IDENTIDAD Y SUBJETIVIDAD

Jorge Luis Acanda González

 

Conferencia impartida por el autor el 5 de abril de 2006,  en el marco de la Jornada Teológica que sobre Identidad y Espiritualidad se celebró en el Seminario Evangélico de Teología.

 

Hablar de identidad tiene que ver naturalmente con la espiritualidad y la subjetividad. Porque si hablamos de identidades, ¿a qué nos estamos refiriendo? Estamos hablando de ese conjunto de principios, valores, rasgos, características, no sólo con los que el individuo se identifica a sí mismo, sino que además le permiten identificarse con un grupo, lo cual es esencial. La idea más simple, la primera que surge en todo ser humano es precisamente la pregunta “¿quién soy yo?”, “¿qué soy yo?”, que da lugar a la frase más simple, y la primera que todo ser humano concibe: “yo soy…”, y a continuación aparece un concepto. Esa es la frase más simple que se puede construir, y como corolario viene una conceptualización: “yo soy cubano”, “yo soy niño”, “yo soy mujer”, “yo soy hombre”, “yo soy cristiano”, “yo soy intelectual”, etc. La identidad tiene que ver entonces con la subjetividad, con la espiritualidad. Yo no pretendo ni mucho menos venir aquí a dar una definición de lo que es la cubanía, la identidad nacional, ni nada parecido. Me parece que sería demasiado ambicioso. Por otra parte no creo que alguien pueda hacerlo, ni creo que tenga sentido hacerlo. Quiero solamente establecer algunas ideas o algunos principios que me parece que son esenciales para poder pensar el tema de la identidad y sobre todo el tema de la identidad nacional, porque en Cuba cuando se habla de identidad siempre ocurre que al final de lo que estamos hablando es de la identidad nacional.

Identidades existen varias, y cada individuo es portador de varias identidades: identidad de género, identidad generacional, etc. Por ende, hablar de ‘la identidad’ puede ser bastante engañoso. Pero evidentemente en Cuba el tema de la identidad nacional es un tema recurrente, omnipresente, que nos preocupa mucho y del cual hablamos constantemente. Pongo un ejemplo: si un músico cubano es entrevistado por la nuestra TV, siempre se le pregunta qué es lo cubano en la música, y lo mismo ocurre si se trata de un poeta, que se le pregunta sobre lo cubano en la poesía. Además, “lo cubano” es un concepto que se utiliza mucho en la política, y ello no empezó con la Revolución, es anterior a 1959, aunque es evidente que podemos destacar una dinámica temporal de profundización del tema. Creo que el tema hoy en día tiene más complejidad, más urgencia y más facetas de las que tenía hace veinte años y por supuesto de las que tenía hace cincuenta, y todo eso tiene sus razones. Por ende, lo primero consiste en preguntarse de qué es de lo que realmente estamos hablando cuando hablamos de la identidad. Pero no sólo de qué estamos hablando, sino también preguntarnos qué es de lo que realmente queremos hablar cuando tratamos el tema de la identidad nacional. Ello para adquirir plena conciencia acerca de esta cuestión, porque a veces hablamos de algo y no nos damos cuenta de que es de lo que realmente estamos hablando. Utilizamos una palabra, un concepto y – sin darnos cuenta – a través de ese concepto estamos vehiculizando un conjunto de preocupaciones, un conjunto de temores o un conjunto de intereses. Entonces, lo primero a tener en cuenta es que cuando hablamos de identidad estamos utilizando una metáfora, en la cual se están concentrando varios elementos que se están anudando en ella. Y esa metáfora funciona como un medio para vehiculizar preocupaciones, intereses, temores, etc.

De hecho, eso ocurre con otros conceptos, como el de “sociedad civil”, o el de “socialismo”, o el de “cristianismo”. No es algo que ocurra sólo con el concepto de identidad nacional. Esta es la primera cuestión a aclarar: ¿en qué medida esto de la identidad nacional, de la identidad cultural, de la identidad cubana, de lo cubano, es un vehículo a través del cual se están concentrando todo un conjunto de temas, preocupaciones, problemas de la realidad en la que estamos viviendo y de las urgencias sentidas por cada individuo?

Queda claro que este tema de la identidad adquiere su relevancia a nivel mundial con el surgimiento de la Modernidad. La cuestión de la identidad como tema de reflexión nace como resultado de las características de la modernidad. Porque está claro que en las sociedades premodernas el problema de la identidad prácticamente no existía, porque no existía el tema del individuo. En las sociedades premodernas no existía el problema del individuo, de la individualidad. El ser humano estaba ahí y formaba parte de un colectivo y adquiría su identidad por ese colectivo, que era un colectivo además que él no podía escoger y del que él no se podía salir: era siervo de la gleba o era noble, era ostrogodo o era visigodo o era huno, era hombre o era mujer, y estaba bien claro de antemano cuales eran sus códigos de conducta, sus posibilidades de realización, sus proyectos de vida que estaban muy bien establecidos de antemano y de los que él no se podía separar. Un visigodo no podía salirse del contexto de los visigodos e irse a vivir con los ostrogodos, entre otras razones porque los ostrogodos no lo iban a acoger. La identidad como problema no existía, porque no existía el individuo como tal.

El individuo nace con la Modernidad, el individuo como fuente de derecho y como valor en sí mismo, el individuo como un ente imbuido de razón y por lo tanto munido de la facultad – pero además del derecho – de establecer su plan de vida y de ser diferente a los demás y de escoger, que significa escoger a qué comunidad quiere pertenecer. Y ahí es donde empieza entonces el problema de la identidad, porque la pregunta “¿qué soy yo?” ya no tiene una respuesta establecida de antemano. “¿Qué soy yo?” ahora también va acompañado del espacio que abre una posibilidad nueva: ¿qué es lo que quiero ser yo? O está otra: ¿qué es lo que puedo ser yo? Es una posibilidad, como la sociedad moderna, donde están desarrollándose esos elementos que permiten la individualización del ser humano. A la vez, la Modernidad trae consigo otra dinámica social que es contradictoria con esta: la dinámica de la masificación. La Modernidad ha decursado históricamente en la forma de modernidad capitalista. Y algo que el capitalismo desarrolla es la estandarización del individuo, la masificación del individuo, y la destrucción de todos los nexos y lazos tradicionales y su sustitución por nexos y lazos que pasan no a través de valores de carácter espiritual sino del valor económico. Eres lo que tienes, y lo que tienes es dinero. No importan tus atributos subjetivos: tu agudeza, tu inteligencia, tu gracia y tu simpatía. En la sociedad capitalista “tener” sólo puede significar tener dinero. Esta claro que para saber lo que un individuo es hay que establecer lo que tiene: si tiene buenos sentimientos, sentido de solidaridad, inteligencia, sensibilidad estética, etc. Pero en el capitalismo el tener ha quedado reducido a algo muy estrecho: tener riqueza material. Si en las sociedades pre-capitalistas no había ninguna contraposición entre ser y tener, es con el capitalismo donde estos dos términos se convierten en antitéticos. En el capitalismo, tener es simplemente tener dinero. Con la Modernidad se empiezan a dar estos dos procesos, de que por un lado aparece el individuo, se le da un marco de posibilidad al individuo (el individuo es fuente de derecho, el individuo tiene libertad para escoger, etc.), pero por el otro lado se está estableciendo también un proceso de destrucción del individuo, de masificación del individuo y de ruptura de todos aquellos nexos, lazos y relaciones de carácter espiritual con los que el individuo se identificaba y adquiría certeza de sí mismo, y se intenta convertir a la persona simplemente en un acumulador de ganancias y en un consumidor de mercancías. Y por lo tanto, todo un conjunto de otras determinaciones empiezan a pasar a un segundo lugar, ya no importa de qué país eres, pues la nacionalidad no sólo la puedes cambiar, sino que la puedes comprar; ya no importa de qué grupo social eres, ya no importa ni de qué raza eres. Michael Jackson ha demostrado de que si se tiene el suficiente dinero un negro puede terminar teniendo una piel blanca. En los Estados Unidos de hoy, plagados de odio a todo lo que huela a musulmán, un extranjero puede ser islámico fundamentalista, usar un turbante y darle golpes a su mujer, pero si invierte medio millón de dólares en la economía norteamericana automáticamente y de golpe obtiene el derecho de residencia en ese país. Todos esos principios y valores de identidad (el país, la familia, la religión, etc.) se rompen y lo único importante es el dinero. Por lo tanto, no se están ofreciendo valores espirituales sustitutivos, sino todo lo contrario, y por supuesto que eso lo que acarrea como consecuencia es una crisis de identidad, que es lo que vive la Modernidad, y que no se conocía antes. Crisis de identidad que tampoco es para desgarrarse las vestiduras –como yo lo veo— sino para comprender lo que está significando en cuanto el sentido que tiene para el individuo plantearse si quiere ser lo que está establecido de antemano que tiene que ser o si él quiere escoger. Opino que el problema si reside en las vías de solución que la sociedad capitalista le ofrece a esa crisis de identidad, ya que evidentemente no constituyen una solución. Y de ahí ese problema que en la sociología se conoce como anomia, el del individuo que no sabe cómo definirse, que no se identifica con nada, que no está vinculado a nada, y el cual asume una actitud de nihilismo ante los valores tradicionales, porque esos valores ya están vacíos de significado para él. Y eso es lo que lleva precisamente a la desintegración social, eso es lo que lleva al desarrollo de las conductas marginales, y ya no sólo como un fenómeno exclusivo de sectores económicamente pobres.

En estos últimos meses la problemática de la identidad ha aflorado de manera dramática en el panorama internacional. Primero los disturbios callejeros que ocurrieron en Francia en noviembre, expresión de la inconformidad de una masa de millones de hijos de inmigrantes en ese país que tienen un problema muy serio no sólo laboral, sino también cultural, de identidad, porque no son aceptados como franceses por una buena parte de los demás franceses. Aunque sus padres hayan sido turcos o maghrebíes, ellos han nacido en Francia, pero no son sentidos como franceses por los franceses, y a ellos les cuesta trabajo sentirse como franceses. Y más recientemente, las grandes manifestaciones ocurridas en ciudades de EE UU contra el proyecto de ley que criminaliza a los inmigrantes, y en el que han tomado parte centenares de miles de hijos de inmigrantes, sobre todo de latinos, nacidos en los EE UU pero con un problema similar de identidad: ¿qué son? ¿Son mexicanos? ¿Son salvadoreños? ¿O son norteamericanos? Tienen problemas con su identidad, porque la identidad que “el otro” les quiere dar a ellos no les resulta adecuada. “El otro” es la Norteamérica anglosajona, que los ve como inferiores, y los identifica con rasgos y características (drogadicción, delincuencia, pereza física y mental, etc.) que por supuestos ellos rechazan como elementos de su identidad. Y el problema de la identidad trae aparejado esta otra cuestión también que no podemos olvidar nunca: no es sólo la cuestión de aquello con lo que yo me identifico, sino es también la cuestión de aquello con lo que los demás me identifican. Porque puede darse la circunstancia de que yo me identifico con algo, pero los demás me están identificando con otra cosa. Entonces, por ejemplo, si yo soy hijo de inmigrantes y los demás me identifican a mí como “el otro”, “el ajeno”, “el diferente” y “el inferior”, evidentemente esos no son los valores con los que yo me quiero identificar y los voy a rechazar. Pero siempre la mirada con la que yo me miro tiene un componente muy importante en los elementos de la mirada con la que el otro me mira.

Lo que quiero decir con esto es que el tema de la identidad no es importante sólo para los cubanos. Creo que hoy en día es un problema general que transita por muchos lugares, lo que no en todos los lugares, por supuesto, tiene la misma significación, no en todos los lugares se expresa de la misma manera. Lo digo porque el tema de la identidad en Cuba puede adquirir ribetes a veces bastante esquizofrénicos, pero eso no quiere decir que sea una cuestión exclusiva de nosotros. Lo específico es la forma en que se establece aquí.

Por lo tanto, si vamos a reflexionar sobre el tema de la identidad, comencemos entonces por la identidad nacional, la identidad cubana. Lo primero es comprender la dimensión histórico-social del tema de la identidad nacional, que es algo que también se olvida muchas veces. ¿Qué quiero decir con eso de la dimensión histórico-social? Quiero decir dos cosas: primero, la identidad es un proceso, con lo cual quiero decir que no está terminada nunca, que no es algo que se formó de una buena vez y quedó congelada en el tiempo, porque es el resultado de interacciones sociales complejas, históricas, que van cambiando; y de ahí el segundo momento: la identidad es una producción social, y como tal es resultado de la interacción de fuerzas, de intereses, que pueden ser divergentes e incluso antitéticos. Y es ese entrecruzamiento de fuerzas e intencionalidades sociales lo que produce el surgimiento, el desarrollo, la transformación de eso que podemos llamar identidad. Para decirlo en una terminología marxista que a mí me gusta mucho: la identidad es el resultado, también, de la lucha de clases. Y en el caso cubano yo lo veo clarísimo. Y si nos olvidamos de eso entonces no vamos a entender nada.

Lo digo porque a veces ‘lo cubano’ se piensa como algo que ya está ahí, dado de una vez y para siempre, fijado y rígido. Se asume ‘lo cubano’ como un cartabón, como un esquema, un molde, que se superpone a cualquier fenómeno social para encontrar la respuesta a lo que parece ser una sempiterna pregunta: “¿será eso cubano?”. Para que “eso” (un ritmo musical o una doctrina política o cualquier otra cosa) sea cubano, entonces tiene que caber dentro de ese molde. Si cupo es cubano y si no cupo no es cubano. Lo que nunca está claro, a ciencia cierta, es de que fecha data ese supuesto molde de “lo cubano”: tal vez sería la de 1868, que convencionalmente se coloca como fecha de nacimiento de la nacionalidad, por el alzamiento de La Demajagua el 10 de octubre de ese año. Daría entonces la impresión de que “lo cubano” ya estaba plenamente formado en esa fecha y, peor aún y sobre todo, acabado ya. “Lo cubano” sería así un conjunto de rasgos, tal vez cuatro u ocho, no se, que se pueden numerar, y que se utilizan como un patrón para definir “el carácter cubano”, “lo cubano en la música”, “lo cubano en la religión”, etc. A veces podemos apreciar una utilización del concepto de lo autóctono que podemos catalogar, si queremos ser suaves, como absurdo.

