de la isla que no fueran su región natal. Eran
patriotas que sentían muy dentro el concepto de ‘lo cubano’, que estaban
dispuestos a dar hasta su vida por Cuba, pero que no estaban dispuestos a ir a
luchar a Camagüey o a Las Villas. Su concepto de Cuba estaba muy delimitado
regionalmente, y esa fue una de las principales debilidades que explican la
derrota de 1878. Pero eso no concluyó ahí. Me permito recordar esta anécdota,
ocurrida en el año 1895. La última guerra de independencia ya ha comenzado, y
Máximo Gómez, que está en Oriente, se dirige a toda velocidad hacia la región
de Camagüey, donde su presencia era imprescindible para asegurar allí también
el alzamiento. Marcha acompañado de su escolta, compuesta por mambíses
orientales, como es de suponer. Cuando van a cruzar el río -----, que marca la
frontera geográfica entre Oriente y Camagüey, los orientales miembros de la
escolta le comunican a Gómez que ellos lo acompañan hasta ahí, pero que no
cruzan el río, y que él podía seguir sólo. Eso ocurre en 1895, no hace tanto
tiempo. Todavía en esa época no se había producido la integración nacional, y
el concepto de Cuba y de lo cubano que tenían muchos cubanos era muy estrecho.
El
concepto de ‘lo cubano’ y de la identidad cubana ha transitado etapas, y esas
etapas tienen que ver con los procesos sociales que se dieron. Y uso la palabra social en su acepción más amplia.
Y eso incluye los procesos económicos. La isla de Cuba carecía de integración
socio-económica en los primeros siglos del colonialismo español, y la
integración se fue logrando por etapas, en la medida en que se iba
desarrollando la expansión de las relaciones sociales capitalistas. Los cubanos
de una región no se movían hacia otras. No había razones que propiciaran esos
movimientos. No había una unidad económica, y eso afectaba la unidad nacional y
la percepción de esa unidad nacional.
La unidad
nacional, el sentimiento de unidad e identidad de lo cubano, se daba sobre todo
por el conflicto con “el otro”, con el opresor español, que nos identificaba a
todos en su desprecio, pero no mucho más. Eso nos permite entender a aquellos
individuos que estaban dispuestos a dar su vida por Cuba, pero para los cuales
Cuba no traspasaba los límites de su región.
Un momento
importante en el proceso de formación de la nacionalidad cubana es el que se va
a dar en la segunda mitad del siglo XVIII con el desarrollo de la economía de
plantación, que es un proceso muy importante, cuyas consecuencias han sido
estudiadas por varios historiadores cubanos. Puedo citar tres: El Ingenio, de Manuel Moreno Fraginals; Cuba y su Historia, obra colectiva de
Oscar Loyola, Francisca López Civeira y Arnaldo Silva; y el tomo I de la
Historia de Cuba redactado por Oscar Loyola y Eduardo Torres-Cuevas. Todos
ellos hacen referencia a lo que significó el desarrollo de esa economía de
plantación para el desarrollo de la nacionalidad cubana. Yo no voy a insistir
mucho en eso porque no tengo tiempo, porque aunque algunos historiadores lo han
destacado mucho creo que todavía no hay una conciencia colectiva de la
importancia que tuvo el desarrollo de la economía de plantación en la segunda
mitad del siglo XVIII y el surgimiento de una “plantocracia”, es decir, un
grupo social vinculado a la economía de plantación que cultivaba café o
cultivaba caña, que producía café o producía azúcar para exportarlo al mercado
mundial, y que tenía un pie en Cuba y el otro pie en Estados Unidos, y que
tenía un potencial económico tan fuerte que le permitía enfrentarse de tú a tú
con la corona española. Ello explica la posición específica que asumió la
plantocracia cubana con respecto a las élites criollas de otras colonias
españolas a raíz de la invasión napoleónica, y que hizo que, a diferencia de
aquellas, no estuviera para nada interesada en lograr la independencia de la
corona.
Esa
primera etapa de desarrollo de la economía de plantación comienza a marcar una
diferencia muy fuerte entre el occidente y el oriente de la isla. El occidente
comienza a integrarse y adquiere características muy diferentes al Oriente. Se
desarrollan procesos muy importantes, que tienen que ver incluso con la
población. Invito a todos a que se lean un libro maravilloso, escrito ya hace
bastante tiempo, Azúcar y población en
las Antillas, de Ramiro Guerra, que nos permite entender por qué Cuba puede
ser tan diferente a Jamaica, aunque lo que nos está separando sean apenas unos
kilómetros. Aunque Jamaica sea también una isla donde hubo una fuerte
inmigración africana, aunque hubo esclavitud, sin embargo Jamaica y Cuba son
países muy diferentes.
Un segundo
momento muy importante para el desarrollo de la nacionalidad cubana lo va a
constituir la segunda etapa de consolidación de la economía de plantación, con
la llegada masiva del capital norteamericano y la construcción de los grandes
centrales azucareros yanquis en Camagüey y Oriente y las grandes plantaciones
cañeras en esas regiones. Ahora ya toda la isla está integrada al mercado
mundial, y las relaciones sociales capitalistas se han expandido por todo el
territorio nacional, aunque por supuesto con una intensidad diferente. Es ahora
cuando por primera vez se va a producir la integración económica del país y la
integración social del país. Y fíjense que estoy hablando de las primeras
décadas del siglo XX, algo no tan lejano en el tiempo.
Es en esa
época que aparecen un conjunto de fenómenos que marcan la identidad nacional.
Es cuando aparece la Virgen de la Caridad del Cobre como patrona de todos los
cubanos, pues anteriormente los cubanos de cada región tenían su patrona.
Aparece el son como música nacional. No olvidemos que el son nació como
resultado de los primeros procesos reales de movimientos migratorios en el
interior del país. Muchas personas del occidente se trasladan a trabajar en los
nuevos centrales y las nuevas plantaciones cañeras. Se trata sobre todo de mano
de obra calificada, con experiencia en la agro-industria azucarera, que no se
encontraba entre la población nativa de Camagüey y Oriente: maestros de azúcar,
maquinistas de ferrocarriles, telegrafistas, ingenieros, personal de
administración, etc. Pero además, y también por primera vez, muchos orientales
se trasladan a trabajar y vivir en la región occidental. Sobre todo porque se
crea algo que se llamó Ejército Nacional, y muchísimos orientales entran en el
Ejército Nacional y son ubicados en La Habana, y son esos orientales los que
traen esa música a La Habana. Algo de eso es lo que se está expresando en el más
emblemático de todos los sones, que tiene una letra aparentemente enigmática
que dice así: “son de la loma y cantan en el llano”. El propio Matamoros
explicó alguna vez que con esa canción quiso terciar en una discusión de la
época acerca del origen del son, y dar su opinión de que el son nació en
Oriente, aunque los soneros orientales cantaran en La Habana. Si no se hubieran
producido esos procesos de migración no hubiera surgido el son.
Creo que
todos estos elementos son necesarios para rechazar los intentos de entender ‘lo
cubano’ como un conjunto de rasgos fijos y detenidos en el tiempo, que tienen
que tener todo lo que sea cubano. Para decirlo más directamente: ni Maceo ni
Martí bailaron el son, porque ni siquiera sabían lo que era. Fijar un concepto de la cubanía en
determinados rasgos específicos es algo que tenemos que rechazar, y algo que
siempre tiene que despertarnos sospechas.
Todos
estos procesos migratorios internos, tan importantes para el desarrollo de
nuestra identidad, estuvieron vinculados con procesos de inmigración de grandes
masas humanas provenientes del exterior. Porque hay que recordar que Cuba es el
resultado de la mezcla esencialmente de españoles y africanos, y eso dicho así
parece muy simple, pero no lo es. Evidentemente ‘lo español’ no es algo en
singular, ‘lo español’ es lo valenciano, es lo catalán, es lo asturiano, es lo
andaluz, es lo gallego, son culturas interrelacionadas pero distintas; ‘lo
africano’ es lo carabalí, lo congo, lo yoruba, etc., pero además la inmigración
es también el resultado no sólo de españoles y africanos sino de muchos
europeos que también se asentaron aquí. La llegada de inmigrantes en cantidades
relativamente grandes con respecto a la población del país va a ser una
constante que va a durar hasta 1939, cuando la Guerra Civil Española y el
inicio de la II Guerra Mundial van a hacer que ese flujo se debilite. Puedo dar
un dato: en 1902, al inicio de la República, Cuba apenas llegaba a los dos
millones de habitantes; en 1940 su población llega ya a los cuatro millones. En
cuarenta años la población ha crecido el doble, o un poco más. En ese mismo
período de tiempo ha llegado a Cuba un millón de inmigrantes, en su gran
mayoría españoles. Casi la mitad del crecimiento demográfico tiene que ver con
esa oleada inmigratoria.
Por
supuesto que eso tuvo y todavía tiene consecuencias en la conformación de
nuestra identidad. Era posible que en un momento dado, en un lugar de Cuba, en
un pueblo o una ciudad, hubiera más extranjeros que cubanos. Cuando en 1925 se
funda el Partido Comunista, uno de los temas a discutir fue si el partido debía
llamarse Partido Comunista de Cuba o Partido Comunista Cubano. No era una
discusión baladí, pues si se le bautizaba como “de Cuba” entonces tenían que
quedar fuera muchos luchadores comunistas, residentes en Cuba, que eran
españoles y no cubanos. Lo mismo ocurría en el movimiento sindical: los
sindicatos no podían titularse “Cubanos”, sino “de Cuba”, para no construirse
sobre una base chovinista, que dividiera al movimiento obrero, en un momento en
que una gran proporción de obreros eran extranjeros, sobre todo españoles.
Fueron los inmigrantes españoles de ideas anarquistas los primeros que
introdujeron las ideas socialistas en Cuba y las luchas por la organización de
la clase obrera en sindicatos. No olvidemos que la primera persona que fue
designada como Secretario General del naciente Partido Comunista de Cuba fue un
español. Y lo importante es que sólo los círculos reaccionarios en el país
rechazaron esto. Dentro del pensamiento progresista, primero el independentista
y después el socialista, no haber nacido en Cuba no era un obstáculo para tener
derecho a ocupar un lugar de dirección en las luchas a favor del país.
