La espiritualidad cristiana
en la cultura actual
Jesús Espeja
Dominico.
Profesor emérito de la Universidad de Salamanca y del Seminario San Carlos y
San Ambrosio. Director del Aula “Bartolomé de las Casas”.
Es
un gusto para mí estar en este Seminario y poder reflexionar con mujeres y
hombres de distintas confesiones cristianas acerca de un tema fundamental para
todos nosotros: la espiritualidad. Todos estamos animados por el único espíritu
de Jesucristo, y es importante que mutuamente nos apoyemos para crecer a la
medida de Aquel que nos convoca.
Primero explicitaremos los términos del título; luego haremos un
diagnóstico aproximativo sobre nuestra realidad cultural, para señalar
finalmente algunos rasgos que hoy debe tener la espiritualidad.
Qué entendemos por
espiritualidad cristiana
Desglosemos
los dos términos: espiritualidad y cristiana.
Espiritualidad: realizar la vida con espíritu.
Se trata de un término muy traído y llevado en los últimos años. No sólo
por mayores, sino también por jóvenes; entre conservadores y avanzados, entre
cristianos y en otras creencias. Es
como un cierto clamor difuso y no muy bien definido. Los individuos
confían cada vez menos en que las instituciones garanticen su futuro y se ven
un poco enfrentados con su propia vida, que deben justificar personalmente. Por
otra parte, los grandes proyectos utópicos no se han llevado a cabo y hay que
buscar referencias en otro ámbito. Porque el clamor por la espiritualidad brota
en distintos suelos, la confusión es grande y conviene aquilatar qué entendemos
con ese término. Adelantemos una definición aproximativa: espiritualidad es
“realizar la vida con espíritu”; y comentemos estos dos términos.
La vida recibe distintas interpretaciones según culturas y
antropologías. Ahora me fijo en dos: la hebrea y la griega.
Según la antropología hebrea, vida es la totalidad de todos los
bienes que los hombres poseemos: salud física, bienestar económico,
satisfacción psicológica, amistad, alegría, felicidad. Como todo eso únicamente
es posible dentro de la comunidad humana, la vida individual y la vida social
son inseparables; en la cultura bíblica el término vida se refiere
primeramente a la vida intrahistórica, de aquí.
Según la antropología griega, vida es “un movimiento que brota
desde dentro del ser”. Cuando florecen sus brotes, hay un signo de que los
árboles tienen vida, y la ofrecen; no así cuando sus hojas son movidas por el
viento, el árbol puede estar muerto y sus ramas amarillentas se pueden mover
porque un aire fuerte las zarandea. Quien habla de movimiento habla de un
dinamismo con distintos momentos.
Así tendríamos una primera visión aproximativa. Vida es la
totalidad en proceso de realización. La vida del ser humano incluiría
las distintas dimensiones que lo constituyen —física, psicológica, ética,
social...— en proceso de realización. Esta presentación elemental da pie a dos
observaciones:
1) Hay que superar dualismos inadmisibles en
binomios como “cuerpo-alma”, “carnal-espiritual”, “profano-sagrado”. Cuerpo y
alma no son dos partes independientes ni contrarias; muchos menos se puede
interpretar al cuerpo como prisión del alma. Esa visión maniquea fomentó a
veces entre los mismos cristianos el desprecio al propio cuerpo, negando así el
valor de la creación: “y vio Dios que era muy bueno”. Cuerpo y alma se refieren
más bien a dimensiones de la única realidad: ser perteneciente a la tierra, y
ser abierto a la trascendencia que apunta más allá de sus límites. La cosa se
agrava porque frecuentemente se identifica cuerpo con carne, y alma
con espíritu. Así, hay unas obras corporales que son carnales, y otras
del alma que son espirituales. Entonces se acude a San Pablo: “los que viven
según la carne apetecen lo carnal, más los que viven según el espíritu apetecen
lo espiritual”;1 y ya tenemos que cuerpo, corporal, carne
y carnal vienen a ser sinónimo de realidades materiales y negativas.
Pero en el texto citado, con el término “carnal” Pablo no se refiere al cuerpo,
sino a una forma egoísta de vivir, bien distinta de una vida orientada según el
espíritu, una vida en función de la comunidad o reino de Dios. Finalmente,
tampoco cabe poner por un lado el mundo profano y por otro el sagrado; todo ha
sido creado y bendecido por el Creador, todo ha sido redimido por Jesucristo, y
el Espíritu renueva la faz de la tierra; no hay nada profano, si bien muchas
realidades y muchas personas del único mundo están siendo profanadas. 2)
Tampoco valen ya reduccionismos a la hora de interpretar la vida humana. Hombre
no es una vida humana superior a la mujer; son dos formas en que se expresa la
única vida humana. La discriminación de la mujer nos ha privado de una imagen
femenina de Dios, de una lectura peculiar de la Biblia y de una espiritualidad
samaritana e integradora de la afectividad. En el ámbito de la teología una
mayor presencia y actividad de la mujer habrían enriquecido el seco lenguaje
conceptual con otro más simbólico y sin duda más adecuado para aproximarnos al
encuentro misterioso de la revelación y de la fe. Ampliando el horizonte, la
vida de los seres humanos forma un todo con los demás vivientes, incluso con
toda la creación. Según Génesis 1,21.25, el Creador también ha infundido vida
“en los monstruos marinos y en los animales salvajes, en las bestias y en los
reptiles”, mientras que Romanos 8,23 sugiere la solidaridad de los seres
humanos con la creación entera. Si la espiritualidad significa “una vida” en
solidaridad con todos los vivientes y con toda la creación, sólo será verdadera
manteniendo esas dimensiones.