Quiero poner un ejemplo, relacionado con este auditorio que tengo, de personas que estudian religión y teología. Lo tengo escrito en un artículo que he publicado. Recuerdo en los primeros años del período especial, que en la TV estaban conversando dos personas. Una persona que, según el calificador de cargos, cobraba como periodista cultural, y otra persona que lo hacía – y todavía lo hace – como comentarista deportivo. Y en algún momento de la conversación algo se dijo sobre las religiones afro-cubanas. La persona que ostentaba el título de comentarista deportivo dijo que sobre ese tema conocía muy poco, lo que motivó la siguiente observación proveniente de la persona caracterizada como periodista cultural: “¡Ah!, pues lo tienes que estudiar porque esos son nuestros dioses”.

A mí me llamó tanto la atención eso, que, como dije, varios años después escribí un artículo retomando esta anécdota. Me interesó, en primer lugar, por lo que de excluyente tenía ese razonamiento. Si existen dioses “nuestros”, entonces los otros dioses no son “nuestros”, son “foráneos”, “ajenos” a nuestra identidad, a nuestra cubanía. Desde la lógica absurda – pero a la vez perversa – de ese razonamiento, podía clasificar cual sería la religión “nuestra”, “cubana”, en la cual se expresaría “nuestra identidad”, y cuales serían las religiones “extranjerizantes”, “ajenas a nuestra identidad” y que, por ende, no tendrían que gozar de ningún tipo de aceptación. Como escribí en aquel artículo, podía imaginarme la reacción de los cristianos, católicos o protestantes, al enterarse que de repente se habían convertido en creyentes de religiones “ajenas”. Pero en segundo lugar, porque aquel razonamiento se basaba en premisas totalmente falsas. Lo de ‘nuestros dioses’ es como lo de ‘nuestras plantas’. ¿Cuáles son ‘nuestras plantas’? Recordemos que plantas tan vinculadas a la imagen corriente y moliente y al uso de la cubanía como el café, el mango y la caña de azúcar no son nativas de este país. Todas fueron importadas. ¿Qué puede querer decir eso de ¡nuestros dioses’? ¿Cuál es el criterio objetivo a partir del cual puedo afirmar que Changó u Obatalá son más cubanos que Jesucristo o Jehová? Tanto unos como otros fueron traídos desde fuera de la isla, como casi todo lo que hay aquí. Como fueron traídos del extranjero los blancos, negros y chinos que conforman nuestra población. Incluso nuestro idioma español. Ni el cristianismo es autóctono de Cuba, como tampoco son originarios de esta isla el culto a Changó o Yemayá. ¿Cuál es el criterio objetivo para determinar lo que es “de nosotros”, lo cubano, y privilegiarlo por encima de otras cosas a las que podemos considerar como lo foráneo, lo extranjero, lo ajeno?

El argumento utilizado por aquella periodista, aparentemente muy de izquierda y muy revolucionaria, era esencialmente idéntico al utilizado por Jorge Mañach en su polémica con Rubén Martínez Villena. Mañach, para nada de izquierda, rechazaba la pertinencia del marxismo como ideología política en Cuba, con el argumento de que era una ideología foránea. Falaz resultaba el argumento, porque también el liberalismo es una doctrina política nacida en Europa.

¿Qué significación puede tener entonces para determinar el grado de cubanía de algo el hecho de que sea de origen foráneo?

Querer encasillar ‘lo cubano’ en fórmulas fijas y establecer lo que es ‘de aquí’ como una barrera contra lo que es ‘de allá’, contra lo que viene ‘de afuera’, es totalmente falso, porque todo lo que tenemos aquí vino ‘de allá’, de algún allá. Recordemos que uno de los más interesantes y fructíferos de nuestros  movimientos musicales del siglo XX, al que pertenecieron compositores muy cubanos como Portillo de la Luz y José Antonio Méndez, fue llamado por sus propios iniciadores con la palabra inglesa “feeling”, para indicar directamente la influencia de la música norteamericana sobre ellos. Sin abandonar el campo de la música, tenemos también el ejemplo de Benny Moré, que marcó un hito en la música cubana no sólo por sus cualidades vocales, sino por la utilización de los saxofones en su orquesta, utilizando el estilo de las jazz bands norteamericanas, lo cual a su vez había aprendido durante su estadía en México como integrante de la orquesta del también muy cubano músico Dámaso Pérez Prado, creador del muy cubano mambo, ritmo que se caracteriza –sin menoscabo de su cubanía– por la utilización de saxofones, trombones, etc., tomados de las jazz bands de los Estados Unidos.

Asumir la identidad nacional con criterios estrechos siempre ha sido utilizado con fines políticos específicos –y lo cultural, como lo religioso, lo económico, etc., siempre tiene una dimensión política– en un sentido de exclusión. Es una utilización nada ingenua, sino muy interesada. Por eso dije que el concepto de identidad nacional hay que entenderlo como el resultado de la posición que se tome en un momento histórico-concreto con respecto al entrecruzamiento de fuerzas, de intereses sociales, de luchas de clases. Siempre hay que destacar a un primer plano cual es la intencionalidad de ese concepto de identidad nacional, la finalidad para la que se quiere utilizar. Ese es uno de los peligros de querer entender ‘lo cubano’ como un resultado ya dado, y no como un proceso histórico en movimiento constante.

Por eso, como ya dije, es que una segunda cuestión a tener en cuenta es entender la identidad nacional como algo que no se ha detenido, como algo que continúa en constante evolución.

Esas son cuestiones que me parecen previas a cualquier reflexión, cuestiones que tenemos que tener en cuenta, que son principios, por decirlo de alguna manera, metodológicos, iniciales a la reflexión.

Fijémonos que el concepto de ‘lo cubano’ tiene varias derivaciones en nuestro lenguaje, ha dado lugar a varios conceptos que se utilizan muy a menudo en nuestro lenguaje coloquial, cotidiano. Encontramos el concepto de ‘la cubanidad’, término que se utilizó mucho en el vocabulario político de nuestro país. en la década de los cuarenta y los cincuenta del siglo XX. Recordemos al Partido Auténtico, que se presentaba como el partido de la cubanidad. Tenemos también el concepto de ‘cubanía’, que se utiliza con un sentido positivo, y no sólo en el marco de la política, sino de todas las esferas sociales. Pero tenemos también el concepto de ‘cubaneo’, que tiene una connotación negativa. Si por un lado la cubanía marca lo mejor de nuestra identidad nacional, el cubaneo marca lo peor: sería la constatación de una cierta tendencia a la desidia, al abandono, a la pereza, a la desorganización. Esto es interesante, porque talmente pareciera que esas características son propias de lo cubano, del carácter nacional. Como si el compadrazgo, el amiguismo, el clientelismo, la desidia, no fueran fenómenos presentes en todas partes, en todos los países del mundo. Pero para englobar todos esos rasgos negativos no decimos ‘el españoleo’ o ‘el alemaneo’, sino que creamos el concepto de ‘cubaneo’, como si fuera algo específico de nosotros, algo que llevamos por dentro.

Como vemos, el concepto de “lo cubano” y todos sus términos derivados se utilizan en ámbitos tan diferentes como el discurso político, la reflexión cultural, la indagación sobre la idiosincrasia, etc. Y encuentra su expresión también en el lenguaje popular, en forma de refranes y dichos, o de conceptos. Ya hablé sobre el concepto de ‘cubaneo’, que me parece bastante reaccionario. Podemos fijarnos en algunos dichos. Los dichos son interesantes porque expresan imágenes que existen en la mente de las personas pero a un nivel casi inconsciente, y eso torna la apropiación que hacemos de los mismos más intensa, y por ende con más consecuencias en el campo de la visión de nosotros mismos, y de nuestra autoestima. Consecuencias que pueden ser negativas. Por ejemplo, cuando usamos esa expresión acuñada de que “entre cubanos todo se arregla”. Es una expresión que no tiene nada de ingenua. Con ella se quiso decir que la condición de cubano es algo que está por encima de las ideologías políticas o los credos religiosos, y que las dificultades, los enfrentamientos, las guerras que hemos tenido se deben a la influencia extranjera. Con ello se quería negar la existencia de profundas y muy objetivas separaciones y diferencias de clases entre los cubanos, que hacían imposible el entendimiento entre el esclavo y el esclavista o entre el explotado y el explotador. Para no hablar de esa otra expresión, que reza que los cubanos nos caracterizamos por el hecho de que o no llegamos o nos pasamos. Se la han adjudicado a Máximo Gómez, y me parece que es algo totalmente injusto. Injusto con Gómez, que no la dijo, pero injusto también para los cubanos. Creo que la historia de nuestro país demuestra todo lo contrario. Es una expresión que encierra una idea totalmente falsa, pero que se encuentra sentada con toda propiedad en la silla turca de casi todos los cubanos. Es el resultado también de una intencionalidad política, de querer ocultar las verdaderas responsabilidades con lo que ha ocurrido en nuestra historia. Era natural que la utilizaran los sectores de derecha, anti-nacionalistas y pro-colonialistas o pro-imperialistas. Lo increíble es que la utilicen personas que dicen poseer una ideología de izquierda, e incluso revolucionaria. Hace algunos años alguien llegó a utilizar esa expresión para explicar por qué la agricultura cubana no podía abastecer al país de malanga, yuca, etc.

El tema de lo cubano, de la identidad nacional, es un elemento permanente de la reflexión de los cubanos desde el siglo XIX. Recordemos la famosa carta dirigida por José Antonio Saco a aquel personaje camagüeyano que utilizaba el seudónimo del Lugareño, y que se estudia en todas las escuelas primarias de nuestro país. Frente al entusiasmo del Lugareño por la anexión a los Estados Unidos, Saco expresaba su rechazo no tanto por consideraciones económicas o políticas, sino desde una reflexión vinculada a eso que podemos llamar la identidad nacional, diciéndole que no quisiera que Cuba dejara de ser cubana, exteriorizando su interés en la conservación de nuestra identidad, aunque sin utilizar ese concepto que todavía en esa época no estaba en boga.

Este tema de la identidad está hace más de un siglo y medio ocupando un lugar fundamental en la conciencia de los cubanos. ¿Por qué? Para encontrar una respuesta a esa pregunta, formulemos esta otra: ¿qué es lo que se vehiculiza a través de este tema? Tenemos que realizar una reflexión apoyándonos en el conocimiento de cuales han sido los elementos fundamentales que han intervenido en la formación del pueblo cubano. Una reflexión de carácter histórico. Una reflexión desde la historia como ciencia.

Para comenzar, no podemos olvidar el hecho de que Cuba fue una colonia durante cuatro siglos, una colonia que tuvo que luchar muy duro para poder alcanzar la independencia, y que después, inmediatamente, sin solución de continuidad, pasó a tener una relación de dependencia política muy fuerte con respecto a otra metrópolis, con respecto a los Estados Unidos. Para utilizar una frase de mi amigo Oscar Loyola, un historiador muy destacado,  “hemos tenido que hacernos cubanos a machetazo limpio”. Si los franceses un buen día se dieron cuenta que eran franceses, si los anamitas un buen día se dieron cuenta que eran anamitas, y fue mucho después que llegaron los franceses y los colonizaron, cuando ya ellos tenían una identidad cultural de dos mil años, con los cubanos fue muy diferente. Para ser cubanos hemos tenido que luchar muy duro, luchar a muerte contra otros, e incluso no sólo contra extranjeros (españoles o estadounidenses) sino contra otros cubanos. Esa lucha ya marcaba una diferencia, primero contra el español y después contra el estadounidense, que nos despreciaban, que intentaban crearnos una imagen de nosotros mismos negativa, y, por lo tanto, de imponernos una visión de nuestra identidad nacional de la que no pudiéramos enorgullecernos, y en la que si nos reconocíamos entonces no nos podíamos encontrar. Esto es importante: si nos reconocemos en ese concepto de nuestra identidad que nos han querido construir aquellos que nos dominaron, con todas esas imágenes falsas del ‘cubaneo’ y de que nos pasamos o no llegamos, etc., entonces simplemente no nos podemos encontrar.

En nuestra historia política, y en nuestra historia cultural, dos caras de un mismo proceso, hay una historia de una lucha muy fuerte, donde ‘lo cubano’ es el resultado de un enfrentamiento muy violento. Una lucha que se dirimió primero a machetazos y más tarde y durante bastante tiempo a tiros. Hay un artículo muy interesante de Raúl Roa donde él reflexiona sobre la Revolución del 30 y dice: la Revolución del 30 fracasó en muchas cosas porque no logramos quitarnos de arriba la dependencia política, no logramos alcanzar la independencia como tal, siguieron existiendo los gobiernos corrompidos, etc., pero la Revolución del 30 tuvo algo bueno: le permitió al pueblo cubano adquirir confianza en sí mismo. Nos demostró que somos capaces de derrocar una tiranía, de transformar una realidad política, de imponernos a circunstancias negativas que nos son dictadas, y eso es un resultado importante, y es un elemento importante a tener en cuenta en la historia.