Es preciso
tener en cuenta las características complejas de los movimientos inmigratorios
hacia Cuba en cada etapa histórica concreta. En el caso de los negros esclavos,
por ejemplo. Cuando estalla la Guerra de los Diez Años existe la institución de
la esclavitud en toda Cuba. Pero la esclavitud en la región occidental tiene
características específicas con respecto a la región oriental. En el occidente
se encuentran las grandes plantaciones, y los esclavos que en ellas trabajaban
eran en su mayoría nacidos en África. Pero los esclavos domésticos tenían otra
característica cultural, pues eran nacidos en Cuba, hablaban el idioma, etc. La
esclavitud en el occidente de la Isla y la esclavitud en el oriente tuvieron
sus diferencias. ¿Qué significaba “negro esclavo” en un momento determinado, en
el sentido de potencialidad social? Porque no es lo mismo el negro esclavo
situado en las plantaciones azucareras o cafetaleras del occidente del país,
que mayoritariamente era un negro no nacido en Cuba, capturado o cazado en
África, traído aquí y que no hablaba español, a un esclavo en la región
oriental del país, donde la esclavitud era de otro tipo y donde había un nivel
de explotación mucho menor, y donde los esclavos si ya son nacidos en el país.
No es lo mismo un negro esclavo del central Triunvirato en 1860 que un negro
esclavo del ingenio La Demajagua de Carlos Manuel de Céspedes.
Esto
también nos permite comprender un gran problema que tuvo que afrontar la
República recién constituida en 1902: bien, ya somos república, pero… ¿quiénes
son los ciudadanos cubanos? Tremenda pregunta en un país donde en ese momento
había una gran cantidad de inmigrantes españoles. ¿Qué se hacía con esos
inmigrantes asentados en la Isla, casados con cubanas y con hijos cubanos
muchos de ellos? ¿Se les negaba la ciudadanía cubana y los derechos políticos?
Se tomó una solución extraordinaria, que a mi en lo personal me llena de
orgullo.
¿Qué vamos
a hacer? ¿Le vamos a negar a todo el que no ha nacido en Cuba el derecho de
ciudadanía? Entonces se tomó una solución que hay que calificar de
extraordinaria, que a mí realmente me llena de orgullo cuando pienso en la
historia de mi país. Se decidió que todos los extranjeros que vivían en Cuba en
ese momento escogieran si querían acogerse a la ciudadanía cubana o mantener su
anterior ciudadanía. Sin criterios de exclusión étnica, sin chovinismos ni
fundamentalismos étnicos. Algo de lo que muchos países no pueden
enorgullecerse.
Resumamos
entonces. En primer lugar, la necesidad de entender la identidad como un
proceso en desarrollo constante. No es lo mismo la identidad nacional cubana en
1878, que en 1902, que en 1959, que en el 2006, entre otras cosas porque en los
últimos cuarenta y cinco años se ha añadido un elemento nuevo: Cuba ha dejado
de ser un país de inmigrantes y se ha convertido en un país de emigrantes.
Según algunas fuentes, aproximadamente el 16% de la población cubana vive fuera
del país. O sea, ¿hasta dónde ‘lo cubano’ es sólo lo que se hace en Cuba?
¿Hasta dónde ‘lo cubano’ puede ser también algo que hacen los cubanos que viven
fuera de Cuba? No creo que nadie pueda asegurar que el potencial emigratorio de
nuestro país se ha agotado, y lo que si podemos esperar es que esos procesos
emigratorios van a continuar y con cierta fuerza. Y el tema de la identidad
nacional tiene que ver también con este fenómeno. Si entendemos la cuestión de
la identidad a partir de un criterio fijo, rígido, no vamos a comprender lo
complejo de este tema emigratorio ni las urgencias que lo acompañan. Hoy día el
tema de la identidad nacional tiene que ver con esto también, con la presencia
de una masa de emigrantes muy grande y de una constante tendencia emigratoria.
Además, la presencia de una buena parte de esa masa migratoria en un país como
Estados Unidos, cuyo gobierno desde hace casi doscientos años ha representado
un peligro constante para nuestra nacionalidad.
La
presencia de una gran masa poblacional de origen cubano en los EE.UU. está
vinculado a otro problema: la nación estadounidense no es sólo el asiento de un
gobierno y de intereses fuertemente hostiles a nuestra nación y nuestra
nacionalidad, sino que también allí se encuentra la industria cultural de masas
más fuerte del planeta. Si la cultura estadounidense ha sido siempre, desde
hace siglos, un importante factor de hibridación y desarrollo de nuestra
cultura, la industria cultural estadounidense constituye el principal peligro a
escala mundial para el mantenimiento de la independencia cultural de todos los
pueblos, por el extraordinario potencial de empobrecimiento, estandarización y
comercialización que tiene sobre cualquier producción cultural. En Estados
Unidos se produce también un arte y una cultura, e incluso una identidad, que
se quiere hacer pasar como cubana, y que tiene recursos económicos para
intentar imponerse como la verdaderamente cubana, aunque no lo sea. Añádase a
esto la terrible fuerza destructiva de las identidades que tiene esa industria
cultural. En Estados Unidos viven millones de personas de origen en los
distintos pueblos y países de América Latina. La industria cultural de masas
estadounidense intenta aplastar todo lo que hay de específico en la cultura
mexicana, salvadoreña, dominicana, cubana, etc., y ha creado ese bodrio que es
“lo latino” o “lo hispano”, donde lo mismo cabe la música caribeña que el baile
flamenco. Tras la imagen de “lo latino” se borran las identidades nacionales de
esos millones de inmigrantes de Nuestra América, o sus descendientes, y se
produce artificialmente un pastiche sin contenido ninguno. Lo latino lo mismo
puede ser la poesía de José Martí que una figura tan vacía como Jennifer
López. Eso de “lo latino” es un modelo
de identidad construido desde los intereses de la mercantilización y la
uniformización cultural.
De ahí la
segunda idea que ya apuntaba anteriormente y ahora retomo: la identidad
nacional es una producción social. El imperio nos intenta destruir no sólo
destruyendo nuestra identidad cultural, sino también sustituyéndola con otro
modelo fabricado por ellos. Todo esto está presentando un problema ante la
identidad nacional que nosotros no podemos afrontar con modelos excluyentes ni
congelados ni ahistóricos.
La
identidad nacional es una producción social. La pregunta es: ¿desde dónde, por
quiénes y para qué se construye esa identidad nacional? Es una magnífica
pregunta, que casi nunca nos hacemos.
Hagamos un
experimento muy simple: tomemos un grupo de cubanos y preguntémosle los rasgos
que definen a los cubanos. Las respuestas son bastante uniformes: los cubanos
somos bailadores, alegres, muy buenos sexualmente, tenemos tremenda simpatía,
siempre nos estamos riendo, somos inconstantes, somos vagos, entonces viene la
famosa frase “o no llegamos o nos pasamos”. ¿De dónde salió esa idea?, ¿quiénes
son los que nos han construido esa imagen? Hay un artículo de Alfredo Guevara
muy interesante, donde explica por qué siempre ha rechazado la representación
típica en el teatro vernáculo del negrito y el gallego como elemento de nuestra
identidad nacional. El negrito es representado como pícaro, sinvergüenza y
vago. El gallego es tonto y además no se baña. Como señala Guevara, si esos son
los elementos constituyentes de nuestra identidad cultural, el resultado solo
puede ser lamentable. Cuando ridiculizamos al negrito y al gallego nos estamos
ridiculizando nosotros mismos. Coincido totalmente con ese criterio de Alfredo
Guevara.
Por eso
decía al principio de esta intervención que el problema no es sólo cómo nos
vemos sino cómo nos ven y cómo desde fuera nos imponen una imagen. Una imagen,
además, que tiene expresión en productos culturales consumidos por nosotros mismos.
Un día nos explican desde el extranjero que la imagen de identificación de La
Habana es la de una aglomeración de casas viejas destruidas, que se caen,
automóviles norteamericanos viejos y mulatas que menean las caderas y se pasan
el día entero bailando: eso es La Habana. La Habana dejó de ser una ciudad
símbolo de rebeldía, una ciudad con una extraordinaria riqueza arquitectónica,
una ciudad donde viven millones de personas que no sólo bailan (como por cierto
hacen todas las personas de todas partes del mundo), sino que también trabajan,
sufren, luchan, construyen, etc. Pues resulta ser que un día nos enteramos que
La Habana es todo lo otro, y consumimos esa imagen con una alegría tan grande,
que ya no hace falta que venga un europeo a hacer un video clip aquí con esas
características, sino que ya nosotros mismos nos hacemos el video clip con
casas cayéndose, con mulatas meneándose y con automóviles norteamericanos
viejos, porque al parecer con eso se agota la cubanidad. Nos presentan lo
cubano como el jineteo. Ese parece ser el símbolo de ‘lo cubano’. Lo terrible
no es que nos lo quieran imponer, lo terrible es como aceptamos que nos lo
impongan.
Un tercer
elemento que destaqué: ‘lo cubano’ es el resultado de un entrecruzamiento, de
una mezcla, que además no se ha detenido. Ahora bien, ¿cuál es el patrón dentro
del que esa mezcla se dio? ¿Cuál es el patrón dentro del que esa mezcla se ha
cocinado, el molde? Ese molde, en primer lugar, es occidental. Con todos los
elementos provenientes de África e incluso de China, la cultura cubana es
occidental. No hay ninguna contradicción en ser marxista y militante del
partido comunista, como soy yo, y afirmar el carácter occidental de la cultura
cubana. Porque muchas veces, en forma muy unilateral y totalmente equivocada,
se ha identificado “lo occidental” con el capitalismo. Y eso es un error. El
patrón cultural dentro del que se produjo esta mezcla es el patrón cultural
occidental.
Cuarta
idea que quiero resaltar: la identidad nacional tiene que ver con la Modernidad,
con el desarrollo de la Modernidad, con las contradicciones de la Modernidad.
Yo no me puedo detener mucho tampoco en este tema, pero quiero destacar una
cuestión. Los independentistas cubanos crearon una profusa literatura para
explicar ante la opinión pública mundial y cubana por qué queríamos la
independencia, para legitimar nuestra aspiración a separarnos de España y
constituirnos en una nación independiente. Esto tal vez ahora no se entiende
muy bien, por qué había que justificar algo que nos parece hoy tan evidente.
Pero hay que tener en cuenta que los representantes de los intereses de la
colonia, tanto personajes españoles como cubanos, acudían a argumentos no sólo
políticos o económicos, sino también culturales o civilizatorios para intentar descalificar
el proyecto independentista. Argüían así: Cuba y España tienen el mismo idioma,
la misma religión, la misma cultura, ¿por qué entonces el esfuerzo separatista?