Espíritu “dador de vida”. Génesis 2,7 habla del aliento que Dios infundió en el ser humano,
dotándolo de vida y movimiento. Aliento, fuerza, vigor o impulso es en la
revelación bíblica la manifestación del espíritu, que nunca se define pero
siempre deja esa sensación. El espíritu es como el viento, que trae las nubes
con agua que sazona la tierra para que acoja y haga crecer la semilla. Como el
aire que respiramos, nos permite vivir uniéndonos en la común atmósfera. Es como
el fuego que enardece a los profetas, como el agua que da vida y colorido a las
plantas. En el credo confesamos al Espíritu Santo como “señor y dador de vida”.
El
único Espíritu que dio vida en la creación, actuó en los jueces y en los reyes,
habló por los profetas, e interviene en el corazón de todos los seres humanos,
quienes actúan movidos por el hálito creador. En este sentido, bien podemos
afirmar que todos los humanos; gracias al Espíritu que nos anima, podemos
programar y realizar nuestra existencia.
El calificativo cristiana
Se refiere a una existencia
inspirada y modelada según el aire, o espíritu, que animó la vida y muerte de
Cristo. En aquella conducta histórica hubo tres rasgos que van inseparablemente
unidos: intimidad singular con Dios, apasionamiento por la llegada de una nueva
sociedad llamada simbólicamente “reino de Dios”, y debilidad hacia los
excluidos, pobres, enfermos y otras personas social o religiosamente
desclasadas. Rasgos inseparablemente unidos que se completan y al mismo tiempo
se salvaguardan. No se puede vivir la intimidad con el Dios verdadero sin vivir
al mismo tiempo el apasionamiento por la llegada de su reino y sin ponerse al
lado de los que socialmente nada cuentan. Ni es posible construir el reino de
Dios sin participar los sentimientos del Padre, que son misericordia y
justicia, y sin levantar al desvalido.
Análogamente la opción evangélica por los pobres y excluidos se inspira
en el amor de Dios que uno respira, y tiene por objetivo construir la
fraternidad sin discriminaciones. Por eso sigue siendo muy oportuna la
recomendación de San Juan a los primeros cristianos: “No creáis a cualquier
inspiración; sometedla a prueba para ver si viene de Dios, porque muchos
pseudoprofetas se han levantado en este mundo; para saber si la inspiración
viene de Dios, seguid este criterio: toda inspiración que Jesucristo ha venido
en la carne, es de Dios, pero todo espíritu que no confiese a Jesús, ese no es
de Dios”2. Y en la conducta de Jesús hay una experiencia fundamental
donde se unen las tres coordenadas: intimidad con el Padre, compromiso en la
llegada del reino y opción por la causa de los excluidos.
Algunos
signos de nuestro tiempo
La espiritualidad se plasma en una existencia humana que siempre
se teje dentro de una cultura o sistema complejo en que lo seres humanos
interpretan y organizan su vida. Sólo aproximativamente, hay algunos rasgos de
nuestro momento fácilmente aceptables por todos. Serán como referencias
ineludibles para concretar la forma peculiar que debe revestir la
espiritualidad cristiana.
En
primer lugar el eclipse de Dios. Ha tenido lugar en la cultura moderna.
Los hombres han querido ser autónomos y
libres; se hacen cargo del mundo, y prescinden cada vez más de los dioses y de
la religión que los liga de algún modo a otro mundo. Pero al mismo tiempo los
humanos tampoco soportamos el desencanto del mundo ni quedarnos solos sin
dioses; por eso, junto a la indiferencia religiosa y ausencia de Dios, hay como
una insatisfacción, una nostalgia, un cierto retorno a lo religioso de formas
muy variadas y a veces extrañas.
Sin embargo, es innegable que la modernidad es el tiempo en que ha
surgido un nuevo modelo de hombre que quiere ser libre, pensar y actuar por
su cuenta. Que no acepta dictados ni normas impuestas desde arriba ni desde
fuera si no pasan por el cierne de su razonamiento personal. Y en este anhelo
de autonomía se mantiene también esa etapa de la época moderna que llamamos postmodernidad, acentuando sin
embargo un nuevo aspecto: la consistencia de lo inmediato y presente. No serán
ya de recibo dioses o religiones que pongan la salvación sólo más allá de la
historia, sin relación alguna con la liberación y la felicidad parciales ya
conseguidas aquí, en el tiempo y en la tierra.
A
pesar de los muchos progresos científicos y técnicos, la injusticia y el
desequilibrio entre ricos y pobres siguen siendo lacras que desfiguran
lastimosamente a nuestro mundo. El fenómeno de la globalización, sin duda fruto
ineludible de nuestros adelantos en los medios de comunicaciones y en técnicas
avanzadas sobre economía, no reduce ni subsana esos desequilibrios, sino que
los acentúa. El problema de la pobreza sigue ahí como látigo e interrogante
para la humanidad.
Finalmente, hay en el mundo actual otro serio
problema: se nos muere la esperanza entre las manos. Viendo el panorama,
no quedan referencias firmes para mirar confiadamente hacia el porvenir. Hoy
sólo tendrán garantía quienes sean capaces de sembrar esperanza en las jóvenes
generaciones. Una conducta responsable y comprometida con esta sociedad, no
debe abstraer de esta situación.