¿Qué quiere decir que fuimos un país colonial? Tenemos que conocer lo específico de esa historia colonial nuestra, porque eso es importante. Esa colonización no fue simplemente la imposición sobre algo ya existente, sino que fue la destrucción de algo existente y el comienzo de algo nuevo. A diferencia de lo que ocurrió, por ejemplo en Mesoamérica, o en regiones como el Perú, como Bolivia, donde había una civilización ya creada, donde había una estructura ya creada, sobre las que vino un poder desde afuera a conquistar eso, aquí nosotros no podemos decir en puridad de concepto que los españoles “nos” colonizaron. Los españoles destruyeron lo que había aquí, lo destruyeron totalmente. De la cultura indígena nativa en Cuba ha quedado muy poco y comenzó a surgir junto con la colonización la construcción de ‘lo criollo’, y eso es un elemento a tener en cuenta que ya está marcando una especificidad, que Cuba comparte con algunos pueblos de América, pero no con todos. Hay un libro muy interesante de Darcy Ribeiro, titulado Las Américas y la Civilización, publicado por Casa de Las Américas en 1992, en el que ese autor brasileño hace una clasificación de los pueblos latinoamericanos y utiliza el concepto de “pueblos nuevos” para designar a pueblos como el cubano o el brasileño, que están formados por grupos humanos que vinieron o fueron traídos a este lado del Atlántico (europeos y africanos), pero en los que el componente indígena no es importante. Son pueblos que surgieron a partir de la colonización, que no tienen una raíz anterior precedente

Cuba es un pueblo muy nuevo, aquí nosotros no podemos referirnos hacia nada anterior a 1500, y casi todo lo que hay aquí es resultado de este proceso de colonización y de un proceso muy fuerte de inmigración, de otras culturas que vienen o son traídas y se encuentran en nuestra isla y aquí se mezclan. Y así, poco a poco, en esta isla se empieza a conformar otra realidad, una nueva realidad, sobre la base de mezclas e interrelaciones muy complejas. Por lo tanto, para comenzar a lograr una comprensión de lo cubano, tenemos que empezar entendiéndolo como el resultado de mezclas, de cruces. Es por ello que la utilización del concepto de “lo cubano” como una barrera a lo nuevo, a lo que viene de afuera y a lo diferente, sólo puede significar una desvirtuación del concepto de lo cubano. ‘Lo cubano’ no puede ser sinónimo de “lo originario”, porque ‘lo cubano’ es la forma específica en que se mezclan y se interrelacionan un grupo de elementos. Eso ha estado presente a lo largo de toda nuestra historia, incluso en forma personificada. Veamos el caso de figuras señeras de nuestra historia, símbolos de lo cubano, y veamos lo cercano que tienen su origen extranjero. Fidel Castro es hijo de un español. El padre y la madre de Camilo Cienfuegos eran españoles, igual que ocurre con José Martí. No olvidemos que el apellido materno de Antonio Guiteras es Holmes, pues su madre era estadounidense, y que pasó los primeros años de su vida en los EE.UU., con lo que aprendió a hablar inglés antes que español. Algo parecido a lo que ocurrió con Julio Antonio Mella, que al nacer fue bautizado como Nicanor MacPartland, hijo de un dominicano y una estadounidense, y que con muy pocos años se fue junto con su madre y su hermano menor a residir en New Orleáns, donde pasó varios años. O el caso de Alejo Carpentier, figura señera de nuestras letras, nacido de padre francés y madre rusa en Ginebra, y que a los tres años de edad es traído a La Habana. Todo el que ha oído alguna grabación de la voz de Carpentier se da cuenta de que habló francés antes que español. Otra importante figura de lo cubano en nuestras letras es José María Heredia, que no nació en Cuba, sino en Venezuela. Siendo un niño es traído a Cuba, y siendo muy joven, por sus trajines conspirativos, tiene que exiliarse y vive el resto de su vida en México. Es más el tiempo que Heredia vivió fuera de Cuba que en Cuba, y no por ello dejamos de considerarlo un símbolo de nuestra cultura. Podemos poner otro ejemplo inverso, el de Anaïs Nin, que si nació en La Habana, vivió aquí las dos primeras décadas de su vida, y siendo ya adulta se casó con un francés y se fue a vivir a Francia, y escribió su obra en francés. No la consideramos una figura de la cultura cubana. Y recordemos los casos de Máximo Gómez y Ernesto Che Guevara, que habiendo nacido en otros países y llegado al nuestro ya con bastantes años encima, están sin embargo indisolublemente ligados a nuestra historia.

Hay una idea que me parece esencial como punto de partida para entender a Cuba, a nuestra historia y nuestra cultura: Cuba ha sido siempre crucero y frontera.

¿Qué quiere decir frontera? Cuba está ubicada en un lugar donde ha estado siempre la frontera entre los imperios. El Caribe fue durante siglos una región de frontera entre los imperios holandés, español, francés e inglés, región de encuentros y conflictos que eran claves para el balance mundial de fuerzas. Posteriormente apareció el imperialismo norteamericano, y más recientemente fue frontera en un conflicto geopolítico muy fuerte entre Estados Unidos y la Unión Soviética. Pero además es crucero, y con ello se indica que Cuba está ubicada en un lugar que, por determinadas circunstancias geográficas, era punto obligado de parada de todo lo que de Europa venía hacia América y de todo lo que de América iba hacia Europa. La Habana fue durante siglos un sitio de encuentro y confluencia obligados. Y eso marca una diferencia con respecto a otros lugares de América Latina, más alejados del trasiego y cruce de personas y también de ideas, estilos, hábitos, etc. Ese carácter cosmopolita de La Habana necesariamente marcó nuestra identidad.

Este siempre fue un país de inmigración, y también de tránsito. Cuba fue un país donde hubo un desarrollo de las relaciones de producción capitalista mucho mayor que el que llegó a haber incluso en España, que era la metrópoli política. Y esto nos lleva también a un elemento importante a tener en cuenta, que es la relación que existe entre la identidad nacional y los procesos de desarrollo de la Modernidad en Cuba. Porque Cuba como país y como cultura es resultado de la Modernidad. ¿Qué significa esto? Por supuesto que no estoy hablando de este Archipiélago, como realidad física, sino de Cuba como realidad histórico-social. El surgimiento de Cuba como realidad histórico-social es el resultado precisamente de la expansión del capitalismo que lleva a que los europeos empiecen a buscar vías nuevas y lleguen aquí. Y durante los tres primeros siglos después del arribo de Colón, Cuba significa La Habana. Lo único importante de esta isla para España y para el resto de las naciones europeas es el puerto de La Habana. La bahía de La Habana está situada justo en el punto de arranque de esa cosa tan fabulosa que se llama Corriente del Golfo, que es la que permite que los barcos de aquella época, que no tenían una fuente autónoma de traslación y que dependían del viento y de la corriente, pudieran llegar lo más rápidamente posible a Europa. Y esto es lo que le da una importancia y una significación de primer orden a La Habana en esa época. El objetivo del ataque inglés en 1762 no era ocupar toda la isla, sino exclusivamente tomar La Habana. Y la corona española, que ha quedado en dominio del resto de la isla, sin embargo hace todos los esfuerzos e incluso cede toda la península de la Florida a cambio de que le devuelvan ese puerto. El resto de la isla de Cuba era algo sin mayor importancia ni estratégica ni económica, algo que estaba abandonado. Las villas del interior de la isla (Bayamo, Trinidad, Santiago) lograron tener debido a ello una cierta autonomía. Y así es como comienza a surgir eso que después se llamó “localismo”, que estuvo cimentado además por la falta de integración que existía entre las distintas regiones cubanas. La Habana está integrada al comercio mundial, está constantemente mirando hacia Europa, y no tiene nada que ver con Trinidad ni con Bayamo, de la misma manera que las distintas villas del interior no tenían mayores relaciones unas con otras. No existe un desarrollo económico que propicie la interacción entre las distintas regiones de la isla. Lo que existe sobre todo son economías de subsistencia, que no producen esencialmente para el comercio exterior.

Todo esto es importante para comprender como se va formando y como se va transformando el concepto de ‘lo cubano’, su significación. Algo que va a destacarse dramáticamente en la Guerra de los Diez Años. Fue imposible convencer a muchos mambises que fueran a luchar a otras regiones de la isla que no fueran su región natal. Eran patriotas que sentían muy dentro el concepto de ‘lo cubano’, que estaban dispuestos a dar hasta su vida por Cuba, pero que no estaban dispuestos a ir a luchar a Camagüey o a Las Villas. Su concepto de Cuba estaba muy delimitado regionalmente, y esa fue una de las principales debilidades que explican la derrota de 1878. Pero eso no concluyó ahí. Me permito recordar esta anécdota, ocurrida en el año 1895. La última guerra de independencia ya ha comenzado, y Máximo Gómez, que está en Oriente, se dirige a toda velocidad hacia la región de Camagüey, donde su presencia era imprescindible para asegurar allí también el alzamiento. Marcha acompañado de su escolta, compuesta por mambíses orientales, como es de suponer. Cuando van a cruzar el río -----, que marca la frontera geográfica entre Oriente y Camagüey, los orientales miembros de la escolta le comunican a Gómez que ellos lo acompañan hasta ahí, pero que no cruzan el río, y que él podía seguir sólo. Eso ocurre en 1895, no hace tanto tiempo. Todavía en esa época no se había producido la integración nacional, y el concepto de Cuba y de lo cubano que tenían muchos cubanos era muy estrecho.

El concepto de ‘lo cubano’ y de la identidad cubana ha transitado etapas, y esas etapas tienen que ver con los procesos sociales  que se dieron. Y uso la palabra social en su acepción más amplia. Y eso incluye los procesos económicos. La isla de Cuba carecía de integración socio-económica en los primeros siglos del colonialismo español, y la integración se fue logrando por etapas, en la medida en que se iba desarrollando la expansión de las relaciones sociales capitalistas. Los cubanos de una región no se movían hacia otras. No había razones que propiciaran esos movimientos. No había una unidad económica, y eso afectaba la unidad nacional y la percepción de esa unidad nacional.

La unidad nacional, el sentimiento de unidad e identidad de lo cubano, se daba sobre todo por el conflicto con “el otro”, con el opresor español, que nos identificaba a todos en su desprecio, pero no mucho más. Eso nos permite entender a aquellos individuos que estaban dispuestos a dar su vida por Cuba, pero para los cuales Cuba no traspasaba los límites de su región.

Un momento importante en el proceso de formación de la nacionalidad cubana es el que se va a dar en la segunda mitad del siglo XVIII con el desarrollo de la economía de plantación, que es un proceso muy importante, cuyas consecuencias han sido estudiadas por varios historiadores cubanos. Puedo citar tres: El Ingenio, de Manuel Moreno Fraginals; Cuba y su Historia, obra colectiva de Oscar Loyola, Francisca López Civeira y Arnaldo Silva; y el tomo I de la Historia de Cuba redactado por Oscar Loyola y Eduardo Torres-Cuevas. Todos ellos hacen referencia a lo que significó el desarrollo de esa economía de plantación para el desarrollo de la nacionalidad cubana. Yo no voy a insistir mucho en eso porque no tengo tiempo, porque aunque algunos historiadores lo han destacado mucho creo que todavía no hay una conciencia colectiva de la importancia que tuvo el desarrollo de la economía de plantación en la segunda mitad del siglo XVIII y el surgimiento de una “plantocracia”, es decir, un grupo social vinculado a la economía de plantación que cultivaba café o cultivaba caña, que producía café o producía azúcar para exportarlo al mercado mundial, y que tenía un pie en Cuba y el otro pie en Estados Unidos, y que tenía un potencial económico tan fuerte que le permitía enfrentarse de tú a tú con la corona española. Ello explica la posición específica que asumió la plantocracia cubana con respecto a las élites criollas de otras colonias españolas a raíz de la invasión napoleónica, y que hizo que, a diferencia de aquellas, no estuviera para nada interesada en lograr la independencia de la corona.

Esa primera etapa de desarrollo de la economía de plantación comienza a marcar una diferencia muy fuerte entre el occidente y el oriente de la isla. El occidente comienza a integrarse y adquiere características muy diferentes al Oriente. Se desarrollan procesos muy importantes, que tienen que ver incluso con la población. Invito a todos a que se lean un libro maravilloso, escrito ya hace bastante tiempo, Azúcar y población en las Antillas, de Ramiro Guerra, que nos permite entender por qué Cuba puede ser tan diferente a Jamaica, aunque lo que nos está separando sean apenas unos kilómetros. Aunque Jamaica sea también una isla donde hubo una fuerte inmigración africana, aunque hubo esclavitud, sin embargo Jamaica y Cuba son países muy diferentes.

Un segundo momento muy importante para el desarrollo de la nacionalidad cubana lo va a constituir la segunda etapa de consolidación de la economía de plantación, con la llegada masiva del capital norteamericano y la construcción de los grandes centrales azucareros yanquis en Camagüey y Oriente y las grandes plantaciones cañeras en esas regiones. Ahora ya toda la isla está integrada al mercado mundial, y las relaciones sociales capitalistas se han expandido por todo el territorio nacional, aunque por supuesto con una intensidad diferente. Es ahora cuando por primera vez se va a producir la integración económica del país y la integración social del país. Y fíjense que estoy hablando de las primeras décadas del siglo XX, algo no tan lejano en el tiempo.

Es en esa época que aparecen un conjunto de fenómenos que marcan la identidad nacional. Es cuando aparece la Virgen de la Caridad del Cobre como patrona de todos los cubanos, pues anteriormente los cubanos de cada región tenían su patrona. Aparece el son como música nacional. No olvidemos que el son nació como resultado de los primeros procesos reales de movimientos migratorios en el interior del país. Muchas personas del occidente se trasladan a trabajar en los nuevos centrales y las nuevas plantaciones cañeras. Se trata sobre todo de mano de obra calificada, con experiencia en la agro-industria azucarera, que no se encontraba entre la población nativa de Camagüey y Oriente: maestros de azúcar, maquinistas de ferrocarriles, telegrafistas, ingenieros, personal de administración, etc. Pero además, y también por primera vez, muchos orientales se trasladan a trabajar y vivir en la región occidental. Sobre todo porque se crea algo que se llamó Ejército Nacional, y muchísimos orientales entran en el Ejército Nacional y son ubicados en La Habana, y son esos orientales los que traen esa música a La Habana. Algo de eso es lo que se está expresando en el más emblemático de todos los sones, que tiene una letra aparentemente enigmática que dice así: “son de la loma y cantan en el llano”. El propio Matamoros explicó alguna vez que con esa canción quiso terciar en una discusión de la época acerca del origen del son, y dar su opinión de que el son nació en Oriente, aunque los soneros orientales cantaran en La Habana. Si no se hubieran producido esos procesos de migración no hubiera surgido el son.

Creo que todos estos elementos son necesarios para rechazar los intentos de entender ‘lo cubano’ como un conjunto de rasgos fijos y detenidos en el tiempo, que tienen que tener todo lo que sea cubano. Para decirlo más directamente: ni Maceo ni Martí bailaron el son, porque ni siquiera sabían lo que era.  Fijar un concepto de la cubanía en determinados rasgos específicos es algo que tenemos que rechazar, y algo que siempre tiene que despertarnos sospechas.

Todos estos procesos migratorios internos, tan importantes para el desarrollo de nuestra identidad, estuvieron vinculados con procesos de inmigración de grandes masas humanas provenientes del exterior. Porque hay que recordar que Cuba es el resultado de la mezcla esencialmente de españoles y africanos, y eso dicho así parece muy simple, pero no lo es. Evidentemente ‘lo español’ no es algo en singular, ‘lo español’ es lo valenciano, es lo catalán, es lo asturiano, es lo andaluz, es lo gallego, son culturas interrelacionadas pero distintas; ‘lo africano’ es lo carabalí, lo congo, lo yoruba, etc., pero además la inmigración es también el resultado no sólo de españoles y africanos sino de muchos europeos que también se asentaron aquí. La llegada de inmigrantes en cantidades relativamente grandes con respecto a la población del país va a ser una constante que va a durar hasta 1939, cuando la Guerra Civil Española y el inicio de la II Guerra Mundial van a hacer que ese flujo se debilite. Puedo dar un dato: en 1902, al inicio de la República, Cuba apenas llegaba a los dos millones de habitantes; en 1940 su población llega ya a los cuatro millones. En cuarenta años la población ha crecido el doble, o un poco más. En ese mismo período de tiempo ha llegado a Cuba un millón de inmigrantes, en su gran mayoría españoles. Casi la mitad del crecimiento demográfico tiene que ver con esa oleada inmigratoria.