Y un argumento importante de nuestros patriotas era que independizarse de
España significaba eliminar todos aquellos obstáculos que impedían la
modernización del país: el Estado confesional, el predominio de una Iglesia
obscurantista, la carencia de libertades, la burocracia corrupta e ineficiente,
etc. España es presentada como un freno al desarrollo del país, porque España
significaba la imposibilidad de la modernización del país. España significa el
Estado confesional, España significaba el atraso.
(Del
público: “Ese es el argumento Protestante”). Pero no es sólo de los
Protestantes. Se podía ser muy católico en Cuba y estar decidido a romper el
lazo con España porque era lo que impedía que el país se modernizara, lo que
impedía que existiera la educación libre, la libertad de conciencia, los
derechos políticos, etc. Es decir, la cubanía, la cubanidad, la defensa de la
identidad nacional desde los inicios del esfuerzo independentista, tuvo que ver
con un conjunto de conceptos esencialmente vinculados con el desarrollo libre y
multilateral del individuo. Es decir, que a diferencia de muchos otros países
colonizados, la utilización del concepto de lo cubano, la defensa de nuestra
identidad, no se afincaba en fundamentalismos étnicos o culturales, sino en la
necesidad de propiciar el desarrollo del individuo. Eso ya está marcando algo
bastante específico de nuestro país.
Esto tiene
una consecuencia importante para un problema que voy a presentar ahora: el
problema de buscar criterios objetivos para poder definir qué es ‘lo cubano’.
Lo cubano en la música, en la política, en la religión, etc. Ya hemos visto
cuales no pueden ser esos criterios. Y hemos visto la necesidad de desechar
esos criterios al uso pero de no abandonar el problema, ante los retos muy
específicos que en estos momentos afronta nuestro país, nuestro pueblo, nuestra
cultura, nuestra identidad nacional.
Recuerdo ahora la discusión de una tesis para
alcanzar el diploma de licenciado en el Instituto Superior de Estudios Bíblicos
y Teológicos, en La Habana, donde surgió como un tema colateral (no era el tema
central de la tesis) la pertinencia o no de utilizar bongóes, tumbadoras,
maracas, etc., en la celebración del culto religioso. Frente a los que consideraban que eso era inadmisible, aquella
persona afirmaba que era lícito, porque se trataba de instrumentos musicales
“cubanos” y que eso “cubanizaba” el servicio religioso. Para mi el concepto de
‘lo cubano’ ahí está muy mal utilizado: la tumbadora es tan cubana como el
violín; el violín vino de Europa y la tumbadora vino de África.
Si me
interesa este ejemplo es porque abre a otros temas importantes. Mañach
descalificó al marxismo porque lo consideró una teoría política “exótica”,
“foránea”. Algunos pueden descalificar o legitimar la utilización de unos u
otros instrumentos musicales o de algún ritmo musical por considerarlo “realmente
cubano” o “extranjero”. En Cuba ya existen cubanos que profesan la religión
musulmana. ¿Tenemos derecho a descalificar la religión musulmana y a los
musulmanes cubanos por considerarla extranjera, ajena a nuestras raíces? Alguna
vez anatemizamos a los músicos cubanos que hacían Rock por considerarlo algo
ajeno a nuestra identidad nacional. ¿Alguna religión es superior a las otras
porque en esa sí se expresa nuestra identidad y en otras no? ¿O alguna música o
ideología política?
El
concepto de ‘lo cubano’ es un concepto necesariamente incluyente y excluyente.
Ambas cosas y a la vez. Y hay que conocer esa dialéctica y saberla manejar
adecuadamente. Si fuera sólo un concepto incluyente, si apoyándonos en el
carácter híbrido y abierto de nuestra
cultura y nuestra identidad pensáramos que en ella cabe todo, venga de donde
venga, entonces en primer lugar el concepto de “lo cubano” perdería toda
utilidad, y nos quedaríamos indefensos frente a los embates del enemigo. Si
fuera sólo un concepto excluyente, anclado en el fundamentalismo, el resultado
sería el mismo, pues no tendríamos un basamento adecuado para afrontar los
retos del presente y del futuro, las preguntas nuevas que constantemente surgen
y van a seguir surgiendo.
Como
ocurre con otros muchos conceptos, el de ‘lo cubano’ tiene que expresar esa
dialéctica de la inclusión y la exclusión. Incluir todo aquello que permita
nuestro crecimiento como pueblo, nuestro crecimiento espiritual, el desarrollo
multilateral del individuo, y excluir todo aquello que lo impida. Recordemos el
argumento de nuestros mambises: luchamos por nuestra libertad porque ella
significa el desarrollo de nuestra espiritualidad. Luchamos contra España no
por el mero prurito de tener una bandera, como después luchamos contra Estados
Unidos no por una cuestión de tener meramente una preferencia política.
Luchamos contra el colonialismo español o contra el imperialismo de los Estados
Unidos porque lo que estamos expresando con ello es el deseo de establecer un
sistema de relaciones sociales que permita el desarrollo de la personalidad del
individuo, de esa libre individualidad, de esa libre espiritualidad del ser
humano.
(Fin de
la primera parte)
Preguntas y Respuestas
José Luis Acanda
Pregunta: La gente
vieja de Cuba que llega a Miami llora muchas veces por regresar. ¿Hasta qué
punto esto es todavía cubanía? Allí en Miami se han creado regiones de la
ciudad que tienen el nombre de La Habana Vieja y todo eso, la gente joven que
ha nacido allí ni le hable de regresar a Cuba, pero ellos sueñan con Cuba, y
aquí viene el problema que yo planteo: por qué cuando me encuentro a muchos de
estos cubanos allá en Ohio, en Kentucky, en California, me dicen: ¿usted
regresa para Cuba? Algunos hacen un respingo y hasta uno de ellos me dejó de
hablar. Pero, cuando uno les dice por qué ustedes no se mudan para Miami, y
esta es mi pregunta, ¿hay cubanía en esto? ¿Por qué no se mudan para Miami? Y
dicen: Oh, no. no. no, yo no puedo soportar ese ‘cubaneo’. Usted usó esa
palabra, el ‘cubaneo’ para ellos es ese hablar de Cuba y no encontrar nada de
Cuba que sirva. Esta es mi primera pregunta: ¿hasta qué punto esa gente
mantiene el sentido de ‘lo cubano’?, pero dicen: no quiero estar en Miami para
evitar el cubaneo. ¿Implica esto todavía cubanidad?
La segunda
es esta… Si usted sabe cómo se decidió que el baile nacional es el danzón y no
es el son. Yo mismo me siento muy cubano cuando bailo el son, sin embargo, hay
un reparo, hay un rechazo en nuestra juventud a bailar el danzón, prefieren el
son. Mi pregunta es: ¿cómo se escogió que el danzón fuera nuestra danza
nacional?
Respuesta: Cuando
un cubano en el extranjero piensa en Cuba y extraña a Cuba, ¿cuál Cuba es la
que extraña? ¿A qué Cuba es a la que se siente atado? No tenemos que irnos a
Miami, eso también pasa entre nosotros, los cubanos que estamos aquí en Cuba.
Aquí hay quien añora la Cuba de 1958, la del vicio y el juego, la época en que
La Habana se conocía como “el París del Caribe” por su intensa vida nocturna,
que también era La Habana en la que la policía de Batista asesinaba a nuestra
juventud. Tenemos los que añoran la Cuba de los años 60, y quisieran regresar a
esa época, y hay quien añora la Cuba de 1975. Son tres Cubas muy distintas. Los
nostálgicos de 1975 quisieran que regresáramos a esa época, en la que todavía
existía la Unión Soviética y el CAME y existía un modelo de socialismo para
seguir y copiar, no había relaciones de mercado, no había turistas ni
shoppings, no había parientes en el extranjero enviando remesas, no había
iglesias molestando ni religiosos dando vueltas, etc. Para esos nostálgicos esa
Cuba era una maravilla, así como para los otros la que era una maravilla era la
Cuba de 1958, aunque por razones distintas. Se da el caso curioso que Miami es
el lugar más cubano de Estados Unidos (de hecho Miami es el lugar más cubano
fuera de Cuba) pero muchos cubanos no quieren vivir allí. Yo creo que la razón
está en la Cuba que se ha construido en esa ciudad. La Cuba amada y
representada por aquellos sectores anti-nacionales ligados al imperialismo
norteamericano, y que concentra lo peor de nuestras características, de nuestra
sociedad y nuestra historia. Y lo terriblemente llamativo es como siguen
llegando a Miami muchos cubanos nacidos y criados en nuestro país que
rápidamente, por el afán de ganar dinero, sintonizan con el lenguaje y las
añoranzas de esa Cuba que nunca conocieron y comienzan a hablar y a pensar como
los que se fueron de Cuba en el 59. ¿Acaso la Cuba que extrañan esas personas
en Miami es la Cuba de los negros en la Universidad, en la televisión, etc.?
Una vez conversando con un grupo de estudiantes descubrí que ellos pensaban que
el cuerpo de baile de Tropicana siempre estuvo compuesto por mulatas. No sabían
que en la Cuba de los años 50 las bailarinas de Tropicana eran blancas, que las
rumberas del cine y la televisión eran mujeres blancas, y vamos a recordar los
nombres de Blanquita Amaro y otras. Las rumberas cubanas que importaba el cine
mexicano eran mujeres blancas, no mulatas ni negras. Era una Cuba que excluía
al negro. Por eso digo que el concepto de “lo cubano” está atravesado todo el
tiempo por la lucha de clases. ¿Cuál Cuba es la que se añora? Recordemos que el
primer político que utilizó el concepto de “la cubanidad” fue precisamente
Ramón Grau San Martín, el ejemplo perfecto de lo que podía ser un político
desvergonzado, manipulador, ladrón, corrupto, etc. Puedo imaginarme que para
muchos cubanos que llegan a Miami esa Cuba congelada en el año 58 le tiene que
resultar una cosa terrible, la Cuba del chanchullo, de los políticos ladrones,
la Cuba de la nostalgia, pero de la nostalgia de determinados elementos de
Cuba, no de la nostalgia de lo cubano en su integralidad. Por eso esos grupos
entreguistas pueden ser tan excluyentes en su concepto de ‘lo cubano’, como –
para citar un ejemplo – rechazar que Juan Formell y su orquesta toquen allí.