Cómo debe ser hoy
una espiritualidad cristiana
El cambio necesario no es lo
mismo que demolición; hay que mantener continuidad con el pasado; lo nuevo en
el cristianismo es siempre descubrimiento creador de su esencia
originaria. Sin embargo, tampoco vale
la instalación en el pasado; hay que adaptar esa originalidad a cada época. Sin
la pretensión de agotar el tema, y siguiendo la lectura hecha sobre los signos
de la nueva cultura, cabe destacar algunas vertientes.
En continuidad con
el legado recibido
Como la Iglesia, la espiritualidad cristiana,
si bien se hace y se renueva cada día, ya está
hecha en Jesucristo y en aquellos seguidores suyos que han encarnado, en
su vida y en su contexto, el espíritu evangélico. Luego una espiritualidad
cristiana para hoy debe brotar en continuidad con el pasado auténtico del
cristianismo, en dos aspectos:
· Asumiendo lo que hay de verdadero, bueno y válido todavía en lo pasado. Por
ejemplo, prioridad del amor, centralidad de la Escritura y de la Eucaristía,
huida del mundo como libertad ante las idolatrías o falsos absolutos de la
tierra. Aunque también hay que discernir, abandonando interpretaciones, formas y moldes que hoy no son significativos
ni tienen garra. No tienen porqué desaparecer de nuestras bibliotecas
publicaciones que, si bien hoy no pueden ser
manuales de una espiritualidad cristiana renovada conforme al Vaticano
II, sirvieron en tiempos pasados para
santificación de muchos y siguen siendo importantes algunas de sus
insistencias; pienso, por ejemplo, en La Imitación de Cristo, escrita
por Tomás de Kempis. Habrá que cambiar en la forma de hacer los Ejercicios
Espirituales, pero en ellos siempre habrá que aprender el silencio necesario
para enfrentarnos a los momentos más difíciles de la existencia.
· Teniendo coraje para aceptar lo institucional
y las prácticas necesarias para que la fe cristiana no se diluya en pura
subjetividad, pues, tratándose del hombre, no hay espíritu sin cuerpo,
realización personal sin relación comunitaria, ni vida seria sin unas normas.
No sabemos cómo será lo institucional en la Iglesia del futuro, y parece que la
decisión personal ha de prevalecer sobre la normatividad objetiva. Pero, dada la
economía de la encarnación, una espiritualidad cristiana sin organización
visible y sin canalización normativa, no tiene garantías y corre peligro de
fenecer.
Experiencia del Dios incomprensible
La
característica más importante de la espiritualidad cristiana es la
relación inmediata con Dios. Pero sufrimos hoy el eclipse de Dios: el
hombre transforma al mundo y se transforma a sí mismo, sin dejar campo a los
poderes celestiales: un mundo a imagen y semejanza del hombre. Con sus métodos
científicos los seres humanos someten a crítica y pretenden dominar incluso el
fenómeno religioso, sin necesidad de acudir a instancias sobrenaturales. El
hombre no ve sentido a la oración ni siente necesidad de justificarse ante
tantos males del mundo y ante sufrimientos inútiles del inocente.
En Jesucristo, los cristianos hemos
recibido una buena noticia sobre Dios: es esencialmente bueno, sólo sabe amar.
Alguien en quien siempre podemos confiar. Su mediación es la vida y nunca envía
males para castigarnos. Nos admira no tanto por su gloria deslumbrante cuanto
por su cercanía gratuita e inesperada.
Admiración que se hace misterio incomprensible por su silencio e
incomprensibilidad en su misma cercanía.
En
la cultura moderna cada vez más Dios aparece como hipótesis inútil. Nunca se
impone por la fuerza y manifiesta su poder como amor que sustenta y hace que
los hombres puedan actuar por su cuenta como si Dios no existiera. El futuro de
la espiritualidad cristiana exigirá una fe personal “experienciada”, que permita
gustar esa cercanía gratuita de Dios en la “noche oscura” de su silencio;
cuando podamos seguir invocándole como un “tu”, esperando que nos hable y
aceptando la silenciosa oscuridad en el camino. ¿Quién no ha vivido esta
situación ante la existencia dura e irreversible de tantos males en la propia
existencia, en los demás y en
el mundo?
Hay quienes, ante tantas desgracias, pierden la fe y se declaran ateos,
mientras otros más piadosos intentan disculpar a Dios interpretando que tales
desgracias son pruebas que nos envía para conseguir méritos. Unos y otros se
fabrican una divinidad a su medida. ¿Por qué, siguiendo la línea de la
encarnación, no pensamos que Dios está con nosotros y dentro de nosotros para, con nosotros, vencer tantas
limitaciones, fracasos y males que nos humillan? Tenemos que abrir y ensanchar el corazón para dejarnos trabajar
simultáneamente por la cercanía e incomprensibilidad de Dios que aumenta en la
medida en que se autocomunica.
Espiritualidad mundana
Algunos cristianos aún no digieren esta expresión, empleada hace ya años
por Karl Rahner; siguen todavía con una visión totalmente negativa del mundo.
Pero en realidad se quiere decir algo muy sencillo: sólo una preocupación
solidaria con la humanidad y su entorno, que busca la liberación y la felicidad
para todos, responde al espíritu de Jesucristo que renueva la faz de la tierra
y actúa en la evolución de los tiempos. Estoy diciendo que la vida temporal y
el servicio al mundo es versión de la espiritualidad cristiana.