Por supuesto que eso tuvo y todavía tiene consecuencias en la conformación de nuestra identidad. Era posible que en un momento dado, en un lugar de Cuba, en un pueblo o una ciudad, hubiera más extranjeros que cubanos. Cuando en 1925 se funda el Partido Comunista, uno de los temas a discutir fue si el partido debía llamarse Partido Comunista de Cuba o Partido Comunista Cubano. No era una discusión baladí, pues si se le bautizaba como “de Cuba” entonces tenían que quedar fuera muchos luchadores comunistas, residentes en Cuba, que eran españoles y no cubanos. Lo mismo ocurría en el movimiento sindical: los sindicatos no podían titularse “Cubanos”, sino “de Cuba”, para no construirse sobre una base chovinista, que dividiera al movimiento obrero, en un momento en que una gran proporción de obreros eran extranjeros, sobre todo españoles. Fueron los inmigrantes españoles de ideas anarquistas los primeros que introdujeron las ideas socialistas en Cuba y las luchas por la organización de la clase obrera en sindicatos. No olvidemos que la primera persona que fue designada como Secretario General del naciente Partido Comunista de Cuba fue un español. Y lo importante es que sólo los círculos reaccionarios en el país rechazaron esto. Dentro del pensamiento progresista, primero el independentista y después el socialista, no haber nacido en Cuba no era un obstáculo para tener derecho a ocupar un lugar de dirección en las luchas a favor del país.

Es preciso tener en cuenta las características complejas de los movimientos inmigratorios hacia Cuba en cada etapa histórica concreta. En el caso de los negros esclavos, por ejemplo. Cuando estalla la Guerra de los Diez Años existe la institución de la esclavitud en toda Cuba. Pero la esclavitud en la región occidental tiene características específicas con respecto a la región oriental. En el occidente se encuentran las grandes plantaciones, y los esclavos que en ellas trabajaban eran en su mayoría nacidos en África. Pero los esclavos domésticos tenían otra característica cultural, pues eran nacidos en Cuba, hablaban el idioma, etc. La esclavitud en el occidente de la Isla y la esclavitud en el oriente tuvieron sus diferencias. ¿Qué significaba “negro esclavo” en un momento determinado, en el sentido de potencialidad social? Porque no es lo mismo el negro esclavo situado en las plantaciones azucareras o cafetaleras del occidente del país, que mayoritariamente era un negro no nacido en Cuba, capturado o cazado en África, traído aquí y que no hablaba español, a un esclavo en la región oriental del país, donde la esclavitud era de otro tipo y donde había un nivel de explotación mucho menor, y donde los esclavos si ya son nacidos en el país. No es lo mismo un negro esclavo del central Triunvirato en 1860 que un negro esclavo del ingenio La Demajagua de Carlos Manuel de Céspedes.

Esto también nos permite comprender un gran problema que tuvo que afrontar la República recién constituida en 1902: bien, ya somos república, pero… ¿quiénes son los ciudadanos cubanos? Tremenda pregunta en un país donde en ese momento había una gran cantidad de inmigrantes españoles. ¿Qué se hacía con esos inmigrantes asentados en la Isla, casados con cubanas y con hijos cubanos muchos de ellos? ¿Se les negaba la ciudadanía cubana y los derechos políticos? Se tomó una solución extraordinaria, que a mi en lo personal me llena de orgullo.

¿Qué vamos a hacer? ¿Le vamos a negar a todo el que no ha nacido en Cuba el derecho de ciudadanía? Entonces se tomó una solución que hay que calificar de extraordinaria, que a mí realmente me llena de orgullo cuando pienso en la historia de mi país. Se decidió que todos los extranjeros que vivían en Cuba en ese momento escogieran si querían acogerse a la ciudadanía cubana o mantener su anterior ciudadanía. Sin criterios de exclusión étnica, sin chovinismos ni fundamentalismos étnicos. Algo de lo que muchos países no pueden enorgullecerse.

Resumamos entonces. En primer lugar, la necesidad de entender la identidad como un proceso en desarrollo constante. No es lo mismo la identidad nacional cubana en 1878, que en 1902, que en 1959, que en el 2006, entre otras cosas porque en los últimos cuarenta y cinco años se ha añadido un elemento nuevo: Cuba ha dejado de ser un país de inmigrantes y se ha convertido en un país de emigrantes. Según algunas fuentes, aproximadamente el 16% de la población cubana vive fuera del país. O sea, ¿hasta dónde ‘lo cubano’ es sólo lo que se hace en Cuba? ¿Hasta dónde ‘lo cubano’ puede ser también algo que hacen los cubanos que viven fuera de Cuba? No creo que nadie pueda asegurar que el potencial emigratorio de nuestro país se ha agotado, y lo que si podemos esperar es que esos procesos emigratorios van a continuar y con cierta fuerza. Y el tema de la identidad nacional tiene que ver también con este fenómeno. Si entendemos la cuestión de la identidad a partir de un criterio fijo, rígido, no vamos a comprender lo complejo de este tema emigratorio ni las urgencias que lo acompañan. Hoy día el tema de la identidad nacional tiene que ver con esto también, con la presencia de una masa de emigrantes muy grande y de una constante tendencia emigratoria. Además, la presencia de una buena parte de esa masa migratoria en un país como Estados Unidos, cuyo gobierno desde hace casi doscientos años ha representado un peligro constante para nuestra nacionalidad.

La presencia de una gran masa poblacional de origen cubano en los EE.UU. está vinculado a otro problema: la nación estadounidense no es sólo el asiento de un gobierno y de intereses fuertemente hostiles a nuestra nación y nuestra nacionalidad, sino que también allí se encuentra la industria cultural de masas más fuerte del planeta. Si la cultura estadounidense ha sido siempre, desde hace siglos, un importante factor de hibridación y desarrollo de nuestra cultura, la industria cultural estadounidense constituye el principal peligro a escala mundial para el mantenimiento de la independencia cultural de todos los pueblos, por el extraordinario potencial de empobrecimiento, estandarización y comercialización que tiene sobre cualquier producción cultural. En Estados Unidos se produce también un arte y una cultura, e incluso una identidad, que se quiere hacer pasar como cubana, y que tiene recursos económicos para intentar imponerse como la verdaderamente cubana, aunque no lo sea. Añádase a esto la terrible fuerza destructiva de las identidades que tiene esa industria cultural. En Estados Unidos viven millones de personas de origen en los distintos pueblos y países de América Latina. La industria cultural de masas estadounidense intenta aplastar todo lo que hay de específico en la cultura mexicana, salvadoreña, dominicana, cubana, etc., y ha creado ese bodrio que es “lo latino” o “lo hispano”, donde lo mismo cabe la música caribeña que el baile flamenco. Tras la imagen de “lo latino” se borran las identidades nacionales de esos millones de inmigrantes de Nuestra América, o sus descendientes, y se produce artificialmente un pastiche sin contenido ninguno. Lo latino lo mismo puede ser la poesía de José Martí que una figura tan vacía como Jennifer López.  Eso de “lo latino” es un modelo de identidad construido desde los intereses de la mercantilización y la uniformización cultural.

De ahí la segunda idea que ya apuntaba anteriormente y ahora retomo: la identidad nacional es una producción social. El imperio nos intenta destruir no sólo destruyendo nuestra identidad cultural, sino también sustituyéndola con otro modelo fabricado por ellos. Todo esto está presentando un problema ante la identidad nacional que nosotros no podemos afrontar con modelos excluyentes ni congelados ni ahistóricos.

La identidad nacional es una producción social. La pregunta es: ¿desde dónde, por quiénes y para qué se construye esa identidad nacional? Es una magnífica pregunta, que casi nunca nos hacemos.

Hagamos un experimento muy simple: tomemos un grupo de cubanos y preguntémosle los rasgos que definen a los cubanos. Las respuestas son bastante uniformes: los cubanos somos bailadores, alegres, muy buenos sexualmente, tenemos tremenda simpatía, siempre nos estamos riendo, somos inconstantes, somos vagos, entonces viene la famosa frase “o no llegamos o nos pasamos”. ¿De dónde salió esa idea?, ¿quiénes son los que nos han construido esa imagen? Hay un artículo de Alfredo Guevara muy interesante, donde explica por qué siempre ha rechazado la representación típica en el teatro vernáculo del negrito y el gallego como elemento de nuestra identidad nacional. El negrito es representado como pícaro, sinvergüenza y vago. El gallego es tonto y además no se baña. Como señala Guevara, si esos son los elementos constituyentes de nuestra identidad cultural, el resultado solo puede ser lamentable. Cuando ridiculizamos al negrito y al gallego nos estamos ridiculizando nosotros mismos. Coincido totalmente con ese criterio de Alfredo Guevara.

Por eso decía al principio de esta intervención que el problema no es sólo cómo nos vemos sino cómo nos ven y cómo desde fuera nos imponen una imagen. Una imagen, además, que tiene expresión en productos culturales consumidos por nosotros mismos. Un día nos explican desde el extranjero que la imagen de identificación de La Habana es la de una aglomeración de casas viejas destruidas, que se caen, automóviles norteamericanos viejos y mulatas que menean las caderas y se pasan el día entero bailando: eso es La Habana. La Habana dejó de ser una ciudad símbolo de rebeldía, una ciudad con una extraordinaria riqueza arquitectónica, una ciudad donde viven millones de personas que no sólo bailan (como por cierto hacen todas las personas de todas partes del mundo), sino que también trabajan, sufren, luchan, construyen, etc. Pues resulta ser que un día nos enteramos que La Habana es todo lo otro, y consumimos esa imagen con una alegría tan grande, que ya no hace falta que venga un europeo a hacer un video clip aquí con esas características, sino que ya nosotros mismos nos hacemos el video clip con casas cayéndose, con mulatas meneándose y con automóviles norteamericanos viejos, porque al parecer con eso se agota la cubanidad. Nos presentan lo cubano como el jineteo. Ese parece ser el símbolo de ‘lo cubano’. Lo terrible no es que nos lo quieran imponer, lo terrible es como aceptamos que nos lo impongan.

Un tercer elemento que destaqué: ‘lo cubano’ es el resultado de un entrecruzamiento, de una mezcla, que además no se ha detenido. Ahora bien, ¿cuál es el patrón dentro del que esa mezcla se dio? ¿Cuál es el patrón dentro del que esa mezcla se ha cocinado, el molde? Ese molde, en primer lugar, es occidental. Con todos los elementos provenientes de África e incluso de China, la cultura cubana es occidental. No hay ninguna contradicción en ser marxista y militante del partido comunista, como soy yo, y afirmar el carácter occidental de la cultura cubana. Porque muchas veces, en forma muy unilateral y totalmente equivocada, se ha identificado “lo occidental” con el capitalismo. Y eso es un error. El patrón cultural dentro del que se produjo esta mezcla es el patrón cultural occidental.

Cuarta idea que quiero resaltar: la identidad nacional tiene que ver con la Modernidad, con el desarrollo de la Modernidad, con las contradicciones de la Modernidad. Yo no me puedo detener mucho tampoco en este tema, pero quiero destacar una cuestión. Los independentistas cubanos crearon una profusa literatura para explicar ante la opinión pública mundial y cubana por qué queríamos la independencia, para legitimar nuestra aspiración a separarnos de España y constituirnos en una nación independiente. Esto tal vez ahora no se entiende muy bien, por qué había que justificar algo que nos parece hoy tan evidente. Pero hay que tener en cuenta que los representantes de los intereses de la colonia, tanto personajes españoles como cubanos, acudían a argumentos no sólo políticos o económicos, sino también culturales o civilizatorios para intentar descalificar el proyecto independentista. Argüían así: Cuba y España tienen el mismo idioma, la misma religión, la misma cultura, ¿por qué entonces el esfuerzo separatista? Y un argumento importante de nuestros patriotas era que independizarse de España significaba eliminar todos aquellos obstáculos que impedían la modernización del país: el Estado confesional, el predominio de una Iglesia obscurantista, la carencia de libertades, la burocracia corrupta e ineficiente, etc. España es presentada como un freno al desarrollo del país, porque España significaba la imposibilidad de la modernización del país. España significa el Estado confesional, España significaba el atraso.

(Del público: “Ese es el argumento Protestante”). Pero no es sólo de los Protestantes. Se podía ser muy católico en Cuba y estar decidido a romper el lazo con España porque era lo que impedía que el país se modernizara, lo que impedía que existiera la educación libre, la libertad de conciencia, los derechos políticos, etc. Es decir, la cubanía, la cubanidad, la defensa de la identidad nacional desde los inicios del esfuerzo independentista, tuvo que ver con un conjunto de conceptos esencialmente vinculados con el desarrollo libre y multilateral del individuo. Es decir, que a diferencia de muchos otros países colonizados, la utilización del concepto de lo cubano, la defensa de nuestra identidad, no se afincaba en fundamentalismos étnicos o culturales, sino en la necesidad de propiciar el desarrollo del individuo. Eso ya está marcando algo bastante específico de nuestro país.

Esto tiene una consecuencia importante para un problema que voy a presentar ahora: el problema de buscar criterios objetivos para poder definir qué es ‘lo cubano’. Lo cubano en la música, en la política, en la religión, etc. Ya hemos visto cuales no pueden ser esos criterios. Y hemos visto la necesidad de desechar esos criterios al uso pero de no abandonar el problema, ante los retos muy específicos que en estos momentos afronta nuestro país, nuestro pueblo, nuestra cultura, nuestra identidad nacional.

Recuerdo  ahora la discusión de una tesis para alcanzar el diploma de licenciado en el Instituto Superior de Estudios Bíblicos y Teológicos, en La Habana, donde surgió como un tema colateral (no era el tema central de la tesis) la pertinencia o no de utilizar bongóes, tumbadoras, maracas, etc., en la celebración del culto religioso.  Frente a los que consideraban que eso era inadmisible, aquella persona afirmaba que era lícito, porque se trataba de instrumentos musicales “cubanos” y que eso “cubanizaba” el servicio religioso. Para mi el concepto de ‘lo cubano’ ahí está muy mal utilizado: la tumbadora es tan cubana como el violín; el violín vino de Europa y la tumbadora vino de África.