Eso es hasta donde yo puedo aventurarme a dar una respuesta a su primera
pregunta.
Con
respecto a la segunda, quién decidió que el baile nacional es el danzón, eso es
una buena pregunta. Podemos preguntarnos lo siguiente: ¿quién decidió que
Carlos Manuel de Céspedes fuera el Padre de la Patria? Esas son decisiones que
no hay ninguna institución, oficial o no, capacitada para tomarlas. Son
decisiones colectivas, que se van tomando y forjando con el paso del tiempo.
¿Quién
decidió si el son es el baile nacional o el danzón? No lo sé, ni sé quien puede
tener potestad para eso. Nadie puede tener potestad para eso. Ahora, ocurre que
la cultura cubana no se desarrolla fuera del contexto mundial, que es el
contexto de la cultura capitalista mundial, y la cultura capitalista mundial lo
que hace constantemente es tomar todos los productos culturales, reciclarlos,
transformarlos, banalizarlos, mercantilizarlos y venderlos. Y eso también afecta
a la cultura cubana. Si se es cubano y se quiere escribir una novela sobre la
Cuba de hoy, si quiere ganar dinero con ella entonces los personajes centrales
tienen que ser santeros, jineteras, etc, vivir en una cuartería situada en La
Habana Vieja, y la novela tiene que tener mucho sexo. Si escribe otra cosa le
va a costar mucho trabajo que le publiquen su novela en el extranjero. La
música también tiene un mercado construido desde determinados intereses que
controlan y monopolizan la difusión de la música, y han establecido sus códigos
para la música salsa, y eso presiona a los músicos cubanos. Va a ser mucho más
fácil hacer dinero si la música que se hace entra por esos canales y reproduce
esos códigos. Recordemos que en los años 70 y 80 los músicos cubanos residentes
en Cuba rechazaban por completo el concepto de “salsa” para designar lo que
hacían. Aquí de lo que se hablaba era del son. Después en los 90 irrumpen las
relaciones de mercado en muchas esferas de nuestra vida social, y si la música
cubana que se hace en Cuba no reproduce los códigos de esa salsa no es
consumida en los EE.UU. ni en Europa. Allí es donde está el dinero, porque los
que bailan en el Salón Rosado, los que viven y bailan en el barrio de Los Hoyos
o de Cayo Hueso no tienen dinero, y por lo tanto no le importan al mercado. Hay
que lograr que esa música la bailen al menos los europeos, porque el mercado de
los EE.UU. está cerrado por la cuestión del bloqueo. Entonces hay que
reproducir los códigos a los que está acostumbrado el oyente y el bailador
europeo. Recuerdo que hace algunos años algunos músicos populares cubanos, con
Formell a la cabeza, desarrollaron un ritmo al que llamaron “Timba”, y después
vi algún programa de la TV cubana donde reconocieron que en Europa no podían
tocar Timba porque “la Timba es muy dura”. Esa fue la expresión que utilizaron.
Por supuesto, muy dura para el oído de los europeos, que no la pueden asimilar
como si la asimilan los bailadores cubanos. Tal vez esa sea una de las razones
que nos explica por qué tanto músico cubano hace eso que se llama “fusión”. Los
dictados del mercado capitalista de la cultura van transformando y
refuncionalizando todo. Existe una especie de turista que viene a Cuba, que
sólo tiene diez días de vacaciones en el año, que ha trabajado todo el año muy
duramente, viene a pasarse unos días en Cuba para quitarse de arriba todas las
presiones y todas las inhibiciones que lo atormentan a diario en su país.
Quiere divertirse, tener sexo, etc. No le interesa oír a un grupo musical cubano
tan bueno como Ars Longa, que no por hacer música medieval sacra deja de ser un
grupo musical cubano. Lo que quiere es asistir a un lugar como era el Palacio
de la Salsa a excitarse viendo a muchas mulatas menear desesperadamente las
caderas. De ahí una presión muy fuerte de esos códigos mercantiles para que
toda la música bailable cubana lleve meneo de caderas y de nalgas. Como decía
anteriormente, ser cubano ha significado siempre lucha, y es una lucha cultural
también. El problema no es que la música cubana se desarrolle, se hibride con
ritmos provenientes de otras latitudes. No podemos esperar que los jóvenes
sigan bailando danzón como hace un siglo. Pero de lo que si tenemos que estar
vigilantes es que esa hibridación sea resultado de procesos que tienen que ver
con las dinámicas internas de la cultura, y no de los procesos de
mercantilización de la cultura. Ahí es donde está el problema. Si el reggaeton ha provocado preocupación
entre ciertas personas en Cuba no es porque sea una forma nueva de hacer música
cubana, es porque es un bodrio, un pastiche mercantilizado, que se utiliza para
vender. Hay un pueblo en México, que se llama Tlaxcala, y allí los domingos la
gente va a bailar danzón al Parque Central. Cualquiera pudiera exclamar “¡qué
cubano!” Esos mexicanos tlaxcaltecos se asombrarían de pensar que están
haciendo algo cubano. Podemos entonces preguntarnos: ¿el danzón es cubano o es
mexicano? Porque tal vez en México le prestan más atención que en Cuba. (Del
público alguien dice: las habaneras) Otro ejemplo son las habaneras, que son de
Islas Canarias y expresan la interacción de Cuba y aquellas islas, el
movimiento de personas que van de allá para acá y viceversa. Si en Tlaxcala y
otras ciudades de México se baila más el danzón que en Cuba tampoco podemos
convertir eso en un problema. El problema no es si la juventud cubana ya no
baila danzón. El tema a reflexionar es si eso nuevo que se está bailando o se
está oyendo es el resultado de procesos que tienen que ver con la lógica de las
hibridaciones culturales o tiene que ver con la lógica de un mercado que
destruye la espiritualidad del individuo, porque el reggaeton no tiene patria, lo que tiene es dinero detrás, y ahí es
donde yo veo el problema. El problema no es que digan que el reggaeton es música puertorriqueña,
porque además eso es mentira. Es música sin calidad surgida por un impulso de
ganar dinero. Lo banal no tiene patria.
Pregunta: Tú has
dicho que Cuba es el resultado de la Modernidad. Mi pregunta es la siguiente:
¿a qué Cuba tú te refieres? ¿A qué tú llamas Modernidad?
Respuesta: ¿A cuál
Cuba me estoy refiriendo? De todas, de todas las Cubas.
Pregunta: ¿De la
Cuba de los aborígenes…?
Respuesta: No,
aquello no era Cuba, porque los aborígenes no se pensaban ni como cubanos ni
pensaban en Cuba.
Miren, yo
no sé si ustedes han oído esa historia de que el primer internacionalista de
nuestra historia fue el indio Hatuey, que sin ser cubano vino desde la isla de
La Española a ayudarnos a luchar contra el colonizador español. Eso es absurdo,
porque el cacique Hatuey no pensaba en términos de Santo Domingo o Cuba. No se
pensaba como un extranjero, ni los indios que estaban en nuestra isla y que lo
acogieron lo pensaron como un extranjero. Todos esos indios pertenecían a una
misma etnia, hablaban el mismo idioma, tenían la misma cultura. Únicamente que
estaban asentados en diferentes islas.
Cuba como
realidad social no existía antes de la llegada de los españoles. Aquí había una
isla, en la que existían distintos grupos de indios con culturas diferentes y
niveles de desarrollo disímiles. Los que vivían en el oriente de nuestra isla
pertenecían a un grupo étnico y a una civilización diferente de los que vivían
en el occidente. ¿Esos indios que vivían en nuestra isla a la llegada de los
españoles eran cubanos? No, no eran cubanos. Es preciso comprender eso para
entender por qué un puñado de españoles pudo conquistar grandes imperios en
este continente. Cortés con poco más de un millar de españoles logró derrotar
al imperio azteca, que tenía decenas de miles de experimentados guerreros. Lo
cierto es que junto con Cortés, y contra los aztecas, combatieron también
decenas de miles de guerreros tlaxcaltecas y de otras etnias enemigas de los
aztecas. Todos esos indios no se pensaban como mexicanos, por eso fueron
incapaces de presentar un frente común contra el recién llegado español, y este
pudo utilizarlos para sus fines. La aristocracia tlaxcalteca y de otras etnias
pactó con el conquistador español.
Pregunta: Cuando
Hatuey vino a esta isla vino a Cuba, él lo decía: Cuba. Cuba era como le
llamaban los nativos, para los españoles era Juana…
Respuesta: Le
llamaban Cuba, pero no era un concepto de Cuba como el que tienes tú, era una
isla que se llamaba Cuba, pero no era una unidad nacional ni Hatuey vino a
encontrarse con una tribu de indios que se pensaban cubanos. Esos indios se
pensaban a sí mismos en los mismos términos que se pensaba él. Por supuesto que
Hatuey no pensó en términos de que iba a viajar a otro país. Cubanos no había
en Cuba antes de la llegada de los españoles. ¿Cuándo hay cubanos en Cuba? Fue
un proceso que duró siglos. Porque aquí lo que habían era españoles y
africanos, primero. Después había españoles criollos, y después, mucho después,
es que empezó a haber cubanos.
Cuando yo
hablo de varias Cubas de lo que estoy hablando es de las imágenes o de las
concepciones de Cuba. Por ejemplo, el concepto de Cuba que tenía José Antonio
Saco era una Cuba blanca. Esa imagen todavía la tenían algunos en Cuba hacia
1920. De esa época es la conocida anécdota de la nota que apareció publicada en
un conocido periódico habanero que rezaba así: “ayer se personaron en esta
redacción cuatro hombres y un chino” (risas). Eso salía en un periódico pero
nadie se rió ni nadie se tiró al medio de la calle a protestar, ni nadie le
metió una multa al periódico. Al parecer, para muchos estaba claro que los
cubanos somos los cubanos, los chinos son los chinos y ni siquiera eran
humanos. ¿Cuándo es que surge la imagen de una Cuba mulata? Me estoy refiriendo
al imaginario, pero el imaginario tiene una fuerza tremenda. Evidentemente la Cuba que muchos se
representan en Miami no es una Cuba negra ni mulata, es una Cuba blanca. A mí
en Santo Domingo me dijeron un día: “-Los cubanos son muy racistas”. ¿A qué cubanos tú te refieres?, le pregunté
yo al dominicano que me dijo aquello. Resultó que los cubanos que él conocía
eran residentes en Miami. Está claro que los cubanos de Miami tienen que ser
mucho más racistas que los que vivimos en este país. También en Santo Domingo
me pasó otra cosa interesante. Otro dominicano me preguntó: “-¿Ustedes, los
cubanos, todos son blancos?” Fíjense qué pregunta tan interesante, que
expresaba la imagen que él tenía de los cubanos. Claro, los cubanos que él
había visto a lo largo de toda su vida eran los de Miami que son casi todos
blancos. Eso es muy diferente de la imagen de Cuba que se exporta a Europa.