Sencillamente porque la salvación en el
evangelio es presentada con el símbolo “reino de Dios”, que nace y crece ya en
los surcos de nuestro mundo, la entera familia humana y la creación que es su
hogar. Ese mundo es ya posibilidad para realizar la vida según el Espíritu;
porque ha sido creado y bendecido por Dios; porque ha sido puesto bajo el signo
de la redención que tuvo lugar en Jesucristo. Fuera de ese mundo no hay
salvación, y es ahí donde podremos encontrar la cruz de Cristo y también la
cercanía de Dios siempre mayor e incomprensible. Todas las realidades de este
mundo son llamadas y están abiertas a ser fecundas por la gracia para que
lleguen a su plenitud. Y ese mundo es también tarea; debe ser ordenado y
construido por el hombre. Por eso la vida mundana, de relación con los demás y
con las realidades creadas, vivida honradamente y sin curvación egoísta, es ya
camino de espiritualidad.
Es normal que algunos cristianos se
resientan por la expresión “espiritualidad mundana”. Durante mucho tiempo el mundo
se interpretaba como sinónimo de pecado, y la huida del mismo se proponía como
condición imprescindible para un camino serio de santificación cristiana. Pero,
sin negar esa parte de negatividad que también tiene, el mundo, entendido como
la entera familia humana y la creación, es el único lugar en que la humanidad
existe, se perfecciona o se santifica. Por eso hay que reinterpretar la
tradicional fuga mundi, entendiendo la huída en relación a las
idolatrías o falsos absolutos que desfiguran a la humanidad y oscurecen el
rostro de la creación.
Potenciar la responsabilidad personal
El mundo moderno es el tiempo en que los
seres humanos recuperan la subjetividad y quieren ser sujetos que toman las
riendas de su existencia. En el Vaticano II la Iglesia reconoció este signo de
nuestro tiempo y afirmó que los seres
humanos hemos sido puestos en manos de nuestra propia decisión. Quiere decir
que una espiritualidad cristiana sólo puede avanzar con garantías por esta nueva sensibilidad. Cosa que por otro lado
se impone, ya que hoy la libre actividad de las personas ya no está controlada,
como en otros tiempos, por normativas sociales o religiosas ni por
condicionamientos de la vida económica. Hoy los seres humanos tienen
posibilidad de actuar sin medida y sin control externos. Pensemos por ejemplo
en la libertad sexual y en el abuso del poder con tantos mecanismos de anonimato y encubrimiento. Quiere decir que
se apela indirectamente a la responsabilidad y decisión personales.
La única garantía para esta responsabilidad
personal es una fe personal o experiencia mística. Soy consciente de que esta
última palabra no tiene buena prensa, pues con frecuencia se la interpreta como
divinos consuelos o intervenciones milagrosas y raras. Pero aquí significa únicamente
vida intensa de fe como encuentro personal con el misterio que es Dios mismo
revelado en Jesucristo. Sin ese encuentro personal, tampoco será posible una
transformación estructural de la
ascética, que no sea ya imposición preceptiva desde arriba y desde fuera, sino
fruto de una decisión personal con que el hombre y la mujer se imponen a
sí mismos unos límites. En la espiritualidad cristiana la ascesis debe ser una
versión de la mística y pertenecer al apasionamiento por realizar la
configuración con Jesucristo.
Quedan los pobres y Dios
A mediados del siglo pasado hubo en los
pueblos de América Latina un fuerte clamor de las mayorías empobrecidas que
pedían supervivencia y dignificación. La Iglesia fue sensible a ese clamor y en
él descubrió la voz de Dios, que quiere la vida en plenitud para todos. La
llamada Teología de la Liberación supuso no sólo un cambio en el método
teológico, sino que también exigió una revisión de los temas clásicos de la
Teología, y finalmente desencadenó una nueva espiritualidad. Bien significativo
es el libro Beber en su propio pozo, en el itinerario espiritual de un
pueblo, escrito por Gustavo Gutiérrez, sin duda uno de los
teólogos más serios y profundos de este movimiento teológico.
Por situaciones sociales y por reacciones
intraeclesiales, esa Teología de la Liberación ha sido dejada un poco de lado.
Y no cabe duda que debe ser actualizada, pues el panorama del mundo es bien
distinto al de hace algunas décadas. Pero su inspiración, su objetivo y el
cambio que supuso para el método teológico no se deben olvidar. En todo caso,
las mayorías empobrecidas y la dependencia intolerable de los pueblos no fueron
inventadas por los teólogos latinoamericanos de la liberación. Ni se acaban
condenando a esos teólogos. Los pobres, a veces con un clamor sordo e
inarticulado, si bien con frecuencia narcotizado, siguen ahí, como denuncia de
lo que Dios no quiere y como exigencia de conversión para todos. Una verdadera
espiritualidad cristiana no se puede abstraer del compromiso por esas mayorías
empobrecidas, pues la opción cristiana por los excluidos pertenece a la
experiencia de Dios revelado en Jesucristo.
Fidelidad a largo plazo
No
sólo mirando a la dependencia y exclusión que sufren los más pobres del mundo,
sino a los desequilibrios que aquejan a la humanidad, hoy no resulta fácil la
esperanza, esa mirada confiada hacia el porvenir. Los grandes proyectos
utópicos que a lo largo de los últimos siglos,
se levantaron con extraordinarias promesas, hoy han perdido credibilidad,
y la gente trata únicamente de buscar el pan y la diversión de cada día sin más
complicaciones. Estamos siguiendo la política del avestruz, que mete la cabeza
bajo el ala, y se desentiende de lo que sucede a su alrededor. Los mismos
creyentes cristianos debemos poner a prueba nuestra esperanza “teologal”,
cuando constatamos que a nuestros empeños por anunciar el Evangelio no siguen
resultados palpables, y que lo más importante para nosotros apenas tiene
interés para la mayoría de la humanidad.