Si me interesa este ejemplo es porque abre a otros temas importantes. Mañach descalificó al marxismo porque lo consideró una teoría política “exótica”, “foránea”. Algunos pueden descalificar o legitimar la utilización de unos u otros instrumentos musicales o de algún ritmo musical por considerarlo “realmente cubano” o “extranjero”. En Cuba ya existen cubanos que profesan la religión musulmana. ¿Tenemos derecho a descalificar la religión musulmana y a los musulmanes cubanos por considerarla extranjera, ajena a nuestras raíces? Alguna vez anatemizamos a los músicos cubanos que hacían Rock por considerarlo algo ajeno a nuestra identidad nacional. ¿Alguna religión es superior a las otras porque en esa sí se expresa nuestra identidad y en otras no? ¿O alguna música o ideología política?

El concepto de ‘lo cubano’ es un concepto necesariamente incluyente y excluyente. Ambas cosas y a la vez. Y hay que conocer esa dialéctica y saberla manejar adecuadamente. Si fuera sólo un concepto incluyente, si apoyándonos en el carácter híbrido  y abierto de nuestra cultura y nuestra identidad pensáramos que en ella cabe todo, venga de donde venga, entonces en primer lugar el concepto de “lo cubano” perdería toda utilidad, y nos quedaríamos indefensos frente a los embates del enemigo. Si fuera sólo un concepto excluyente, anclado en el fundamentalismo, el resultado sería el mismo, pues no tendríamos un basamento adecuado para afrontar los retos del presente y del futuro, las preguntas nuevas que constantemente surgen y van a seguir surgiendo.

Como ocurre con otros muchos conceptos, el de ‘lo cubano’ tiene que expresar esa dialéctica de la inclusión y la exclusión. Incluir todo aquello que permita nuestro crecimiento como pueblo, nuestro crecimiento espiritual, el desarrollo multilateral del individuo, y excluir todo aquello que lo impida. Recordemos el argumento de nuestros mambises: luchamos por nuestra libertad porque ella significa el desarrollo de nuestra espiritualidad. Luchamos contra España no por el mero prurito de tener una bandera, como después luchamos contra Estados Unidos no por una cuestión de tener meramente una preferencia política. Luchamos contra el colonialismo español o contra el imperialismo de los Estados Unidos porque lo que estamos expresando con ello es el deseo de establecer un sistema de relaciones sociales que permita el desarrollo de la personalidad del individuo, de esa libre individualidad, de esa libre espiritualidad del ser humano.

 

(Fin de la primera parte)

 

Preguntas y Respuestas

José Luis Acanda

 

 

Pregunta: La gente vieja de Cuba que llega a Miami llora muchas veces por regresar. ¿Hasta qué punto esto es todavía cubanía? Allí en Miami se han creado regiones de la ciudad que tienen el nombre de La Habana Vieja y todo eso, la gente joven que ha nacido allí ni le hable de regresar a Cuba, pero ellos sueñan con Cuba, y aquí viene el problema que yo planteo: por qué cuando me encuentro a muchos de estos cubanos allá en Ohio, en Kentucky, en California, me dicen: ¿usted regresa para Cuba? Algunos hacen un respingo y hasta uno de ellos me dejó de hablar. Pero, cuando uno les dice por qué ustedes no se mudan para Miami, y esta es mi pregunta, ¿hay cubanía en esto? ¿Por qué no se mudan para Miami? Y dicen: Oh, no. no. no, yo no puedo soportar ese ‘cubaneo’. Usted usó esa palabra, el ‘cubaneo’ para ellos es ese hablar de Cuba y no encontrar nada de Cuba que sirva. Esta es mi primera pregunta: ¿hasta qué punto esa gente mantiene el sentido de ‘lo cubano’?, pero dicen: no quiero estar en Miami para evitar el cubaneo. ¿Implica esto todavía cubanidad?

La segunda es esta… Si usted sabe cómo se decidió que el baile nacional es el danzón y no es el son. Yo mismo me siento muy cubano cuando bailo el son, sin embargo, hay un reparo, hay un rechazo en nuestra juventud a bailar el danzón, prefieren el son. Mi pregunta es: ¿cómo se escogió que el danzón fuera nuestra danza nacional?

Respuesta: Cuando un cubano en el extranjero piensa en Cuba y extraña a Cuba, ¿cuál Cuba es la que extraña? ¿A qué Cuba es a la que se siente atado? No tenemos que irnos a Miami, eso también pasa entre nosotros, los cubanos que estamos aquí en Cuba. Aquí hay quien añora la Cuba de 1958, la del vicio y el juego, la época en que La Habana se conocía como “el París del Caribe” por su intensa vida nocturna, que también era La Habana en la que la policía de Batista asesinaba a nuestra juventud. Tenemos los que añoran la Cuba de los años 60, y quisieran regresar a esa época, y hay quien añora la Cuba de 1975. Son tres Cubas muy distintas. Los nostálgicos de 1975 quisieran que regresáramos a esa época, en la que todavía existía la Unión Soviética y el CAME y existía un modelo de socialismo para seguir y copiar, no había relaciones de mercado, no había turistas ni shoppings, no había parientes en el extranjero enviando remesas, no había iglesias molestando ni religiosos dando vueltas, etc. Para esos nostálgicos esa Cuba era una maravilla, así como para los otros la que era una maravilla era la Cuba de 1958, aunque por razones distintas. Se da el caso curioso que Miami es el lugar más cubano de Estados Unidos (de hecho Miami es el lugar más cubano fuera de Cuba) pero muchos cubanos no quieren vivir allí. Yo creo que la razón está en la Cuba que se ha construido en esa ciudad. La Cuba amada y representada por aquellos sectores anti-nacionales ligados al imperialismo norteamericano, y que concentra lo peor de nuestras características, de nuestra sociedad y nuestra historia. Y lo terriblemente llamativo es como siguen llegando a Miami muchos cubanos nacidos y criados en nuestro país que rápidamente, por el afán de ganar dinero, sintonizan con el lenguaje y las añoranzas de esa Cuba que nunca conocieron y comienzan a hablar y a pensar como los que se fueron de Cuba en el 59. ¿Acaso la Cuba que extrañan esas personas en Miami es la Cuba de los negros en la Universidad, en la televisión, etc.? Una vez conversando con un grupo de estudiantes descubrí que ellos pensaban que el cuerpo de baile de Tropicana siempre estuvo compuesto por mulatas. No sabían que en la Cuba de los años 50 las bailarinas de Tropicana eran blancas, que las rumberas del cine y la televisión eran mujeres blancas, y vamos a recordar los nombres de Blanquita Amaro y otras. Las rumberas cubanas que importaba el cine mexicano eran mujeres blancas, no mulatas ni negras. Era una Cuba que excluía al negro. Por eso digo que el concepto de “lo cubano” está atravesado todo el tiempo por la lucha de clases. ¿Cuál Cuba es la que se añora? Recordemos que el primer político que utilizó el concepto de “la cubanidad” fue precisamente Ramón Grau San Martín, el ejemplo perfecto de lo que podía ser un político desvergonzado, manipulador, ladrón, corrupto, etc. Puedo imaginarme que para muchos cubanos que llegan a Miami esa Cuba congelada en el año 58 le tiene que resultar una cosa terrible, la Cuba del chanchullo, de los políticos ladrones, la Cuba de la nostalgia, pero de la nostalgia de determinados elementos de Cuba, no de la nostalgia de lo cubano en su integralidad. Por eso esos grupos entreguistas pueden ser tan excluyentes en su concepto de ‘lo cubano’, como – para citar un ejemplo – rechazar que Juan Formell y su orquesta toquen allí. Eso es hasta donde yo puedo aventurarme a dar una respuesta a su primera pregunta.

Con respecto a la segunda, quién decidió que el baile nacional es el danzón, eso es una buena pregunta. Podemos preguntarnos lo siguiente: ¿quién decidió que Carlos Manuel de Céspedes fuera el Padre de la Patria? Esas son decisiones que no hay ninguna institución, oficial o no, capacitada para tomarlas. Son decisiones colectivas, que se van tomando y forjando con el paso del tiempo.

¿Quién decidió si el son es el baile nacional o el danzón? No lo sé, ni sé quien puede tener potestad para eso. Nadie puede tener potestad para eso. Ahora, ocurre que la cultura cubana no se desarrolla fuera del contexto mundial, que es el contexto de la cultura capitalista mundial, y la cultura capitalista mundial lo que hace constantemente es tomar todos los productos culturales, reciclarlos, transformarlos, banalizarlos, mercantilizarlos y venderlos. Y eso también afecta a la cultura cubana. Si se es cubano y se quiere escribir una novela sobre la Cuba de hoy, si quiere ganar dinero con ella entonces los personajes centrales tienen que ser santeros, jineteras, etc, vivir en una cuartería situada en La Habana Vieja, y la novela tiene que tener mucho sexo. Si escribe otra cosa le va a costar mucho trabajo que le publiquen su novela en el extranjero. La música también tiene un mercado construido desde determinados intereses que controlan y monopolizan la difusión de la música, y han establecido sus códigos para la música salsa, y eso presiona a los músicos cubanos. Va a ser mucho más fácil hacer dinero si la música que se hace entra por esos canales y reproduce esos códigos. Recordemos que en los años 70 y 80 los músicos cubanos residentes en Cuba rechazaban por completo el concepto de “salsa” para designar lo que hacían. Aquí de lo que se hablaba era del son. Después en los 90 irrumpen las relaciones de mercado en muchas esferas de nuestra vida social, y si la música cubana que se hace en Cuba no reproduce los códigos de esa salsa no es consumida en los EE.UU. ni en Europa. Allí es donde está el dinero, porque los que bailan en el Salón Rosado, los que viven y bailan en el barrio de Los Hoyos o de Cayo Hueso no tienen dinero, y por lo tanto no le importan al mercado. Hay que lograr que esa música la bailen al menos los europeos, porque el mercado de los EE.UU. está cerrado por la cuestión del bloqueo. Entonces hay que reproducir los códigos a los que está acostumbrado el oyente y el bailador europeo. Recuerdo que hace algunos años algunos músicos populares cubanos, con Formell a la cabeza, desarrollaron un ritmo al que llamaron “Timba”, y después vi algún programa de la TV cubana donde reconocieron que en Europa no podían tocar Timba porque “la Timba es muy dura”. Esa fue la expresión que utilizaron. Por supuesto, muy dura para el oído de los europeos, que no la pueden asimilar como si la asimilan los bailadores cubanos. Tal vez esa sea una de las razones que nos explica por qué tanto músico cubano hace eso que se llama “fusión”. Los dictados del mercado capitalista de la cultura van transformando y refuncionalizando todo. Existe una especie de turista que viene a Cuba, que sólo tiene diez días de vacaciones en el año, que ha trabajado todo el año muy duramente, viene a pasarse unos días en Cuba para quitarse de arriba todas las presiones y todas las inhibiciones que lo atormentan a diario en su país. Quiere divertirse, tener sexo, etc. No le interesa oír a un grupo musical cubano tan bueno como Ars Longa, que no por hacer música medieval sacra deja de ser un grupo musical cubano. Lo que quiere es asistir a un lugar como era el Palacio de la Salsa a excitarse viendo a muchas mulatas menear desesperadamente las caderas. De ahí una presión muy fuerte de esos códigos mercantiles para que toda la música bailable cubana lleve meneo de caderas y de nalgas. Como decía anteriormente, ser cubano ha significado siempre lucha, y es una lucha cultural también. El problema no es que la música cubana se desarrolle, se hibride con ritmos provenientes de otras latitudes. No podemos esperar que los jóvenes sigan bailando danzón como hace un siglo. Pero de lo que si tenemos que estar vigilantes es que esa hibridación sea resultado de procesos que tienen que ver con las dinámicas internas de la cultura, y no de los procesos de mercantilización de la cultura. Ahí es donde está el problema. Si el reggaeton ha provocado preocupación entre ciertas personas en Cuba no es porque sea una forma nueva de hacer música cubana, es porque es un bodrio, un pastiche mercantilizado, que se utiliza para vender. Hay un pueblo en México, que se llama Tlaxcala, y allí los domingos la gente va a bailar danzón al Parque Central. Cualquiera pudiera exclamar “¡qué cubano!” Esos mexicanos tlaxcaltecos se asombrarían de pensar que están haciendo algo cubano. Podemos entonces preguntarnos: ¿el danzón es cubano o es mexicano? Porque tal vez en México le prestan más atención que en Cuba. (Del público alguien dice: las habaneras) Otro ejemplo son las habaneras, que son de Islas Canarias y expresan la interacción de Cuba y aquellas islas, el movimiento de personas que van de allá para acá y viceversa. Si en Tlaxcala y otras ciudades de México se baila más el danzón que en Cuba tampoco podemos convertir eso en un problema. El problema no es si la juventud cubana ya no baila danzón. El tema a reflexionar es si eso nuevo que se está bailando o se está oyendo es el resultado de procesos que tienen que ver con la lógica de las hibridaciones culturales o tiene que ver con la lógica de un mercado que destruye la espiritualidad del individuo, porque el reggaeton no tiene patria, lo que tiene es dinero detrás, y ahí es donde yo veo el problema. El problema no es que digan que el reggaeton es música puertorriqueña, porque además eso es mentira. Es música sin calidad surgida por un impulso de ganar dinero. Lo banal no tiene patria.

Pregunta: Tú has dicho que Cuba es el resultado de la Modernidad. Mi pregunta es la siguiente: ¿a qué Cuba tú te refieres? ¿A qué tú llamas Modernidad?

Respuesta: ¿A cuál Cuba me estoy refiriendo? De todas, de todas las Cubas.

Pregunta: ¿De la Cuba de los aborígenes…?

Respuesta: No, aquello no era Cuba, porque los aborígenes no se pensaban ni como cubanos ni pensaban en Cuba.

Miren, yo no sé si ustedes han oído esa historia de que el primer internacionalista de nuestra historia fue el indio Hatuey, que sin ser cubano vino desde la isla de La Española a ayudarnos a luchar contra el colonizador español. Eso es absurdo, porque el cacique Hatuey no pensaba en términos de Santo Domingo o Cuba. No se pensaba como un extranjero, ni los indios que estaban en nuestra isla y que lo acogieron lo pensaron como un extranjero. Todos esos indios pertenecían a una misma etnia, hablaban el mismo idioma, tenían la misma cultura. Únicamente que estaban asentados en diferentes islas.