Allí en Alemania y Suiza me ha ocurrido lo contrario, que se han extrañado de
que yo sea cubano porque soy blanco. Allí se produce la imagen de que los
cubanos somos todos negros, todos santeros y todos jineteros. Y que lo único
que hacemos es bailar rumba. Me ha ocurrido en Europa comentar que en Cuba
tenemos una compañía de Ballet Clásico que es una de las mejores del mundo y
recibir sonrisas de incredulidad. Porque en la imagen banalizada y
mercantilizada que se difunde allí sobre Cuba una cosa así es sencillamente
impensable. Y de paso voy a llamar la atención a esto: que un fenómeno cultural
de origen tan europeo como el ballet clásico sea un elemento importante de
nuestra cultura.
Cuando
planteo lo de la Modernidad, ¿a qué me estoy refiriendo? El concepto de
modernidad refiere a una época nueva que se abre marcada por la aparición del
individuo, el cambio permanente, etc. La sociedad moderna tiene un dinamismo de
cambio inédito en las épocas anteriores. Aparecen las relaciones de producción
capitalista. Cuba es un resultado del desarrollo del capitalismo, y ello en
buena parte por su propia ubicación geográfica, a diferencia de otros países de
América Latina, que estuvieron situados en regiones marginales con respecto al
mercado mundial.
“Caribe”
es un concepto complicado también En el Caribe se encuentra Cuba, República
Dominicana, Puerto Rico, Jamaica, Haití, etc. Pero aunque Cuba y Puerto Rico se
parezcan mucho, se diferencian mucho también. El término “Caribe”, que permite
expresar lo común a todos estos países situados en esta zona, no puede sin
embargo llevarnos a olvidar las diferencias, que pueden ser también bastante
grandes. Pongamos el ejemplo de Puerto Rico. Es mucho lo que tenemos en común,
pero también hay diferencias en nuestras historias, que comienzan por los
resultados que condicionan la propia situación geográfica. Así como La Habana
está situada en un lugar de paso obligado para todo el tránsito marítimo entre
Europa y América, la bahía de San Juan, con ser mucho más grande que la de La
Habana, tenía una importancia mucho menor, pues la situación de las mareas no
la favorecían. Como consecuencia, la isla de Puerto Rico siempre tuvo una
situación mucho más al margen y apartada del mercado mundial que Cuba, y el
desarrollo de las relaciones sociales capitalistas fue allí siempre mucho
menor, con todos los resultados económicos, culturales, etc., que esto tuvo.
Las características de la oligarquía plantadora agro-exportadora cubana, sus
posibilidades, intereses, necesidades, eran diferentes a los de la oligarquía
agraria puertorriqueña. La sociedad cubana era más cosmopolita. Los procesos de
inmigración son también muy diferentes, al igual que el tipo de esclavitud,
etc. Existen sedimentaciones histórico-culturales muy diferentes detrás de cada
país, y de cada individuo perteneciente a estos países. Cuando digo que Cuba,
su historia, su identidad cultural, es expresión y resultado de las
contradicciones de la Modernidad, estas contradicciones no han sido las mismas
para cada país de América Latina ni del Caribe, por muy cercano geográficamente
que estos últimos puedan estar. Cuba fue siempre un país donde las relaciones
sociales modernas tuvieron un alto grado de desarrollo. Esto puede sorprender a
muchos, que asocian la Modernidad sólo con profusión de cosas muy nuevas,
llenas de lucecitas, etc. Pero la Modernidad es un modo de organización del
sistema de relaciones sociales. Recordemos que Cuba para nada era un país
atrasado. Fuimos el sexto país en el mundo en tener ferrocarril. Estuvimos
entre los primeros en el mundo en tener televisión. Digámoslo claro: en 1959,
La Habana era una ciudad mucho más moderna que Madrid y que Barcelona. Tengamos
en cuenta otro dato característico de nuestra historia: hacia 1830 el poderío
económico de la plantocracia cubana era tal que España, que seguía siendo la
metrópoli política, ya había dejado de ser la metrópoli económica, y además
también la metrópoli cultural. La burguesía esclavista agro-exportadora cubana orientaba
sus negocios hacia EE.UU., y en lo cultural se guiaba por patrones que recibía
directamente de los EE.UU. y de Francia. Si no conocemos todo esto no podemos
entender por qué, entre todos los países de América Latina, es Cuba el primero
que se plantea la realización de un proyecto social tan ambicioso como el
socialismo. No es fruto de la casualidad.
Pregunta:
Profesor, usted decía que dentro de la dimensión histórica de la identidad se
ve a la identidad como un proceso social y como una producción social… Muchas
veces, en la prensa, en los medios de comunicación en general, se plantea en
ocasiones el que un cubanoamericano o un cubanodominicano, o un cubano con otro
elemento adjunto, viene a Cuba como artista, como embajador de la cultura o
viene a Cuba como literato, entonces se está planteando ahí una identidad, de
un individuo que es cubano. Ahora yo digo… Rubalcaba y Lisandro Otero (…) Pero
como usted decía, ¿la identidad es un proceso constante…, un proceso en
evolución, con un movimiento de cambio acorde con nuestras características,
acorde con nuestras condiciones o acorde con nuestros intereses?
Respuesta: A veces
la prensa y la TV pueden ser muy banalizantes. Dices cubano-dominicano, y
después mencionas al pianista Rubalcaba. A mi nunca se me ocurriría definir a
Rubalcaba como cubano-dominicano, aunque lleve varios años viviendo allí. Viva
donde viva, sólo se le puede definir como cubano. Tenía muchos años arriba
cuando se marchó de este país. Andy García es un caso diferente. Tenía cinco
años cuando su familia se lo llevó para los EE.UU. Buena parte de sus procesos
de socialización e individualización se dieron en ese país. Se le puede definir
como cubano-americano. Tomemos el caso de Oscar Hijuelos, el famoso escritor.
Nació en los EE.UU. de padres cubanos. Escribe en inglés, que es su idioma
principal. Yo no lo definiría como un cubano-americano, sino como un
estadounidense de origen cubano. José Martí nació en Cuba de padre y madre
españoles, y a nadie se le ocurre calificarlo como hispano-cubano. Es un
cubano. Regresando a Oscar Hijuelos, y con el mayor respeto y la mayor simpatía
hacia su figura, lo que es imposible es definirlo como cubano. El puede escoger
entre sentirse sólo estadounidense o sentirse un estadounidense de origen
cubano. Es un derecho que tiene como individuo. Pero no creo que se le pueda
definir como cubano, por una cuestión muy simple: se socializó y se culturizó
en otra cultura y con otro idioma.
Vamos a poner
un caso interesante, el de Félix Sánchez, campeón olímpico y recordista mundial
de 400 metros con vallas. Nació en New York, de padres dominicanos. Vivió
siempre en los EE.UU. El inglés es su idioma natal. Se entrenó en los EE.UU.,
allí hizo su carrera deportiva. Pero toda su vida sufrió la humillación que la
sociedad yanqui reserva al inmigrante, y más cuando es mestizo, como es él. De
tal manera que la primera vez que concurre a una olimpiada a competir declara
que no quiere representar a los EE.UU., sino representar a República
Dominicana, competir bajo su bandera. El gobierno de los EE UU no puso ningún
obstáculo. El tema de la identidad nacional en los EE.UU. se plantea de una
forma diferente. Tiene otras complejidades. En definitiva los EE.UU. es un país
que no se construyó sobre la base de la identidad nacional. La Revolución de
las Trece Colonias es muy particular. Después que lograron eliminar la
subordinación al imperio inglés, las ex-Trece Colonias están todavía unos años
pensando si se van a unir en un país, o no. El propio sentimiento de patria de
los habitantes de aquellas Trece Colonias dominadas por los ingleses era muy
peculiar, por no decir menos. Voy a recordar una anécdota de la guerra de
liberación de las Trece Colonias. Después de que el así auto-titulado Ejército
Continental, que luchaba contra el colonialismo, fuera derrotado por el
ejército inglés en la batalla de Germantown, George Washington tuvo que
retirarse a un lugar conocido como Valley Forge y pasar allí un invierno que les
fue particularmente duro. En un momento determinado ya no había dinero para
pagar el salario de los soldados de aquel ejército supuestamente patriota.
Puede sorprendernos, porque a los miembros del ejército mambí por supuesto que
no se les pagaba ningún salario. Era algo inconcebible para los mambises. Pero
los muy patriotas integrantes del Ejército Continental empezaron a desertar
porque no había dinero para pagarles su salario. Ahí no se está construyendo un
país sobre la base de un sentimiento real de patriotismo. George Washington
tenía que buscar rápidamente aquella cantidad de dinero, que no era pequeña.
Manda entonces una delegación a buscar que le presten ese dinero. Y no la envía
a Madrid ni a París, dos capitales aliadas de las Trece Colonias en la guerra
contra Inglaterra. Envía esa delegación a La Habana, a pedirle a la
plantocracia criolla cubana que le preste ese dinero. La plantocracia criolla
estaba económicamente interesada en la independencia de las Trece Colonias. Y
en una sola noche se logra reunir, en La Habana, la suma de un millón de pesos,
que en esa época era una cantidad fabulosa. La delegación regresó a toda prisa
a Valley Forge, y con ese dinero se logró detener el proceso de descomposición
del Ejército Continental, y pertrecharlo para que siguiera en la lucha. Así que
ese dinero fue importantísimo en la historia de los EE.UU. Pero esa historia no
aparece en casi ningún libro de historia escrito en ese país, y por supuesto en
ninguno de los que allí se utilizan para enseñarles historia de los EE.UU. a
los escolares. En los EE.UU. la cuestión de la identidad la resuelven de otra
manera. Esencialmente con dinero. La identidad, el sentido de pertenencia, es
algo que compran.
Podemos
con toda razón maravillarnos de que Félix Varela se sintiera cubano. Nació en
San Agustín, en la Florida. Lo crió su abuelo, que era español de pura cepa, y
estuvo rodeado de españoles siempre. Pronunciaba el idioma castellano como un
español. No creo que le gustara mucho comer los cubanísimos frijoles negros.