También
aquí la espiritualidad cristiana debe volver los ojos a Jesús de Nazaret,
“iniciador y consumador de la fe”, que garantiza una mirada de optimismo hacia
el porvenir. Aquel hombre, siendo Hijo, “sufriendo aprendió lo que es la
obediencia”, y esperó lo humanamente imposible, porque vivió la verdad más
decisiva: el mundo y la historia humana están habitados por un amor
incondicional, y todo lo que se haga por amor no cae ya en el vacío. Tenemos
fundamento a confiar porque, ocurra lo que ocurra, la primera y la última
palabra sobre nuestro mundo son de amor y de vida. Mientras vamos de camino, en
medio de las sombras y de los sufrimientos, podemos vislumbrar los inicios o
las marcas de un futuro animado por la gracia. Con esa visión cabe una
fidelidad a largo plazo. La novedad inaudita de la encarnación presta buena
base para esperarlo todo de Dios, que ha dicho su “sí” definitivo a favor de
este mundo y nos ha liberado a “cuantos por temor a la muerte estábamos
sometidos a la esclavitud” 3.Ω
1 Ro 8,15
2 Jn 4,1-3
3 Heb 2,15
© DIDAJE, 2005
Hacia una espiritualidad
que afirme la vida
(Ex 3, 1-2; Jn 7, 37-38)
Adolfo Ham
Presbiteriano.
Profesor del Seminario Evangélico de Teología de Matanzas y
Director del ISEBIT.
“Es
fácil ser santo cuando no se quiere ser humano” Kart Marx
“Lo que
nos hace falta a todos nosotros es una nueva fórmula de lo que significa ser
santo” Teilhard de Chardin
A la memoria de P. Teilhard de Chardin y Dietrich
Bonhoeffer
I. Definiciones de
espiritualidad
· “Vivir a Dios en la vida, compartiendo el
Espíritu”
· “Vivir la espiritualidad del Reino”
· “Dejarnos rociar y refrescar por los Ríos de
Agua Viva del Espíritu”
· “Esfuerzo reflexivo y ético que las personas
dedican a sí mismos en orden a un perfeccionamiento personal” (Nuevo
Diccionario de Espiritualidad, de Fiores y Goffi)
· “Conjunto de inspiraciones y convicciones que
animan interiormente a los cristianos en su relación con Dios, así como el
conjunto de reacciones y expresiones personales o colectivas y formas exteriores
que concretizan dicha relación” (Id.)
· “Captar la presencia del Espíritu en todas
las cosas” (Boff-Betto)
· “Una vida realizada con E/espíritu” (Espeja)
· “La motivación que impregna los proyectos y
compromisos de vida… la motivación y mística que inspira el compromiso”
(Galilea).
· “Captar nuestro Centro y vibrar con el Todo”
(id.)
· “La espiritualidad es un sendero pleno de
vida, una forma de vida llena del espíritu” (Fox)
· “A través de todas las edades la
espiritualidad se ha asociado a un conjunto establecido de convicciones y
valores abrazada a un estilo de vida particular, y celebrada regularmente en la
devoción, la oración, el ritual o la adoración” (Ó Murchú)
II. M. Fox: una
comparación entre una “Espiritualidad de la Creación” y otra “del Pecado/Redención”
(Original Blessing,
1983, Santa Fe, Bear & Co.)
Representantes de la
espiritualidad del pecado/redención: San Agustín, Tomás de Kempis, Bossuet,
Tanquerry. Representantes de la espiritualidad de la creación: Ireneo,
Benedicto, Hildegard, Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Mechthild, Eckhart,
Nicolás de Cusa, Teilhard, Chenu, Th. Merton, feministas, teólogas y teólogos
de la liberación.
Fox habla de cuatro vías en la
espiritualidad:
A.
La vía
positiva: una espiritualidad
de afirmación, gratitud, éxtasis, de creación y encarnación. Sendas de vida/no
muerte, de conciencia/no de insensibilidad, de eros/no de control. Saborear las
bellezas y las profundidades cósmicas de la creación, que toda la creación
brote de nuevo. Espiritualidad del goce. Espiritualidad de la palabra. La santidad como hospitalidad cósmica.
B.
La vía
negativa: mientras la vía
positiva nos muestra el hálito cósmico de lo vivo, la vía negativa nos abre las
profundidades de lo divino. El vacío es el reverso de la superficie del cosmos.
Somos seres cósmicos no sólo en nuestro gozo y éxtasis sino también en nuestro
dolor y sufrimiento, la kenosis y la cruz. El Dios catafático es también
el apofático. Nosotros experimentamos la luz y las tinieblas, la plenitud y el
vacío, somos dialécticos como Dios mismo.
C.
La vía
creativa: es la celebración
de ambas vías anteriores. No puede haber la creatividad del parto sin la vía
positiva, ya que la creatividad es energía cósmica. Pero tampoco puede surgir
la creatividad donde no se permite la negatividad, donde domine el temor a lo
oscuro por encima de una reverencia a lo oscuro y lo que puede nacer de las
tinieblas. El ascetismo mata la creatividad. Somos co-creadores con Dios. Dijo
Eckhart: “Una vez tuve un sueño en el que aunque era hombre estaba embarazado
como una mujer con un niño, estaba grávido de la nada, y de esta nada Dios
nació”. Dios como Madre y como Niño. La Resurrección.
D.