Cuba como realidad social no existía antes de la llegada de los españoles. Aquí había una isla, en la que existían distintos grupos de indios con culturas diferentes y niveles de desarrollo disímiles. Los que vivían en el oriente de nuestra isla pertenecían a un grupo étnico y a una civilización diferente de los que vivían en el occidente. ¿Esos indios que vivían en nuestra isla a la llegada de los españoles eran cubanos? No, no eran cubanos. Es preciso comprender eso para entender por qué un puñado de españoles pudo conquistar grandes imperios en este continente. Cortés con poco más de un millar de españoles logró derrotar al imperio azteca, que tenía decenas de miles de experimentados guerreros. Lo cierto es que junto con Cortés, y contra los aztecas, combatieron también decenas de miles de guerreros tlaxcaltecas y de otras etnias enemigas de los aztecas. Todos esos indios no se pensaban como mexicanos, por eso fueron incapaces de presentar un frente común contra el recién llegado español, y este pudo utilizarlos para sus fines. La aristocracia tlaxcalteca y de otras etnias pactó con el conquistador español.

 

Pregunta: Cuando Hatuey vino a esta isla vino a Cuba, él lo decía: Cuba. Cuba era como le llamaban los nativos, para los españoles era Juana…

Respuesta: Le llamaban Cuba, pero no era un concepto de Cuba como el que tienes tú, era una isla que se llamaba Cuba, pero no era una unidad nacional ni Hatuey vino a encontrarse con una tribu de indios que se pensaban cubanos. Esos indios se pensaban a sí mismos en los mismos términos que se pensaba él. Por supuesto que Hatuey no pensó en términos de que iba a viajar a otro país. Cubanos no había en Cuba antes de la llegada de los españoles. ¿Cuándo hay cubanos en Cuba? Fue un proceso que duró siglos. Porque aquí lo que habían era españoles y africanos, primero. Después había españoles criollos, y después, mucho después, es que empezó a haber cubanos.

Cuando yo hablo de varias Cubas de lo que estoy hablando es de las imágenes o de las concepciones de Cuba. Por ejemplo, el concepto de Cuba que tenía José Antonio Saco era una Cuba blanca. Esa imagen todavía la tenían algunos en Cuba hacia 1920. De esa época es la conocida anécdota de la nota que apareció publicada en un conocido periódico habanero que rezaba así: “ayer se personaron en esta redacción cuatro hombres y un chino” (risas). Eso salía en un periódico pero nadie se rió ni nadie se tiró al medio de la calle a protestar, ni nadie le metió una multa al periódico. Al parecer, para muchos estaba claro que los cubanos somos los cubanos, los chinos son los chinos y ni siquiera eran humanos. ¿Cuándo es que surge la imagen de una Cuba mulata? Me estoy refiriendo al imaginario, pero el imaginario tiene una fuerza tremenda.  Evidentemente la Cuba que muchos se representan en Miami no es una Cuba negra ni mulata, es una Cuba blanca. A mí en Santo Domingo me dijeron un día: “-Los cubanos son muy racistas”.  ¿A qué cubanos tú te refieres?, le pregunté yo al dominicano que me dijo aquello. Resultó que los cubanos que él conocía eran residentes en Miami. Está claro que los cubanos de Miami tienen que ser mucho más racistas que los que vivimos en este país. También en Santo Domingo me pasó otra cosa interesante. Otro dominicano me preguntó: “-¿Ustedes, los cubanos, todos son blancos?” Fíjense qué pregunta tan interesante, que expresaba la imagen que él tenía de los cubanos. Claro, los cubanos que él había visto a lo largo de toda su vida eran los de Miami que son casi todos blancos. Eso es muy diferente de la imagen de Cuba que se exporta a Europa. Allí en Alemania y Suiza me ha ocurrido lo contrario, que se han extrañado de que yo sea cubano porque soy blanco. Allí se produce la imagen de que los cubanos somos todos negros, todos santeros y todos jineteros. Y que lo único que hacemos es bailar rumba. Me ha ocurrido en Europa comentar que en Cuba tenemos una compañía de Ballet Clásico que es una de las mejores del mundo y recibir sonrisas de incredulidad. Porque en la imagen banalizada y mercantilizada que se difunde allí sobre Cuba una cosa así es sencillamente impensable. Y de paso voy a llamar la atención a esto: que un fenómeno cultural de origen tan europeo como el ballet clásico sea un elemento importante de nuestra cultura.

Cuando planteo lo de la Modernidad, ¿a qué me estoy refiriendo? El concepto de modernidad refiere a una época nueva que se abre marcada por la aparición del individuo, el cambio permanente, etc. La sociedad moderna tiene un dinamismo de cambio inédito en las épocas anteriores. Aparecen las relaciones de producción capitalista. Cuba es un resultado del desarrollo del capitalismo, y ello en buena parte por su propia ubicación geográfica, a diferencia de otros países de América Latina, que estuvieron situados en regiones marginales con respecto al mercado mundial.

“Caribe” es un concepto complicado también En el Caribe se encuentra Cuba, República Dominicana, Puerto Rico, Jamaica, Haití, etc. Pero aunque Cuba y Puerto Rico se parezcan mucho, se diferencian mucho también. El término “Caribe”, que permite expresar lo común a todos estos países situados en esta zona, no puede sin embargo llevarnos a olvidar las diferencias, que pueden ser también bastante grandes. Pongamos el ejemplo de Puerto Rico. Es mucho lo que tenemos en común, pero también hay diferencias en nuestras historias, que comienzan por los resultados que condicionan la propia situación geográfica. Así como La Habana está situada en un lugar de paso obligado para todo el tránsito marítimo entre Europa y América, la bahía de San Juan, con ser mucho más grande que la de La Habana, tenía una importancia mucho menor, pues la situación de las mareas no la favorecían. Como consecuencia, la isla de Puerto Rico siempre tuvo una situación mucho más al margen y apartada del mercado mundial que Cuba, y el desarrollo de las relaciones sociales capitalistas fue allí siempre mucho menor, con todos los resultados económicos, culturales, etc., que esto tuvo. Las características de la oligarquía plantadora agro-exportadora cubana, sus posibilidades, intereses, necesidades, eran diferentes a los de la oligarquía agraria puertorriqueña. La sociedad cubana era más cosmopolita. Los procesos de inmigración son también muy diferentes, al igual que el tipo de esclavitud, etc. Existen sedimentaciones histórico-culturales muy diferentes detrás de cada país, y de cada individuo perteneciente a estos países. Cuando digo que Cuba, su historia, su identidad cultural, es expresión y resultado de las contradicciones de la Modernidad, estas contradicciones no han sido las mismas para cada país de América Latina ni del Caribe, por muy cercano geográficamente que estos últimos puedan estar. Cuba fue siempre un país donde las relaciones sociales modernas tuvieron un alto grado de desarrollo. Esto puede sorprender a muchos, que asocian la Modernidad sólo con profusión de cosas muy nuevas, llenas de lucecitas, etc. Pero la Modernidad es un modo de organización del sistema de relaciones sociales. Recordemos que Cuba para nada era un país atrasado. Fuimos el sexto país en el mundo en tener ferrocarril. Estuvimos entre los primeros en el mundo en tener televisión. Digámoslo claro: en 1959, La Habana era una ciudad mucho más moderna que Madrid y que Barcelona. Tengamos en cuenta otro dato característico de nuestra historia: hacia 1830 el poderío económico de la plantocracia cubana era tal que España, que seguía siendo la metrópoli política, ya había dejado de ser la metrópoli económica, y además también la metrópoli cultural. La burguesía esclavista agro-exportadora cubana orientaba sus negocios hacia EE.UU., y en lo cultural se guiaba por patrones que recibía directamente de los EE.UU. y de Francia. Si no conocemos todo esto no podemos entender por qué, entre todos los países de América Latina, es Cuba el primero que se plantea la realización de un proyecto social tan ambicioso como el socialismo. No es fruto de la casualidad.

 

Pregunta: Profesor, usted decía que dentro de la dimensión histórica de la identidad se ve a la identidad como un proceso social y como una producción social… Muchas veces, en la prensa, en los medios de comunicación en general, se plantea en ocasiones el que un cubanoamericano o un cubanodominicano, o un cubano con otro elemento adjunto, viene a Cuba como artista, como embajador de la cultura o viene a Cuba como literato, entonces se está planteando ahí una identidad, de un individuo que es cubano. Ahora yo digo… Rubalcaba y Lisandro Otero (…) Pero como usted decía, ¿la identidad es un proceso constante…, un proceso en evolución, con un movimiento de cambio acorde con nuestras características, acorde con nuestras condiciones o acorde con nuestros intereses?

Respuesta: A veces la prensa y la TV pueden ser muy banalizantes. Dices cubano-dominicano, y después mencionas al pianista Rubalcaba. A mi nunca se me ocurriría definir a Rubalcaba como cubano-dominicano, aunque lleve varios años viviendo allí. Viva donde viva, sólo se le puede definir como cubano. Tenía muchos años arriba cuando se marchó de este país. Andy García es un caso diferente. Tenía cinco años cuando su familia se lo llevó para los EE.UU. Buena parte de sus procesos de socialización e individualización se dieron en ese país. Se le puede definir como cubano-americano. Tomemos el caso de Oscar Hijuelos, el famoso escritor. Nació en los EE.UU. de padres cubanos. Escribe en inglés, que es su idioma principal. Yo no lo definiría como un cubano-americano, sino como un estadounidense de origen cubano. José Martí nació en Cuba de padre y madre españoles, y a nadie se le ocurre calificarlo como hispano-cubano. Es un cubano. Regresando a Oscar Hijuelos, y con el mayor respeto y la mayor simpatía hacia su figura, lo que es imposible es definirlo como cubano. El puede escoger entre sentirse sólo estadounidense o sentirse un estadounidense de origen cubano. Es un derecho que tiene como individuo. Pero no creo que se le pueda definir como cubano, por una cuestión muy simple: se socializó y se culturizó en otra cultura y con otro idioma.

Vamos a poner un caso interesante, el de Félix Sánchez, campeón olímpico y recordista mundial de 400 metros con vallas. Nació en New York, de padres dominicanos. Vivió siempre en los EE.UU. El inglés es su idioma natal. Se entrenó en los EE.UU., allí hizo su carrera deportiva. Pero toda su vida sufrió la humillación que la sociedad yanqui reserva al inmigrante, y más cuando es mestizo, como es él. De tal manera que la primera vez que concurre a una olimpiada a competir declara que no quiere representar a los EE.UU., sino representar a República Dominicana, competir bajo su bandera. El gobierno de los EE UU no puso ningún obstáculo. El tema de la identidad nacional en los EE.UU. se plantea de una forma diferente. Tiene otras complejidades. En definitiva los EE.UU. es un país que no se construyó sobre la base de la identidad nacional. La Revolución de las Trece Colonias es muy particular. Después que lograron eliminar la subordinación al imperio inglés, las ex-Trece Colonias están todavía unos años pensando si se van a unir en un país, o no. El propio sentimiento de patria de los habitantes de aquellas Trece Colonias dominadas por los ingleses era muy peculiar, por no decir menos. Voy a recordar una anécdota de la guerra de liberación de las Trece Colonias. Después de que el así auto-titulado Ejército Continental, que luchaba contra el colonialismo, fuera derrotado por el ejército inglés en la batalla de Germantown, George Washington tuvo que retirarse a un lugar conocido como Valley Forge y pasar allí un invierno que les fue particularmente duro. En un momento determinado ya no había dinero para pagar el salario de los soldados de aquel ejército supuestamente patriota. Puede sorprendernos, porque a los miembros del ejército mambí por supuesto que no se les pagaba ningún salario. Era algo inconcebible para los mambises. Pero los muy patriotas integrantes del Ejército Continental empezaron a desertar porque no había dinero para pagarles su salario. Ahí no se está construyendo un país sobre la base de un sentimiento real de patriotismo. George Washington tenía que buscar rápidamente aquella cantidad de dinero, que no era pequeña. Manda entonces una delegación a buscar que le presten ese dinero. Y no la envía a Madrid ni a París, dos capitales aliadas de las Trece Colonias en la guerra contra Inglaterra. Envía esa delegación a La Habana, a pedirle a la plantocracia criolla cubana que le preste ese dinero. La plantocracia criolla estaba económicamente interesada en la independencia de las Trece Colonias. Y en una sola noche se logra reunir, en La Habana, la suma de un millón de pesos, que en esa época era una cantidad fabulosa. La delegación regresó a toda prisa a Valley Forge, y con ese dinero se logró detener el proceso de descomposición del Ejército Continental, y pertrecharlo para que siguiera en la lucha. Así que ese dinero fue importantísimo en la historia de los EE.UU. Pero esa historia no aparece en casi ningún libro de historia escrito en ese país, y por supuesto en ninguno de los que allí se utilizan para enseñarles historia de los EE.UU. a los escolares. En los EE.UU. la cuestión de la identidad la resuelven de otra manera. Esencialmente con dinero. La identidad, el sentido de pertenencia, es algo que compran.

Podemos con toda razón maravillarnos de que Félix Varela se sintiera cubano. Nació en San Agustín, en la Florida. Lo crió su abuelo, que era español de pura cepa, y estuvo rodeado de españoles siempre. Pronunciaba el idioma castellano como un español. No creo que le gustara mucho comer los cubanísimos frijoles negros. ¿Dónde se construye lo cubano? Como ya dije anteriormente, ahora enfrentamos el problema, que tiene muchas facetas, de una gran comunidad cubana en el extranjero, y sobre todo en los EE.UU. Una comunidad producto de un proceso de emigración que no se ha detenido ni se va a detener. Si ‘lo cubano’ era lo que se hacía en Cuba, ahora tenemos la realidad de muchas personas que han nacido en Cuba, se han criado en Cuba, sus procesos de socialización e individualización se han dado en Cuba, y con una cierta edad es que emigran de Cuba. ¿Qué es ser cubano? Esa es una pregunta esencial, y creo que toda esta cuestión de la identidad nacional, toda la urgencia y omni-presencia de la discusión sobre lo cubano entre nosotros tiene que ver con la importancia que tiene esta pregunta. A Elena Poniatowska le preguntaron una vez qué quería decir ser mexicano. Elena Poniatowska es una gran escritora y periodista mexicana. Y ella respondió con una fórmula muy breve, pero nada simple: “ser mexicano es amar a México”. Yo le voy a pedir prestada esta idea a Elena Poniatowska y voy a decir que ser cubano es amar a Cuba. Si alguien vive en Miami, o en otro lugar fuera de Cuba, y con su decir y su hacer le hace daño a este país, lo que está haciendo no puede ser cubano. Si está basado en principios excluyentes, como pueden ser el racismo, el sentido de inferioridad nacional, el ingerencismo, etc., en principios que se identifican con los intereses que estuvieron siempre contra el desarrollo de este país y de su pueblo, entonces nada de eso lo considero como cubano. La burguesía cubana nunca fue una burguesía de sentimiento nacional, nunca. La prueba está en que cuando confrontó el primer problema serio, el primer desafío serio a su poder y sus privilegios, emigró en masa a Estados Unidos, a esperar que fuera otro gobierno el que le resolviera su problema. Aquella emigración masiva y a toda velocidad de la burguesía cubana a principios de los 60 constituyó un proceso histórico excepcional. No vamos a encontrar nada semejante en la historia de ningún otro país.