¿Dónde se construye lo cubano? Como ya dije anteriormente, ahora enfrentamos el
problema, que tiene muchas facetas, de una gran comunidad cubana en el extranjero,
y sobre todo en los EE.UU. Una comunidad producto de un proceso de emigración
que no se ha detenido ni se va a detener. Si ‘lo cubano’ era lo que se hacía en
Cuba, ahora tenemos la realidad de muchas personas que han nacido en Cuba, se
han criado en Cuba, sus procesos de socialización e individualización se han
dado en Cuba, y con una cierta edad es que emigran de Cuba. ¿Qué es ser cubano?
Esa es una pregunta esencial, y creo que toda esta cuestión de la identidad
nacional, toda la urgencia y omni-presencia de la discusión sobre lo cubano
entre nosotros tiene que ver con la importancia que tiene esta pregunta. A
Elena Poniatowska le preguntaron una vez qué quería decir ser mexicano. Elena
Poniatowska es una gran escritora y periodista mexicana. Y ella respondió con
una fórmula muy breve, pero nada simple: “ser mexicano es amar a México”. Yo le
voy a pedir prestada esta idea a Elena Poniatowska y voy a decir que ser cubano
es amar a Cuba. Si alguien vive en Miami, o en otro lugar fuera de Cuba, y con
su decir y su hacer le hace daño a este país, lo que está haciendo no puede ser
cubano. Si está basado en principios excluyentes, como pueden ser el racismo,
el sentido de inferioridad nacional, el ingerencismo, etc., en principios que
se identifican con los intereses que estuvieron siempre contra el desarrollo de
este país y de su pueblo, entonces nada de eso lo considero como cubano. La
burguesía cubana nunca fue una burguesía de sentimiento nacional, nunca. La
prueba está en que cuando confrontó el primer problema serio, el primer desafío
serio a su poder y sus privilegios, emigró en masa a Estados Unidos, a esperar
que fuera otro gobierno el que le resolviera su problema. Aquella emigración
masiva y a toda velocidad de la burguesía cubana a principios de los 60
constituyó un proceso histórico excepcional. No vamos a encontrar nada
semejante en la historia de ningún otro país.
Ese tipo
de producción cultural que vaya en ese sentido, que no este basado en el amor a
Cuba, hágase donde se haga, en Miami o en la Cochinchina, no puede ser
expresión de ‘lo cubano’.
Pregunta: Cuando
nosotros vamos al Caribe, a Jamaica y otras islas de habla inglesa, notamos que
el problema de la identidad es una angustia en esos pueblos. Me parece que para
nosotros no es… Hay muchos libros sobre la identidad escritos por los
caribeños, sobre la búsqueda de la identidad caribeña… Y yo no sé por qué para
nosotros el problema de la identidad no es una cosa que nos quita el sueño, que
nos hace sufrir, sin embargo vemos que esas poblaciones de procedencia inglesa
sí realmente sufren la falta de esa identidad que añoran… Me gustaría que usted
conversara un poco sobre esto.
Respuesta: En lo
que no coincido plenamente contigo es en la idea de que el problema de la
identidad no sea una angustia para nosotros. Yo creo que si, que es también un
tema angustioso para los cubanos, y lo demuestra que es un tema permanentemente
abierto, de constante reflexión para nosotros. Y eso quiere decir que es un
tema que no hemos agotado y que tampoco hemos acabado de resolver. Ya he
explicado las razones que, en mi criterio, condicionan que esto sea así. Esa
obsesión por marcar la existencia de lo cubano se expresa en cualquier
manifestación de nuestra actividad. Hablamos acerca de si existe o no una
escuela cubana de ballet, una escuela cubana de arquitectura, etc. Aquí en Cuba
me han preguntado varias veces si yo creo que existe una escuela cubana de
filosofía. Yo he respondido que creo que no, pero que tampoco considero que nos
haga mucha falta. Cuando respondemos negativamente a todas estas preguntas
acerca de si existe una escuela cubana de algo, la reacción inicial es siempre
de inconformidad; parece que nos entrara un aplastamiento moral. Tiene que ver
con todas estas razones político-culturales (la política y la cultura van
siempre unidas) de las que ya hablé.
Ahora, lo
del Caribe. El problema para los cubanos no es el de la existencia de la
identidad caribeña, sino el de la identidad cubana. Pero para los jamaicanos,
los de Barbados y los de Trinidad, el tema no es la identidad jamaicana, etc.,
sino la identidad caribeña. Eso tiene que ver con las grandes diferencias entre
esos pequeños países y Cuba, aunque todos estemos en el Caribe y el componente
africano sea muy importante. Hay una historia muy diferente. Comencemos por
decir que los cubanos tuvimos que luchar muy duro y mucho tiempo para alcanzar
la independencia política. Algo muy diferente de lo que ocurrió con Jamaica,
Trinidad, etc. El movimiento independentista fue mucho más tardío y tuvo mucha
menos fuerza. Y esto tiene que ver, entre otras cosas, con las diferencias en
los modelos de esclavitud. La esclavitud en las colonias insulares inglesas del
Caribe pasó por determinadas etapas y tuvo determinadas características en cada
etapa, y también la esclavitud en Cuba tuvo sus etapas y sus características.
Fueron dos procesos diferentes. Por eso invitaba a leer Azúcar y población en las Antillas, de Ramiro Guerra. Si no
conocemos esa historia podemos caer en simplificaciones insostenibles. Tengamos
en cuenta otro hecho: ya expliqué que muy temprano en el siglo XIX ya España
sólo era metrópoli política, y no era modelo para nadie en Cuba ni en lo
económico ni en lo cultural. Pero para esas islas angloparlantes del Caribe,
Inglaterra era el modelo en casi todo. Los cubanos jugamos béisbol, entre otras
razones, para no jugar fútbol o asistir a la corrida de toros, porque eso era
muy español, y por lo tanto lo rechazábamos. El muy inglés cricket sigue siendo
un deporte muy practicado en esas islas angloparlantes caribeñas. Recordemos
otro factor. Desde hace muchos años hay una gran corriente migratoria de esas
islas del Caribe hacia Inglaterra, corriente que todavía existe. Cuba no era un
país de emigrantes, y la poca emigración que hubo antes de 1959 se dirigía
principalmente a los EE.UU., si era de obreros, y hacia Francia, si era de
intelectuales. Todo eso marca diferencias, y diferencias muy grandes.
Esto nos
lleva al tema del discurso sobre el Caribe y lo caribeño, que es un discurso
que a veces tiene muchas trampas, y que puede ser muy engañoso. Puede parecerse
al discurso sobre “lo latino”. Decimos “lo latino” y borramos todas las
diferencias entre argentinos y guatemaltecos y dominicanos, y tratamos de que
se identifiquen con un pastiche mercantilizado. Con el discurso de lo caribeño
a veces pasa lo mismo, que intenta presentar un modelo superficial y
mercantilizable, que borre lo específico en función de un concepto de lo común
bastante epidérmico, y de crearnos un concepto de identidad falso. ¿Qué quiere
decir que soy caribeño? Nosotros tenemos más en común con España que con
Jamaica. España está a siete mil kilómetros de distancia y Jamaica está a ciento
cuarenta kilómetros. Pero tenemos más en común con España que con Santo
Domingo, también me atrevo a decirlo. Y digo más: es mayor la influencia
cultural española-norteamericana en Cuba que la influencia cultural mexicana,
dominicana o haitiana en Cuba. Ningún país de América Latina en el año 59
estaba tan norteamericanizado como Cuba, en lo bueno y en lo malo, porque la
cultura norteamericana en sí misma no tiene por que ser mala.
Ya no se
utiliza la palabra Antillas, ni el adjetivo “antillano”. Tengamos en cuenta que
en inglés esas palabras no existen. En ese idioma se utilizan los términos West
Indies y Caribbean. El imperialismo cultural viene para encima de nosotros con
su carga masificadota y uniformizadora, para estandarizarnos como consumidores,
pero también como productores de objetos culturales que tienen que ser
comercializables. Por eso repito que la identidad cultural cubana o se
desarrolla en la lucha o perece.
Pregunta: Sobre el
Caribe, primero influye mucho el tamaño de esas islas, tiene que ver mucho con
la identidad. Segundo, se independizaron a partir de los años 60, lo que no
quiere decir, y en esto no concuerdo contigo, que no haya una cierta tradición
de lucha, léanse el libro de Williams, por ejemplo, con el mismo título que el
libro de Bosch, “De Colón a Fidel Castro”. Pero, además, una tercera cosa, es
el hecho que muchas de estas islitas cambiaban cada seis meses, unas veces eran
francesas y otras veces eran inglesas, entonces tu te vas a un lugar como
Dominica y la gente más vieja habla creole, el mismo de los haitianos, y la
gente más joven el inglés, entonces es un problema mayor el definir una
identidad. Y me parece que tú acertaste también, la impronta del proceso civilizatorio
británico buscaba más la uniformidad, de manera que tú te llegas a un lugar
como Barbados y le dicen a Barbados “Little England”, tú no puedes decir que
Dominicana es la “Pequeña España” o que Cuba es la “Pequeña España”, porque la
cosa no funcionaba así como quizá funcionó la colonización holandesa. La
colonización francesa tiene otras características.
Las islas
mayores del Caribe son, bueno, Dominicana que tiene una característica, yo creo
que una de las desgracias nuestras es que nos seguimos olvidando de Haití que
nos legó la libertad… bien, y al lado está República Dominicana. Después la
otra isla grande es Puerto Rico, no me gustó que tú dijeras que en Puerto Rico
no había nada, porque ¿y Betances?, ¿y toda la lucha?, como se concibió esta
lucha en la cual nosotros los cubanos no cumplimos (…) Lo demás estoy de
acuerdo contigo…
Respuesta: Dos
cosas. La primera: si tu dices que en esos países había una cierta tradición de
lucha, lo de “cierta” me encanta, porque creo que define la cuestión. Está
aminorándolo, ¿no? En Jamaica había una “cierta” tradición de lucha, sobre todo
de cimarrones. En Cuba había no cierta tradición de lucha, sino una tradición
con todas las de la ley.
La
segunda, sobre Puerto Rico. Recordemos que Narciso López desembarcó un día por
la mañana en Cárdenas en 1850, izó la que hoy es nuestra bandera nacional,
proclamó la independencia y convocó al pueblo de Cárdenas a que se le uniera.