La vía
transformativa: la Nueva
Creación es el estallido de la energía creadora de los seres vivos y los
pueblos. Si como hizo San Agustín, se separa la acción de la contemplación,
entonces la contemplación no puede representar la energía espiritual humana más
plena. La espiritualidad de la Caída con su actitud dualista que proyecta el
cielo sólo después de la muerte, ignora la escatología realizada, a saber las
Buenas Nuevas que el Espíritu Santo está dando a luz una Nueva Creación. Sin
esta nueva creación que implica un nuevo corazón, una nueva conciencia y nuevas
estructuras sociales, la humanidad se exterminará a sí misma y acabará con 20
billones de años de historia y arte. Si no creamos una civilización global
donde reinen la justicia y la paz, donde el espíritu del goce y la celebración
se sientan, tendremos que culparnos a nosotros mismos. La transformación de la
persona y la sociedad de la Nueva Creación presuponen la Vía Creativa. La fe es
confiar en el llamado profético del Espíritu Santo. La compasión es la
celebración y el descubrimiento del eros.
III. El encuentro entre la espiritualidad
occidental y la oriental. El libro Spirituality
in interfaith dialogue (eds. T.
Arai y W. Ariarajah, Geneva, 1989) ha sido una gran inspiración para mí. Consta
principalmente de testimonios de cristianos de diversas partes del mundo que se
han beneficiado de las diversas espiritualidades orientales.
De un encuentro ecuménico
sobre espiritualidad inter-religiosa que tuvo lugar en Kyoto, diciembre del
1987, tomo el siguiente párrafo de la
declaración final:
“Compartiendo
nuestras historias y jornadas y reflexionando conjuntamente, hemos
experimentado entre nosotros algunas afirmaciones comunes: 1ro. Afirmamos el
gran valor del diálogo al nivel de la espiritualidad al llegar a conocer y
comprender a personas de otras de otras fes como gente de oración y práctica
espiritual, como buscadores y peregrinos con nosotros, como compañeros con
nosotros en la realización de la paz y la justicia. 2do. Afirmamos la
profundización de nuestra propia fe en las travesías que nos han llevado a la
vida espiritual y la práctica de otras fes. Al caminar con el otro/la otra, con
el extraño, como los discípulos de Emaús, hemos tenido en nuestro compartir la
experiencia del reconocimiento. Hemos visto al Cristo inesperado y hemos sido
renovados. 3ro. Afirmamos la obra del Espíritu en formas que van más allá del
complejo cristiano y más allá de las fronteras de la religión y nos acoge en el
compromiso creador con personas de otras fes en las luchas del mundo”
Así conocemos autores que se
han inspirado y especializado en la espiritualidad de otras religiones,
particularmente las formas de meditación del hinduismo, el budismo, el taoísmo,
el sufismo, la mística judía, de los aborígenes americanos, etcétera. Un
ejemplo es el P. Y Raguin S.J.
“Mi experiencia comienza cuando
llegué a China en el 1949 y después viví en Vietnam y Taiwán. Mi experiencia no
se basa en el diálogo con monjes budistas o devotos taoístas, sino lo que
denomino el diálogo interior dentro de mi mismo. Estudié algo del hinduismo,
pero mi campo ha sido más el del budismo chino, el taoísmo y el confucianismo.
Estas es la razón por la que conozco la espiritualidad budista y taoísta mejor
que otras espiritualidades. Practicando las formas de concentración interna y
de awareness tomadas de estas tradiciones, he entendido mejor la espiritualidad
cristiana. Esto me ha ayudado a re-descubrir aspectos de la espiritualidad
cristiana que se habían descuidado durante los siglos pasados. A partir de este
diálogo interno, usando tales métodos yo he llegado a una comprensión más
profunda del misterio de la vida en Cristo… Mucha gente objeta este tipo de
práctica. Nos dicen que el método zen no se puede separar del budismo, o que
las formas taoístas de contemplación no se pueden cristianizar. Se olvidan que
el cristianismo nunca tuvo métodos propios, porque Cristo nunca enseñó ningún
método. Por el contrario, Juan el Bautista enseñó métodos de oración. Cuando le
preguntaron a Cristo: ‘Maestro, enséñanos a orar’, él no enseñó un método, él
presentó el contenido de nuestras oraciones, nunca le dijo a los discípulos que
se sentaran, o se pararan, o que meditaran o que contemplaran… los primeros
cristianos siguieron las formas judías de oración. Los métodos pertenecen al
nivel del cuerpo y el corazón, y los elaboro como yo quiera. Son comunes a todos.
Puedo sentarme como un monje budista y respirar como él, pero la diferencia
estará en lo que yo creo. Mi amigo budista se sienta, vacía su corazón, porque
desea alcanzar la iluminación budista. Como cristiano me siento y respiro como
él lo hace, pero yo deseo tener una iluminación cristiana. Aquí descansa la
diferencia, no en el método psicológico sino en la meta que presenta la fe. La
iluminación no depende de mí mismo, es una gracia que viene de Dios. Para mi
amigo budista la iluminación tampoco es el fruto de sus esfuerzos. Es un don de
su naturaleza profunda que es la naturaleza trascendente del Buda” (Spirituality
in interfaith dialogue, 85-86).
Hay
otros ejemplos bien conocidos como el de Tony de Mello, el jesuita indio que ha
asimilado muchos elementos de la religiosidad india (hindú y budista), o el
monje francés Dom Le Saux que abrazó la mística hindú y se convirtió en Swami
Abhishiktananda, o el monje de USA Thomas Merton.
IV. Rasgos de una
espiritualidad que afirma la vida
1.
Sensibilidad
ante la dimensión trascendente de la vida/experiencia humana.
2.
Dimensión
personalista, experiencial, histórica, liberadora, solidaria y comunitaria.
3.