Ese tipo de producción cultural que vaya en ese sentido, que no este basado en el amor a Cuba, hágase donde se haga, en Miami o en la Cochinchina, no puede ser expresión de ‘lo cubano’.

Pregunta: Cuando nosotros vamos al Caribe, a Jamaica y otras islas de habla inglesa, notamos que el problema de la identidad es una angustia en esos pueblos. Me parece que para nosotros no es… Hay muchos libros sobre la identidad escritos por los caribeños, sobre la búsqueda de la identidad caribeña… Y yo no sé por qué para nosotros el problema de la identidad no es una cosa que nos quita el sueño, que nos hace sufrir, sin embargo vemos que esas poblaciones de procedencia inglesa sí realmente sufren la falta de esa identidad que añoran… Me gustaría que usted conversara un poco sobre esto.

Respuesta: En lo que no coincido plenamente contigo es en la idea de que el problema de la identidad no sea una angustia para nosotros. Yo creo que si, que es también un tema angustioso para los cubanos, y lo demuestra que es un tema permanentemente abierto, de constante reflexión para nosotros. Y eso quiere decir que es un tema que no hemos agotado y que tampoco hemos acabado de resolver. Ya he explicado las razones que, en mi criterio, condicionan que esto sea así. Esa obsesión por marcar la existencia de lo cubano se expresa en cualquier manifestación de nuestra actividad. Hablamos acerca de si existe o no una escuela cubana de ballet, una escuela cubana de arquitectura, etc. Aquí en Cuba me han preguntado varias veces si yo creo que existe una escuela cubana de filosofía. Yo he respondido que creo que no, pero que tampoco considero que nos haga mucha falta. Cuando respondemos negativamente a todas estas preguntas acerca de si existe una escuela cubana de algo, la reacción inicial es siempre de inconformidad; parece que nos entrara un aplastamiento moral. Tiene que ver con todas estas razones político-culturales (la política y la cultura van siempre unidas) de las que ya hablé.

 

Ahora, lo del Caribe. El problema para los cubanos no es el de la existencia de la identidad caribeña, sino el de la identidad cubana. Pero para los jamaicanos, los de Barbados y los de Trinidad, el tema no es la identidad jamaicana, etc., sino la identidad caribeña. Eso tiene que ver con las grandes diferencias entre esos pequeños países y Cuba, aunque todos estemos en el Caribe y el componente africano sea muy importante. Hay una historia muy diferente. Comencemos por decir que los cubanos tuvimos que luchar muy duro y mucho tiempo para alcanzar la independencia política. Algo muy diferente de lo que ocurrió con Jamaica, Trinidad, etc. El movimiento independentista fue mucho más tardío y tuvo mucha menos fuerza. Y esto tiene que ver, entre otras cosas, con las diferencias en los modelos de esclavitud. La esclavitud en las colonias insulares inglesas del Caribe pasó por determinadas etapas y tuvo determinadas características en cada etapa, y también la esclavitud en Cuba tuvo sus etapas y sus características. Fueron dos procesos diferentes. Por eso invitaba a leer Azúcar y población en las Antillas, de Ramiro Guerra. Si no conocemos esa historia podemos caer en simplificaciones insostenibles. Tengamos en cuenta otro hecho: ya expliqué que muy temprano en el siglo XIX ya España sólo era metrópoli política, y no era modelo para nadie en Cuba ni en lo económico ni en lo cultural. Pero para esas islas angloparlantes del Caribe, Inglaterra era el modelo en casi todo. Los cubanos jugamos béisbol, entre otras razones, para no jugar fútbol o asistir a la corrida de toros, porque eso era muy español, y por lo tanto lo rechazábamos. El muy inglés cricket sigue siendo un deporte muy practicado en esas islas angloparlantes caribeñas. Recordemos otro factor. Desde hace muchos años hay una gran corriente migratoria de esas islas del Caribe hacia Inglaterra, corriente que todavía existe. Cuba no era un país de emigrantes, y la poca emigración que hubo antes de 1959 se dirigía principalmente a los EE.UU., si era de obreros, y hacia Francia, si era de intelectuales. Todo eso marca diferencias, y diferencias muy grandes.

Esto nos lleva al tema del discurso sobre el Caribe y lo caribeño, que es un discurso que a veces tiene muchas trampas, y que puede ser muy engañoso. Puede parecerse al discurso sobre “lo latino”. Decimos “lo latino” y borramos todas las diferencias entre argentinos y guatemaltecos y dominicanos, y tratamos de que se identifiquen con un pastiche mercantilizado. Con el discurso de lo caribeño a veces pasa lo mismo, que intenta presentar un modelo superficial y mercantilizable, que borre lo específico en función de un concepto de lo común bastante epidérmico, y de crearnos un concepto de identidad falso. ¿Qué quiere decir que soy caribeño? Nosotros tenemos más en común con España que con Jamaica. España está a siete mil kilómetros de distancia y Jamaica está a ciento cuarenta kilómetros. Pero tenemos más en común con España que con Santo Domingo, también me atrevo a decirlo. Y digo más: es mayor la influencia cultural española-norteamericana en Cuba que la influencia cultural mexicana, dominicana o haitiana en Cuba. Ningún país de América Latina en el año 59 estaba tan norteamericanizado como Cuba, en lo bueno y en lo malo, porque la cultura norteamericana en sí misma no tiene por que ser mala.

Ya no se utiliza la palabra Antillas, ni el adjetivo “antillano”. Tengamos en cuenta que en inglés esas palabras no existen. En ese idioma se utilizan los términos West Indies y Caribbean. El imperialismo cultural viene para encima de nosotros con su carga masificadota y uniformizadora, para estandarizarnos como consumidores, pero también como productores de objetos culturales que tienen que ser comercializables. Por eso repito que la identidad cultural cubana o se desarrolla en la lucha o perece.

 

Pregunta: Sobre el Caribe, primero influye mucho el tamaño de esas islas, tiene que ver mucho con la identidad. Segundo, se independizaron a partir de los años 60, lo que no quiere decir, y en esto no concuerdo contigo, que no haya una cierta tradición de lucha, léanse el libro de Williams, por ejemplo, con el mismo título que el libro de Bosch, “De Colón a Fidel Castro”. Pero, además, una tercera cosa, es el hecho que muchas de estas islitas cambiaban cada seis meses, unas veces eran francesas y otras veces eran inglesas, entonces tu te vas a un lugar como Dominica y la gente más vieja habla creole, el mismo de los haitianos, y la gente más joven el inglés, entonces es un problema mayor el definir una identidad. Y me parece que tú acertaste también, la impronta del proceso civilizatorio británico buscaba más la uniformidad, de manera que tú te llegas a un lugar como Barbados y le dicen a Barbados “Little England”, tú no puedes decir que Dominicana es la “Pequeña España” o que Cuba es la “Pequeña España”, porque la cosa no funcionaba así como quizá funcionó la colonización holandesa. La colonización francesa tiene otras características.

Las islas mayores del Caribe son, bueno, Dominicana que tiene una característica, yo creo que una de las desgracias nuestras es que nos seguimos olvidando de Haití que nos legó la libertad… bien, y al lado está República Dominicana. Después la otra isla grande es Puerto Rico, no me gustó que tú dijeras que en Puerto Rico no había nada, porque ¿y Betances?, ¿y toda la lucha?, como se concibió esta lucha en la cual nosotros los cubanos no cumplimos (…) Lo demás estoy de acuerdo contigo…

Respuesta: Dos cosas. La primera: si tu dices que en esos países había una cierta tradición de lucha, lo de “cierta” me encanta, porque creo que define la cuestión. Está aminorándolo, ¿no? En Jamaica había una “cierta” tradición de lucha, sobre todo de cimarrones. En Cuba había no cierta tradición de lucha, sino una tradición con todas las de la ley.

La segunda, sobre Puerto Rico. Recordemos que Narciso López desembarcó un día por la mañana en Cárdenas en 1850, izó la que hoy es nuestra bandera nacional, proclamó la independencia y convocó al pueblo de Cárdenas a que se le uniera. Nadie se le unió, y esa misma tarde tuvo que reembarcarse. Es cierto que López era anexionista, pero los pobladores de Cárdenas no lo sabían. En ese momento histórico ese pueblo no quería la independencia. Podían quererla Félix Varela y otros patriotas, pero no el pueblo cubano. Las condiciones no estaban creadas para que ese sentimiento existiera. Eso explica por qué Bolívar realmente, en el fondo, no insiste mucho con enviar una expedición liberadora a Cuba en 1830. No sólo por el rechazo de Inglaterra y EE.UU., que fue cierto que existió y constituía un obstáculo formidable.

(Del público: “¿Por qué Bolívar va a Jamaica a hacer la carta?”). Sí, Bolívar va a Jamaica, pero no va a Jamaica a luchar por la independencia de Jamaica. Tiene que huir a Jamaica y allí escribe ese famoso documento, la “Carta de Jamaica”, porque Jamaica es una colonia inglesa donde puede refugiarse, y porque necesitaba el apoyo de Inglaterra para su lucha independentista. Bolívar después no alienta mucho la realización de una expedición para liberar a Cuba por dos razones. Una es que los ingleses y los EE.UU. se oponían a aquello. La otra es que el sabía que todavía en Cuba el sentimiento independentista no estaba muy expandido.

 

En Puerto Rico había un pequeño grupo de independentistas, pero no había un anhelo expandido de independencia, como si lo había en Cuba. Y dadas las circunstancias existentes, está claro que no podía haberlo. En Puerto Rico no hay universidad antes de la llegada de los norteamericanos, que son los que la fundan en 1901. Puerto Rico no tiene un fenómeno histórico como lo fue en Cuba el Seminario de San Carlos, un lugar donde se estaba formando la intelectualidad independentista. A principios del siglo XIX todavía el pueblo cubano no se está pensando como cubano, pero ya en el Seminario empezó a conformarse aquel pequeño grupo, que fue la semilla de nuestro independentismo. En Puerto Rico no hubo eso en el siglo XIX. Las causas no estaban en las características que pudieran tener los puertorriqueños. Se trata de una isla pequeña, en la que había poco movimiento económico, social y cultural.

 

(Del público – Adolfo Ham: “¿Y por qué ese determinismo tuyo de que no podía haberlo?”) 

 

Porque los procesos se dan cuando existen condiciones para ello. No es determinismo, es condicionamiento. Es la comprensión de que los procesos históricos obedecen a condiciones que son los que los posibilitan. Recordemos que las bases del Partido Revolucionario Cubano, fundado por José Martí, tenían un punto que decía que “el Partido Revolucionario Cubano se funda para hacer la independencia de Cuba y contribuir a la independencia de Puerto Rico”. ¿Vieron como cambió el verbo? Por supuesto que Martí conocía la importancia de las palabras. Martí era poeta, pero lo verdaderamente importante es que era un extraordinario dirigente político.

 

(del público: “Se llamaba Partido Revolucionario Cubano, no cubano-puertorriqueño”)

 

Claro. Lo importante era que los puertorriqueños tenían que demostrar de verdad que querían la libertad. No que deseaban la libertad, sino que la querían. Lo llamativo en el caso de Cuba es el precio que tuvo que pagar este país para ser libre. Ningún otro pueblo de Latinoamérica ha pagado el precio que ha tenido que pagar Cuba por su independencia. Les recomiendo que se lean una novela titulada “Trágame tierra”, escrita por el nicaragüense Lisandro Chávez Alfaro, publicada por Casa de las Américas en la década del 70. Hay un capítulo en el que el autor utiliza esta expresión: “La libertad entró en Managua a lomo de mulos”. Es una expresión muy dura, pero es verdadera. Chávez Alfaro se está refiriendo a un hecho histórico: un buen día, cuando entró en Managua el arria de mulos donde se traía la correspondencia desde Ciudad México, que era la cabeza del Virreinato de Nueva España, al que pertenecía lo que hoy conocemos como Nicaragua, los habitantes de Managua se enteraron de que el Virreinato había dejado de existir y que pertenecían ahora al Imperio de México. Así fue como se enteraron de que ya no eran colonia española, porque allí no se habían producido luchas contra el colonialismo, no había movimiento anticolonialista. Realmente, el primer patriota que tienen los nicaragüenses es Sandino, ya en el siglo XX. Alguien aquí ha mencionado a Morazán. Es cierto que Morazán fue un gran patriota, pero no era nicaragüense. Y su intento de fundar la república centroamericana fracasó, y es claro que tenía que fracasar. No existía una integración económica ni cultural entre las distintas regiones de Centroamérica, por eso aquello se pudo fragmentar en cinco pequeñas repúblicas.

 

Entender la historia así no es determinismo. Es buscar los condicionamientos para poder captar la racionalidad de la historia. No es lo mismo lo que puede ocurrir en un país que tiene un condicionamiento social determinado a lo que puede ocurrir en otro país que tiene otro condicionamiento social. Y eso explica lo específico de nuestra historia.

 

Me voy a detener en una frase que utilicé hace un momento: querer no es lo mismo que desear. Querer la libertad es lo que hicieron los mambises, que estuvieron dispuestos a entregar sus propiedades, a irse a la manigua con sus mujeres y sus hijos, a pagar ese precio para obtener la libertad.