Nadie se le unió, y esa misma tarde tuvo que reembarcarse. Es cierto que López
era anexionista, pero los pobladores de Cárdenas no lo sabían. En ese momento
histórico ese pueblo no quería la independencia. Podían quererla Félix Varela y
otros patriotas, pero no el pueblo cubano. Las condiciones no estaban creadas
para que ese sentimiento existiera. Eso explica por qué Bolívar realmente, en
el fondo, no insiste mucho con enviar una expedición liberadora a Cuba en 1830.
No sólo por el rechazo de Inglaterra y EE.UU., que fue cierto que existió y
constituía un obstáculo formidable.
(Del
público: “¿Por qué Bolívar va a Jamaica a hacer la carta?”). Sí, Bolívar va a
Jamaica, pero no va a Jamaica a luchar por la independencia de Jamaica. Tiene
que huir a Jamaica y allí escribe ese famoso documento, la “Carta de Jamaica”,
porque Jamaica es una colonia inglesa donde puede refugiarse, y porque
necesitaba el apoyo de Inglaterra para su lucha independentista. Bolívar
después no alienta mucho la realización de una expedición para liberar a Cuba
por dos razones. Una es que los ingleses y los EE.UU. se oponían a aquello. La
otra es que el sabía que todavía en Cuba el sentimiento independentista no
estaba muy expandido.
En Puerto
Rico había un pequeño grupo de independentistas, pero no había un anhelo
expandido de independencia, como si lo había en Cuba. Y dadas las
circunstancias existentes, está claro que no podía haberlo. En Puerto Rico no
hay universidad antes de la llegada de los norteamericanos, que son los que la
fundan en 1901. Puerto Rico no tiene un fenómeno histórico como lo fue en Cuba
el Seminario de San Carlos, un lugar donde se estaba formando la
intelectualidad independentista. A principios del siglo XIX todavía el pueblo
cubano no se está pensando como cubano, pero ya en el Seminario empezó a
conformarse aquel pequeño grupo, que fue la semilla de nuestro independentismo.
En Puerto Rico no hubo eso en el siglo XIX. Las causas no estaban en las
características que pudieran tener los puertorriqueños. Se trata de una isla
pequeña, en la que había poco movimiento económico, social y cultural.
(Del público
– Adolfo Ham: “¿Y por qué ese determinismo tuyo de que no podía haberlo?”)
Porque los
procesos se dan cuando existen condiciones para ello. No es determinismo, es
condicionamiento. Es la comprensión de que los procesos históricos obedecen a
condiciones que son los que los posibilitan. Recordemos que las bases del
Partido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí, tenían un punto que
decía que “el Partido Revolucionario Cubano se funda para hacer la
independencia de Cuba y contribuir a la independencia de Puerto Rico”. ¿Vieron
como cambió el verbo? Por supuesto que Martí conocía la importancia de las
palabras. Martí era poeta, pero lo verdaderamente importante es que era un
extraordinario dirigente político.
(del
público: “Se llamaba Partido Revolucionario Cubano, no cubano-puertorriqueño”)
Claro. Lo
importante era que los puertorriqueños tenían que demostrar de verdad que
querían la libertad. No que deseaban la libertad, sino que la querían. Lo
llamativo en el caso de Cuba es el precio que tuvo que pagar este país para ser
libre. Ningún otro pueblo de Latinoamérica ha pagado el precio que ha tenido
que pagar Cuba por su independencia. Les recomiendo que se lean una novela
titulada “Trágame tierra”, escrita por el nicaragüense Lisandro Chávez Alfaro,
publicada por Casa de las Américas en la década del 70. Hay un capítulo en el
que el autor utiliza esta expresión: “La libertad entró en Managua a lomo de
mulos”. Es una expresión muy dura, pero es verdadera. Chávez Alfaro se está
refiriendo a un hecho histórico: un buen día, cuando entró en Managua el arria
de mulos donde se traía la correspondencia desde Ciudad México, que era la
cabeza del Virreinato de Nueva España, al que pertenecía lo que hoy conocemos
como Nicaragua, los habitantes de Managua se enteraron de que el Virreinato
había dejado de existir y que pertenecían ahora al Imperio de México. Así fue
como se enteraron de que ya no eran colonia española, porque allí no se habían
producido luchas contra el colonialismo, no había movimiento anticolonialista.
Realmente, el primer patriota que tienen los nicaragüenses es Sandino, ya en el
siglo XX. Alguien aquí ha mencionado a Morazán. Es cierto que Morazán fue un
gran patriota, pero no era nicaragüense. Y su intento de fundar la república
centroamericana fracasó, y es claro que tenía que fracasar. No existía una
integración económica ni cultural entre las distintas regiones de
Centroamérica, por eso aquello se pudo fragmentar en cinco pequeñas repúblicas.
Entender
la historia así no es determinismo. Es buscar los condicionamientos para poder
captar la racionalidad de la historia. No es lo mismo lo que puede ocurrir en
un país que tiene un condicionamiento social determinado a lo que puede ocurrir
en otro país que tiene otro condicionamiento social. Y eso explica lo
específico de nuestra historia.
Me voy a
detener en una frase que utilicé hace un momento: querer no es lo mismo que
desear. Querer la libertad es lo que hicieron los mambises, que estuvieron
dispuestos a entregar sus propiedades, a irse a la manigua con sus mujeres y
sus hijos, a pagar ese precio para obtener la libertad.
¿Cuál es
la esencia del discurso anti-independentista hoy en Puerto Rico? En Puerto Rico
cuando hacen elecciones, los independentistas sacan el 4% de los votos. Los puertorriqueños
se sienten puertorriqueños. ¿Quieren ser independientes? La mayoría de ellos
no. ¿Cuál es el argumento que utilizan los elementos pro-yanquis en su campaña
anti-independentista? Afirmar que el día que Puerto Rico sea independiente y
los norteamericanos se vayan el país se va a morir de hambre, porque la isla
vive gracias al capital norteamericano y a las dádivas del gobierno federal de
EE.UU. Ese es el argumento que utilizan. Recordemos que casi la mitad de la
población puertorriqueña vive del subsidio por pobreza que otorga el gobierno
de EE UU. El imperialismo ha sido tan macabramente inteligente que lo que han
hecho es intentar sobornar a un pueblo. Ese fue el proyecto que realizó Muñoz
Marín para ahogar la ola independentista que había comenzado en Puerto Rico,
sobornar a la gente. Aplicar un modelo de recolonización basado en traer a la
isla industrias de alto nivel de contaminación, que tenían dificultades con las
leyes federales de los EE UU, pero que podían evadir esas leyes en territorio
de Puerto Rico. Industrias que además podían beneficiarse de la mano de obra
puertorriqueña, más barata que la norteamericana. Y subsidios de desempleo y
pobreza, para tener una parte de la población recibiendo un dinero sin
trabajar, para corromperla y sobornarla. Y para meterle miedo a los que
trabajaban diciéndoles que si la isla se hacía independiente esas industrias se
retirarían y el desempleo cundiría y se morirían de hambre. El miedo que les
quieren meter a los puertorriqueños es que si alcanzan la independencia el país
se va a destruir, se va a arruinar. Justamente esa tesis, pero al revés, fue la
que aplicaron los mambises. No se si todos hemos pensado en eso. También los
elementos pro-colonialistas en Cuba decían que si Cuba alcanzaba la libertad el
país se arruinaría, se destruiría económicamente. El contra-argumento de los
mambises es que los españoles se iban a retirar de Cuba porque eran ellos, los
mambises, los que iban a destruir el país. No otra cosa es la famosa Política
de la Tea Incendiaria. Lo que dijeron los mambises fue precisamente esto: “no
nos vengan a decir que si los españoles se van el país se destruye;
precisamente nosotros vamos a empezar a destruirlo, vamos a darle candela desde
oriente hasta occidente”.
(Del público: “Pero quién hizo eso”). Eso lo
hicieron los mambises, Agramonte, Céspedes, Máximo Gómez.
(Del
público: “Bueno, pero Máximo Gómez no era cubano”). No, lo hicieron los cubanos
también, Máximo Gómez era un general pero él no era el que le pegaba candela a
las plantaciones, él solito no iba con una antorcha corriendo por el país.
Había veinte mil mambises en el ejército libertador. Es cierto que algunos
jefes mambises se dejaban sobornar por los terratenientes para no aplicar la
Política de la Tea Incendiaria, y que Máximo Gómez sancionó a algunos por ello,
pero eran algunos jefes. Otros muchos si la aplicaron. Los invito a que lean el
libro “Radiografía del Ejército Libertador”, de Francisco Pérez Guzmán. Él
explica que el Gobierno en Armas podía autorizar a que un ingenio y sus tierras
no se les pegara candela, pero eso estaba reglamentado.
(Del
público: “El problema del mambí cubano era el provincialismo. Vicente Aguilera
¿qué cosa era? ¿Qué cosa era Calixto García?”)
El
provincialismo fue un resultado de un conjunto de condiciones que lo
propiciaron. Hoy a nadie le preocupa en La Habana si el primer secretario del
partido es nativo de esa ciudad o no. Pero en una época en Cuba era muy difícil
que los mambises villareños aceptaran a un oriental como jefe. Ese regionalismo
no caía del cielo. Estaba condicionado por factores sociales. Ante todo, del
hecho de que las distintas regiones del país no estaban integradas. A Cuba la
integró la caña de azúcar, a golpes. El último golpe integrador, la expansión
de la industria azucarera a Camagüey y el Oriente, tuvo mucho que ver con la
Coca Cola. La ocupación de las tierras de Camagüey y Oriente por las grandes
empresas cañeras estadounidenses tuvo mucho que ver con el crecimiento de la
demanda de azúcar en los EE.UU., pero ya no una demanda de carácter doméstico,
sino industrial, por la aparición de industrias de alimentos y bebidas que
demandaban mucha azúcar, como la Coca Cola, la Hershey, que producía chocolate,
etc. Fue con este último proceso expansivo que se completó el proceso de
integración de Cuba. Ya en la revolución del 30 no va a existir el problema del
localismo o el regionalismo. Cuando en 1933 Guiteras abre un movimiento
guerrillero en Oriente, para nadie fue un problema que fuera nativo de Pinar
del Río
Pregunta: La
pregunta que yo voy a hacer la lanzo desde mi identidad como cristiana. Usted y
Ana Cairo nos dejaron muy claro que no existe algo como identidad cubana, sino
unas identidades… Si fuésemos a hablar de la identidad religiosa tendríamos que
hablar, a mi entender, de muchas identidades religiosas, no solamente de una
identidad cristiana… Nosotros los cubanos tenemos muy a gusto el hecho de
defender nuestra identidad, por ejemplo, si somos católicos defendemos nuestra
identidad religiosa católica como el fundamento de la identidad cubana o si
somos protestantes, como nosotros, defendemos nuestra identidad protestante
como la base de la identidad cubana (…) Mi pregunta es la siguiente, ¿hasta qué
punto hoy la identidad religiosa cubana está afectando o no la identidad
cubana? Si es en positivo o en negativo.