Síntesis
orgánica y dialéctica entre las tensiones espirituales de la vida cristiana:
oración/fidelidad a la vida; piedad de trascendencia/piedad de solidaridad;
espiritualidad de la religión/espiritualidad del Reino; espiritualidad de la
iglesia/espiritualidad del mundo.
4.
Recuperar las
amplias zonas humanas donde el Espíritu se comunica libremente: el arte, la
alegría, la fiesta, etcétera.
5.
Tesón,
fidelidad en el día-a-día (Casaldáliga)
6.
Pasión por la
realidad: que la realidad, la vida del mundo penetre. Voluntad de re-fundar,
actuar para transformar.
Ruben Habito en Healing
Breath, Zen spirituality for a Wounded Earth (1993, Maryknoll, Orbis) sobre
la base del budismo zen indica que la experiencia del despertamiento implica
romper con la conciencia centralizada en el ego que nos impide ver las cosas
como son, de ahí que implique una experiencia de realizar nuestro auténtico
ser, como una experiencia de “retornar al hogar” (cf. Home is where one
starts from, T.S. Eliot).
“En la terminología cristiana,
hemos pensado todo el tiempo que estábamos perdidos en un estado de pecado,
cuando Dios estaba ahí con nosotros. La experiencia del despertar nos capacita
para proclamar con un sentido de gratitud esa gracia sorprendente donde nos
hallamos. Pensábamos que nos habíamos separados de Dios, pero Dios nunca estuvo
por un solo instante separado de nosotros. La vida en el zen no es otra cosa
que llevarnos a casa, y conversamente es aquella que fluye de esta honda
experiencia de sentirse en la propia casa cósmica, donde experimentamos la
recuperación de cada cosa de las que pensábamos estábamos separados. La palabra
recuperación incluye al mismo tiempo el rescate de lo que pensábamos que
estaba perdido y la vuelta a un estado de bienestar y totalidad que fue en
primer lugar nuestro estado original, un estado de santidad y bendición que
existía ‘antes de la fundación del mundo’ (Ef.1.4)”.
Y
para Habito “regresar al hogar” implica una recuperación de cinco cosas:
Deseo para finalizar comentar los dos últimos puntos. La recuperación
de nuestra sombra, el lado oscuro de nuestro ser: caótico, destructivo,
violento. Sabemos que nuestra psique tiene mecanismos de supresión y represión
que hacen que estos aspectos negativos se replieguen a una oscura esquina, pero
ahí sin embargo obran “clandestinamente” en contra de nosotros y alguna vez
afloran. Estos mecanismos se pueden ver también en su dimensión social atroz:
el Holocausto, Hiroshima, las matanzas de Ruanda, etcétera. Mientras vivamos
una vida egoísta, no podremos ver el polo opuesto de nosotros, y lo
“suprimimos” o lo “reprimimos”, o lo proyectamos al Otro. El reconocimiento y
la reconciliación con nuestra Sombra es el primer paso de nuestra curación, y
supone que primero lo reconozcamos y lo aceptemos como parte nuestra, lo que no
significa rendirnos ante ella, sino llegar hasta donde está y reconciliarnos
con ella. Esto nos permitirá encararnos al mal en el mundo con valor y
ecuanimidad y admitir nuestra responsabilidad por ello.
La recuperación de lo femenino. Si el talante patriarcal supone la
subyugación, la explotación, el dominio y la violencia, que trata el yo como
mero peldaño, como medio a un fin, trata al cuerpo como algo separado de la
mente y que tiene que ser sometido por facultades “mayores”, que considera la
naturaleza como algo que debe ser “domada” y avasallada, y niega nuestro lado
de sombra, reprimiéndolo o proyectándolo en los demás. El talante femenino,
implica la relación, más que el control; la cooperación más bien que la
competencia; el compañerismo más que el dominio; el cuidado y el cariño más
bien que la subyugación y la explotación, desatar la compasión cósmica que
efectuará nuestra curación y nos capacitará para sanar la Tierra... (Ver el
artículo “La capacidad de relacionarnos” de D. Ó Murchú en Perfiles
de Mujer IV/1)
V. CONCLUSIÓN
Mc 11,23
“En un valle rodeado por dos altas montañas vivía un
anciano. El apodo que le habían puesto sus vecinos era Viejo Loco, porque
siempre estaba pensando en proyectos imposibles. Un día, el Viejo Loco se cansó
de tener que hacer un largo recorrido parecido a una escalada para salir de su
valle. Reunió a sus familiares y les presentó el proyecto de trasladar las
montañas que obstaculizaban su camino. Su hijo y su nieto se entusiasmaron con
la idea y querían empezar su proyecto inmediatamente. La esposa del anciano, no
obstante, no quedó tan entusiasmada. Movió dubitativamente la cabeza y dijo a
su marido: ‘Tienes 90 años, no tienes ni siquiera la fuerza de quitar un montón
de tierra, ¿cómo puedes aplanar dos altas montañas?, ¿no eres un poco
ambicioso?, además, ¿dónde colocarás la tierra una vez que hayas allanado las
montañas?’. El anciano no se desanimó, ‘podemos arrojar las rocas al mar’
contestó. Su hijo y su nieto estuvieron de acuerdo. Al día siguiente, éstos,
junto al Viejo Loco, tomaron picos y palas y se encaminaron hacia las montañas.