 

¿Cuál es la esencia del discurso anti-independentista hoy en Puerto Rico? En Puerto Rico cuando hacen elecciones, los independentistas sacan el 4% de los votos. Los puertorriqueños se sienten puertorriqueños. ¿Quieren ser independientes? La mayoría de ellos no. ¿Cuál es el argumento que utilizan los elementos pro-yanquis en su campaña anti-independentista? Afirmar que el día que Puerto Rico sea independiente y los norteamericanos se vayan el país se va a morir de hambre, porque la isla vive gracias al capital norteamericano y a las dádivas del gobierno federal de EE.UU. Ese es el argumento que utilizan. Recordemos que casi la mitad de la población puertorriqueña vive del subsidio por pobreza que otorga el gobierno de EE UU. El imperialismo ha sido tan macabramente inteligente que lo que han hecho es intentar sobornar a un pueblo. Ese fue el proyecto que realizó Muñoz Marín para ahogar la ola independentista que había comenzado en Puerto Rico, sobornar a la gente. Aplicar un modelo de recolonización basado en traer a la isla industrias de alto nivel de contaminación, que tenían dificultades con las leyes federales de los EE UU, pero que podían evadir esas leyes en territorio de Puerto Rico. Industrias que además podían beneficiarse de la mano de obra puertorriqueña, más barata que la norteamericana. Y subsidios de desempleo y pobreza, para tener una parte de la población recibiendo un dinero sin trabajar, para corromperla y sobornarla. Y para meterle miedo a los que trabajaban diciéndoles que si la isla se hacía independiente esas industrias se retirarían y el desempleo cundiría y se morirían de hambre. El miedo que les quieren meter a los puertorriqueños es que si alcanzan la independencia el país se va a destruir, se va a arruinar. Justamente esa tesis, pero al revés, fue la que aplicaron los mambises. No se si todos hemos pensado en eso. También los elementos pro-colonialistas en Cuba decían que si Cuba alcanzaba la libertad el país se arruinaría, se destruiría económicamente. El contra-argumento de los mambises es que los españoles se iban a retirar de Cuba porque eran ellos, los mambises, los que iban a destruir el país. No otra cosa es la famosa Política de la Tea Incendiaria. Lo que dijeron los mambises fue precisamente esto: “no nos vengan a decir que si los españoles se van el país se destruye; precisamente nosotros vamos a empezar a destruirlo, vamos a darle candela desde oriente hasta occidente”.

 

 (Del público: “Pero quién hizo eso”). Eso lo hicieron los mambises, Agramonte, Céspedes, Máximo Gómez.

 

(Del público: “Bueno, pero Máximo Gómez no era cubano”). No, lo hicieron los cubanos también, Máximo Gómez era un general pero él no era el que le pegaba candela a las plantaciones, él solito no iba con una antorcha corriendo por el país. Había veinte mil mambises en el ejército libertador. Es cierto que algunos jefes mambises se dejaban sobornar por los terratenientes para no aplicar la Política de la Tea Incendiaria, y que Máximo Gómez sancionó a algunos por ello, pero eran algunos jefes. Otros muchos si la aplicaron. Los invito a que lean el libro “Radiografía del Ejército Libertador”, de Francisco Pérez Guzmán. Él explica que el Gobierno en Armas podía autorizar a que un ingenio y sus tierras no se les pegara candela, pero eso estaba reglamentado.

 

(Del público: “El problema del mambí cubano era el provincialismo. Vicente Aguilera ¿qué cosa era? ¿Qué cosa era Calixto García?”)

 

El provincialismo fue un resultado de un conjunto de condiciones que lo propiciaron. Hoy a nadie le preocupa en La Habana si el primer secretario del partido es nativo de esa ciudad o no. Pero en una época en Cuba era muy difícil que los mambises villareños aceptaran a un oriental como jefe. Ese regionalismo no caía del cielo. Estaba condicionado por factores sociales. Ante todo, del hecho de que las distintas regiones del país no estaban integradas. A Cuba la integró la caña de azúcar, a golpes. El último golpe integrador, la expansión de la industria azucarera a Camagüey y el Oriente, tuvo mucho que ver con la Coca Cola. La ocupación de las tierras de Camagüey y Oriente por las grandes empresas cañeras estadounidenses tuvo mucho que ver con el crecimiento de la demanda de azúcar en los EE.UU., pero ya no una demanda de carácter doméstico, sino industrial, por la aparición de industrias de alimentos y bebidas que demandaban mucha azúcar, como la Coca Cola, la Hershey, que producía chocolate, etc. Fue con este último proceso expansivo que se completó el proceso de integración de Cuba. Ya en la revolución del 30 no va a existir el problema del localismo o el regionalismo. Cuando en 1933 Guiteras abre un movimiento guerrillero en Oriente, para nadie fue un problema que fuera nativo de Pinar del Río

 

Pregunta: La pregunta que yo voy a hacer la lanzo desde mi identidad como cristiana. Usted y Ana Cairo nos dejaron muy claro que no existe algo como identidad cubana, sino unas identidades… Si fuésemos a hablar de la identidad religiosa tendríamos que hablar, a mi entender, de muchas identidades religiosas, no solamente de una identidad cristiana… Nosotros los cubanos tenemos muy a gusto el hecho de defender nuestra identidad, por ejemplo, si somos católicos defendemos nuestra identidad religiosa católica como el fundamento de la identidad cubana o si somos protestantes, como nosotros, defendemos nuestra identidad protestante como la base de la identidad cubana (…) Mi pregunta es la siguiente, ¿hasta qué punto hoy la identidad religiosa cubana está afectando o no la identidad cubana? Si es en positivo o en negativo.

 

Respuesta: Bueno, vamos por partes. No sé lo que habrá dicho Ana Cairo porque no estuve ayer aquí. Lo que yo he dicho es que cada persona tiene varias identidades, no que haya varias identidades cubanas. Y he dicho que la identidad nacional cubana es un fenómeno complejo. Que está compuesta por elementos muy complejos, los cuales están en cambio, tienen un dinamismo histórico. Eso para ustedes los protestantes es un elemento importante. No sería lícito que alguien afirmara que debido a que durante cuatro siglos los cubanos fueron católicos, entonces cuando empezaron algunos cubanos a ser protestantes comenzaron a dejar de ser cubanos. Es algo que puede pasar también con los musulmanes que comenzamos a tener ya entre nosotros, o los rastafaris, etc.

 

Esa otra cosa que dijiste sobre la religión y la identidad nacional. No creo que “la base” de la identidad cubana esté en algo específico.

 

 (Del público: “No, perdone, lo que quise decir es que cada cubano defiende su identidad como la única y como la base de la identidad cubana”)

 

Bueno, si cada cubano defiende ‘su’ forma específica de entender la identidad como la única posible, entonces está equivocado. En el ser humano es algo muy típico el impulso de excluir al otro. La percepción de que todo lo que sea diferente a mí es peor ya es un peligro. Y la tendencia a rechazarlo. Aceptar que el otro pueda ser diferente, incluso que mi hijo pueda ser diferente, ya representa una tensión. Si cada uno de nosotros piensa que ser cubano es ser como él es, entonces si tenemos un serio problema. Por eso el concepto de identidad tiene que ser lo suficientemente amplio para que sea incluyente, pero a la vez lo suficientemente preciso para que sea también excluyente. Si es tan abierto que lo incluye todo, incluye también aquello que falsea esa identidad o que la pone en peligro. Si es tan estrecho que se cierra en si mismo, que excluye cualquier otra cosa, entonces ese concepto de identidad se convierte en una cárcel, en algo que encierra, limita y mata la espiritualidad del individuo. Tanto una posición como la otra expresan intereses políticos muy claros. El fundamentalismo del mercado (porque no sólo existe el fundamentalismo religioso o el étnico, también existe el del mercado), el fundamentalismo capitalista, está interesado en un concepto de identidad nacional tan incluyente que pueda disolverlo todo y dejar sólo aquello que pueda ser mercantilizado. Existen otros fundamentalismos, como el fundamentalismo étnico o el religioso, que se apoya en un concepto de identidad totalmente excluyente. Opino que debemos promover un concepto de identidad nacional cubana en el que se exprese la dialéctica de la inclusión y la exclusión.

Opino que nadie puede decir que la base de la identidad nacional es esto o aquello. La identidad nacional cubana se ha construido y se sigue construyendo (porque es un proceso que no se detiene) con muchos elementos. Y lo que he afirmado es que el patrón sobre el que se produce la hibridación de los distintos elementos que han estado en ese proceso es occidental.

 

 (Del público: “Y si es occidental es cristiano”)

 

Lo occidental es mas que lo cristiano. Lo occidental tiene un componente cristiano. Se puede decir que el pensamiento occidental tiene muchos elementos que proceden del cristianismo, pero también se puede decir a la inversa, que el cristianismo tiene muchos elementos que proceden del pensamiento occidental. La cultura occidental es más que la cultura cristiana.

 

(Del público: “¿En qué sentido?”)

 

Bueno, en el sentido de que hay todo un conjunto de elementos que pueden estar en la cultura occidental y no estar en la cultura cristiana

 

(Del público: “¿Cuáles?”)

 

Bueno, empezar por no creer en Cristo como figura divina.

 

(Del público: “El cristianismo no es creer en Cristo como figura divina sino creer en un hombre”)

 

Bueno, eso es válido para algunos cristianos, pero no para todos. Volviendo a esto de la cultura occidental. Los primeros rudimentos de la cultura occidental comienzan con el pensamiento griego, y siguen desarrollándose incluso antes de la aparición del cristianismo. Pero lo que a mí me interesa ahora del tema de afirmar el patrón o basamento occidental de nuestra cultura y nuestra identidad es precisamente cuando surge el problema de la religión. Porque hablar de la religión en Cuba no es sólo hablar del catolicismo o el protestantismo, sino también de eso que llamamos religiones afro-cubanas, y también del islamismo, que ya tiene algunos seguidores en Cuba, y de otras religiones no cristianas. Afirmar el patrón occidental de nuestra cultura no puede ser utilizado para tachar de “no cubanas” o incompatibles con la cubanía a aquellos cubanos que profesen religiones no cristianas. La historia no se detiene, el proceso de producción y reproducción de nuestra identidad nacional no se detiene. A lo mejor dentro de un siglo contamos con un grupo considerable de musulmanes. La cuestión no es que esos cubanos profesen la religión musulmana, sino de qué tipo de religión musulmana estamos hablando. Cualquier religión que sea fundamentalista viola los principios de nuestra identidad nacional. Incluso el fundamentalismo cristiano. El fundamentalismo religioso no está en la base de nuestra historia. Las luchas por nuestra independencia estuvieron vinculadas a la lucha contra el carácter confesional del Estado colonial español, contra el dogmatismo religioso, por la libertad de cultos, por el Estado laico. Si un musulmán cubano predica el fundamentalismo, eso si tenemos que rechazarlo. Si predica la utilización del velo por la mujer ya eso implica un elemento de discriminación, de exclusión de género. Y no porque en Cuba no hubiera existido la costumbre de obligar a la mujer a utilizar un velo en los servicios religiosos. Eso se exigía en la Iglesia Católica, y se exigió hasta una fecha tan reciente como 1968, si mal no recuerdo. Y precisamente ya esa costumbre discriminatoria la eliminó la Iglesia Católica, y no podemos dar un paso de retroceso en ese sentido. En la medida en que se establece un elemento de discriminación de unos seres humanos por otros, ahí se está yendo en contra de la esencia de ‘lo cubano’. Ese elemento me interesa, y por eso lo recalco. ‘Lo cubano’ se construyó sobre la base de una lucha que no era fundamentalista. Existieron muchas luchas anticolonialistas que fueron fundamentalistas, que se basaron en el fundamentalismo étnico o religioso. La lucha contra el colonialismo español por nuestra independencia nunca fue fundamentalista, como tampoco lo fue la lucha contra el imperialismo yanqui. En la primera mitad del siglo XX, en la república mediatizada, un elemento que unió a muchas figuras era la angustia por la percepción de la destrucción de la cultura cubana, de nuestra identidad. Tomemos dos figuras como José Antonio Echeverría y José Lezama Lima. No pensaban igual, pero ambos estaban contra el gobierno de Batista no sólo porque Batista había violado la constitución, sino porque Batista estaba prostituyendo a Cuba, poniendo en peligro nuestra identidad. El modelo de sociedad que representaba Batista no les podía gustar a ellos. Por eso la mayoría de los revolucionarios cubanos, comunistas o no, tenían la idea de que luchar contra Batista no era sólo luchar por derrocar la tiranía, era luchar por hacer un cambio en la sociedad cubana. El cambio todos no lo pensaban igual, pero la conciencia de la necesidad del cambio era general.

Lo que está alimentando la formación de la nacionalidad cubana es una lucha por el desarrollo del individuo, por eliminar las trabas que impedían el desarrollo del individuo. Para los independentistas cubanos estaba claro que luchar contra España era luchar contra el atraso en todos los campos, contra la opresión al individuo en lo político, lo religioso, lo cultural, etc. Es algo que nos diferencia con respecto a Jamaica, para citar un ejemplo. Ningún jamaicano podía afirmar que luchaba contra Inglaterra porque Inglaterra representaba la opresión al individuo. En el siglo XIX Inglaterra era uno de los dos estados más libres y democráticos del mundo (el otro lo era los EE.UU.). Fue en Inglaterra donde se inventaron las libertades: la libertad de cultos, la libertad de reunión, de expresión, la libertad comercial, etc. Pero España representaba todo lo contrario. España representaba el fundamentalismo y el atraso. La nacionalidad cubana es resultado y expresión del anhelo de permitir el desarrollo de la persona, del individuo. Por eso ni el fundamentalismo católico ni el protestante, ni ningún otro fundamentalismo, pudieron funcionar o pueden funcionar como base de la nacionalidad cubana.

 

(Del público: “Depende también de lo que tú entiendes por fundamentalismo”)

 

Asumo el concepto de fundamentalismo en la interpretación normal, quiero decir la más extendida, fundamentalismo es el dogmatismo, es la cerrazón a lo nuevo, es apegarse a un dogma, a un texto interpretado al pie de la letra, es la fobia al cambio, eso es fundamentalismo.

 

Pregunta: Relacionado con esto del individuo, si lo principal en la Revolución cubana al principio era esta cuestión del individuo que usted ha señalado en toda su conferencia, ¿por qué se produce entonces esa masividad, que muchas veces el individuo se perdió dentro de esa masividad?

Respuesta: Bueno, el individuo estaba perdido en Cuba desde hacía mucho tiempo, porque evidentemente en la República neocolonial el individuo se perdió. Por eso la historia de la República neocolonial es la historia de una inconformidad total. La Revolución generó procesos importantes para el rescate de la dignidad del individuo, para su desarrollo, pero también generó procesos de masificación. Hay un modelo de interpretación del socialismo que transcurre por canales que llevan también a la masificación, por eso digo que socialismo es un concepto muy complicado. El socialismo no es sólo un concepto, un ideal, es también una experiencia histórica real.

FIN