Respuesta: Bueno,
vamos por partes. No sé lo que habrá dicho Ana Cairo porque no estuve ayer
aquí. Lo que yo he dicho es que cada persona tiene varias identidades, no que
haya varias identidades cubanas. Y he dicho que la identidad nacional cubana es
un fenómeno complejo. Que está compuesta por elementos muy complejos, los
cuales están en cambio, tienen un dinamismo histórico. Eso para ustedes los
protestantes es un elemento importante. No sería lícito que alguien afirmara
que debido a que durante cuatro siglos los cubanos fueron católicos, entonces
cuando empezaron algunos cubanos a ser protestantes comenzaron a dejar de ser
cubanos. Es algo que puede pasar también con los musulmanes que comenzamos a
tener ya entre nosotros, o los rastafaris, etc.
Esa otra
cosa que dijiste sobre la religión y la identidad nacional. No creo que “la
base” de la identidad cubana esté en algo específico.
(Del público: “No, perdone, lo que quise
decir es que cada cubano defiende su identidad como la única y como la base de
la identidad cubana”)
Bueno, si
cada cubano defiende ‘su’ forma específica de entender la identidad como la
única posible, entonces está equivocado. En el ser humano es algo muy típico el
impulso de excluir al otro. La percepción de que todo lo que sea diferente a mí
es peor ya es un peligro. Y la tendencia a rechazarlo. Aceptar que el otro
pueda ser diferente, incluso que mi hijo pueda ser diferente, ya representa una
tensión. Si cada uno de nosotros piensa que ser cubano es ser como él es,
entonces si tenemos un serio problema. Por eso el concepto de identidad tiene
que ser lo suficientemente amplio para que sea incluyente, pero a la vez lo
suficientemente preciso para que sea también excluyente. Si es tan abierto que
lo incluye todo, incluye también aquello que falsea esa identidad o que la pone
en peligro. Si es tan estrecho que se cierra en si mismo, que excluye cualquier
otra cosa, entonces ese concepto de identidad se convierte en una cárcel, en
algo que encierra, limita y mata la espiritualidad del individuo. Tanto una
posición como la otra expresan intereses políticos muy claros. El
fundamentalismo del mercado (porque no sólo existe el fundamentalismo religioso
o el étnico, también existe el del mercado), el fundamentalismo capitalista,
está interesado en un concepto de identidad nacional tan incluyente que pueda
disolverlo todo y dejar sólo aquello que pueda ser mercantilizado. Existen
otros fundamentalismos, como el fundamentalismo étnico o el religioso, que se
apoya en un concepto de identidad totalmente excluyente. Opino que debemos
promover un concepto de identidad nacional cubana en el que se exprese la
dialéctica de la inclusión y la exclusión.
Opino que
nadie puede decir que la base de la identidad nacional es esto o aquello. La
identidad nacional cubana se ha construido y se sigue construyendo (porque es
un proceso que no se detiene) con muchos elementos. Y lo que he afirmado es que
el patrón sobre el que se produce la hibridación de los distintos elementos que
han estado en ese proceso es occidental.
(Del público: “Y si es occidental es
cristiano”)
Lo
occidental es mas que lo cristiano. Lo occidental tiene un componente
cristiano. Se puede decir que el pensamiento occidental tiene muchos elementos
que proceden del cristianismo, pero también se puede decir a la inversa, que el
cristianismo tiene muchos elementos que proceden del pensamiento occidental. La
cultura occidental es más que la cultura cristiana.
(Del
público: “¿En qué sentido?”)
Bueno, en
el sentido de que hay todo un conjunto de elementos que pueden estar en la
cultura occidental y no estar en la cultura cristiana
(Del
público: “¿Cuáles?”)
Bueno,
empezar por no creer en Cristo como figura divina.
(Del
público: “El cristianismo no es creer en Cristo como figura divina sino creer
en un hombre”)
Bueno, eso
es válido para algunos cristianos, pero no para todos. Volviendo a esto de la
cultura occidental. Los primeros rudimentos de la cultura occidental comienzan
con el pensamiento griego, y siguen desarrollándose incluso antes de la
aparición del cristianismo. Pero lo que a mí me interesa ahora del tema de
afirmar el patrón o basamento occidental de nuestra cultura y nuestra identidad
es precisamente cuando surge el problema de la religión. Porque hablar de la
religión en Cuba no es sólo hablar del catolicismo o el protestantismo, sino
también de eso que llamamos religiones afro-cubanas, y también del islamismo,
que ya tiene algunos seguidores en Cuba, y de otras religiones no cristianas.
Afirmar el patrón occidental de nuestra cultura no puede ser utilizado para
tachar de “no cubanas” o incompatibles con la cubanía a aquellos cubanos que
profesen religiones no cristianas. La historia no se detiene, el proceso de
producción y reproducción de nuestra identidad nacional no se detiene. A lo
mejor dentro de un siglo contamos con un grupo considerable de musulmanes. La
cuestión no es que esos cubanos profesen la religión musulmana, sino de qué
tipo de religión musulmana estamos hablando. Cualquier religión que sea
fundamentalista viola los principios de nuestra identidad nacional. Incluso el
fundamentalismo cristiano. El fundamentalismo religioso no está en la base de
nuestra historia. Las luchas por nuestra independencia estuvieron vinculadas a
la lucha contra el carácter confesional del Estado colonial español, contra el
dogmatismo religioso, por la libertad de cultos, por el Estado laico. Si un
musulmán cubano predica el fundamentalismo, eso si tenemos que rechazarlo. Si
predica la utilización del velo por la mujer ya eso implica un elemento de
discriminación, de exclusión de género. Y no porque en Cuba no hubiera existido
la costumbre de obligar a la mujer a utilizar un velo en los servicios
religiosos. Eso se exigía en la Iglesia Católica, y se exigió hasta una fecha
tan reciente como 1968, si mal no recuerdo. Y precisamente ya esa costumbre
discriminatoria la eliminó la Iglesia Católica, y no podemos dar un paso de
retroceso en ese sentido. En la medida en que se establece un elemento de
discriminación de unos seres humanos por otros, ahí se está yendo en contra de
la esencia de ‘lo cubano’. Ese elemento me interesa, y por eso lo recalco. ‘Lo
cubano’ se construyó sobre la base de una lucha que no era fundamentalista.
Existieron muchas luchas anticolonialistas que fueron fundamentalistas, que se
basaron en el fundamentalismo étnico o religioso. La lucha contra el
colonialismo español por nuestra independencia nunca fue fundamentalista, como
tampoco lo fue la lucha contra el imperialismo yanqui. En la primera mitad del
siglo XX, en la república mediatizada, un elemento que unió a muchas figuras
era la angustia por la percepción de la destrucción de la cultura cubana, de
nuestra identidad. Tomemos dos figuras como José Antonio Echeverría y José
Lezama Lima. No pensaban igual, pero ambos estaban contra el gobierno de
Batista no sólo porque Batista había violado la constitución, sino porque
Batista estaba prostituyendo a Cuba, poniendo en peligro nuestra identidad. El
modelo de sociedad que representaba Batista no les podía gustar a ellos. Por
eso la mayoría de los revolucionarios cubanos, comunistas o no, tenían la idea
de que luchar contra Batista no era sólo luchar por derrocar la tiranía, era
luchar por hacer un cambio en la sociedad cubana. El cambio todos no lo
pensaban igual, pero la conciencia de la necesidad del cambio era general.
Lo que
está alimentando la formación de la nacionalidad cubana es una lucha por el
desarrollo del individuo, por eliminar las trabas que impedían el desarrollo
del individuo. Para los independentistas cubanos estaba claro que luchar contra
España era luchar contra el atraso en todos los campos, contra la opresión al
individuo en lo político, lo religioso, lo cultural, etc. Es algo que nos
diferencia con respecto a Jamaica, para citar un ejemplo. Ningún jamaicano
podía afirmar que luchaba contra Inglaterra porque Inglaterra representaba la
opresión al individuo. En el siglo XIX Inglaterra era uno de los dos estados
más libres y democráticos del mundo (el otro lo era los EE.UU.). Fue en
Inglaterra donde se inventaron las libertades: la libertad de cultos, la
libertad de reunión, de expresión, la libertad comercial, etc. Pero España
representaba todo lo contrario. España representaba el fundamentalismo y el
atraso. La nacionalidad cubana es resultado y expresión del anhelo de permitir
el desarrollo de la persona, del individuo. Por eso ni el fundamentalismo
católico ni el protestante, ni ningún otro fundamentalismo, pudieron funcionar
o pueden funcionar como base de la nacionalidad cubana.
(Del
público: “Depende también de lo que tú entiendes por fundamentalismo”)
Asumo el
concepto de fundamentalismo en la interpretación normal, quiero decir la más
extendida, fundamentalismo es el dogmatismo, es la cerrazón a lo nuevo, es
apegarse a un dogma, a un texto interpretado al pie de la letra, es la fobia al
cambio, eso es fundamentalismo.
Pregunta:
Relacionado con esto del individuo, si lo principal en la Revolución cubana al
principio era esta cuestión del individuo que usted ha señalado en toda su
conferencia, ¿por qué se produce entonces esa masividad, que muchas veces el
individuo se perdió dentro de esa masividad?
Respuesta: Bueno,
el individuo estaba perdido en Cuba desde hacía mucho tiempo, porque evidentemente
en la República neocolonial el individuo se perdió. Por eso la historia de la
República neocolonial es la historia de una inconformidad total. La Revolución
generó procesos importantes para el rescate de la dignidad del individuo, para
su desarrollo, pero también generó procesos de masificación. Hay un modelo de
interpretación del socialismo que transcurre por canales que llevan también a
la masificación, por eso digo que socialismo es un concepto muy complicado. El
socialismo no es sólo un concepto, un ideal, es también una experiencia
histórica real.
FIN