En el camino se les unió un niño de 7 años de una familia vecina. Los cuatro
trabajaron desde la salida hasta la puesta de sol y no regresaron a su casa
para descansar hasta que llegó el invierno. Un hombre sabio del pueblo que se
había enterado del intento del Viejo Loco de aplanar las montañas intentó
disuadir al anciano de su extravagante proyecto con estas palabras: ‘a tu edad
deberías ser suficientemente sensato para saber que tu plan es imposible. Eres
viejo y débil. Ni siquiera puedes arrancar las malas hierbas de tu huerto, ¿qué
te hace pensar que puedes mover una montaña?’. El Viejo Loco suspiró diciendo:
‘tu mente es dura como una roca. Incluso un niño de 7 años es más listo que tú,
¿acaso no puedes ver que aunque no acabe el proyecto mi hijo y mi nieto lo
continuarán? Y si ellos no pueden acabar de trasladar las montañas, sus hijos y
sus nietos continuarán y después los de éstos. Por otra parte, la montaña no
crece. Si cada generación continúa erosionando la montaña, un día ésta quedará
allanada’. El hombre sabio no pudo argüir contra la lógica del Viejo Loco, así
que se marchó. El tiempo pasó, y el Viejo Loco, junto con su hijo y su nieto
continuó cavando en la montaña. Mientras todos se reían ante su imposible
proyecto, los espíritus de la montaña comenzaron a preocuparse. Vieron que el
Viejo Loco estaba decidido, y la montaña no tenía en absoluto que ser allanada,
ni siquiera en un futuro remoto. Alarmados, acudieron ante los señores del
cielo y los informaron de su situación. A los dioses les entró la curiosidad y
les divirtió el intento del Viejo Loco de mover las montañas, pero cuando
vieron su paciencia y su determinación, decidieron ayudarle. Al día siguiente,
cuando la gente miró por las ventanas de sus casas, las montañas que habían
obstaculizado su camino habían milagrosamente desaparecido”. (LIE-TSE,
1997; Madrid, Edaf, 162-63)
BIBLIOGRAFÍA
T. Arai, W. Ariarajah (1989): Spirituality
in Interfaith Dialogue, Geneva: WCC
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Sígueme
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Nueva Nicaragua.
P. Casaldáliga y J.M. Vigil
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J. Espeja (2004): La Espiritualidad Cristiana, La
Habana: Aula B. de las Casas.
M. Fox (1983): Original Blessing, Santa Fe:
Bear
Nuevo Diccionario de
Espiritualidad, eds. S. de
Fiores y T. Goffi, 1991, Madrid: Paulinas
© DIDAJE, 2005
La espiritualidad hoy
Cristina Colás
Religiosa del Sagrado Corazón.
Presidenta de la Conferencia Cubana de Religiosos (CONCUR).
Hoy día en Cuba, hay una especial preocupación por comprender y
vivir la espiritualidad en su integralidad: “vivir según la dinámica profunda
de la vida”, dinámica que implica un
lado exterior de solidaridad y reciprocidad en relación al otro: hombre-mujer,
sociedad, naturaleza; y un lado interior marcado por el diálogo con el yo
profundo, de interiorización y contemplación del misterio que nos habita y que
llamamos Dios.
Pero se trata de una
espiritualidad como compromiso en el mundo, que tiene en cuenta la
responsabilidad histórica del hombre y de la mujer en el proyecto de la
recreación del cosmos; una espiritualidad liberadora, de conversión al prójimo
que sufre, al oprimido. Cada vez más se reconoce que nada de lo que acontece en
la historia es indiferente al proyecto de Dios, que la acción salvífica de Dios
se desarrolla en esta historia nuestra, contando con la mediación de los seres
humanos.
Lo que enriquece la dinámica
de esta espiritualidad es su relación con el seguimiento de Jesús, y por tanto
hablar de espiritualidad hoy es hablar de espiritualidad del seguimiento de
Jesús. Tenemos que entenderla como la realización histórica de la forma de vida
de Jesús y de su “sueño” de una humanidad solidaria y fraterna.
La persona espiritual es la
que vive abierta y dinamizada por el Espíritu de Dios que está en nosotros. No
sabemos hasta dónde podríamos volar en la tarea de inventar y crear el futuro
más libre y justo para todos, si nos dejásemos impulsar por ese Espíritu.
Pero la palabra espiritualidad
suena a muchos como peligrosa; y tienen razón. A veces vemos personas que
acuden a nosotros, a nuestros templos, a nuestras reuniones, a buscar
diferentes experiencias espirituales para aliviar las incertidumbres
interiores, pero olvidándose del prójimo, especialmente de los más pobres, de
los excluidos, a los que perciben como amenaza para su tiempo, para su
tranquilidad o para su bolsillo, y se olvidan apartándose de los compromisos
que son necesarios para construir una Cuba más humana.
Aquí en nuestra tierra existen
otras personas que buscan entrar en el mundo de los “espíritus” para ponerlos
de su parte mediante rituales mágicos que les den buena suerte, les protejan,
etcétera.
Otros creen hoy que el único mundo serio y consistente que
existe es el de la ciencia y la técnica. Lo que no puede resistir el paso por
los laboratorios y los estudios científicos hay que dejarlo, porque no es más
que un mundo mágico en la cabeza, que impide que la humanidad se haga
plenamente responsable de su vida y de su historia. Quizás esto se ha fomentado
en nuestra tierra en las escuelas y universidades al subrayar que la religión
es el opio de los pueblos.
Nosotros, los cristianos,
creemos que el espíritu humano de toda persona está abierto al encuentro y al
diálogo con Dios. No estamos encerrados en este mundo en un tanque blindado,
sin comunicación con la trascendencia, con el Dios personal que se nos ha
revelado en Jesús de Nazaret, quien nos ha mostrado el camino.
Jesús estuvo tan abierto al
espíritu de Dios, que no había ruptura ninguna entre él y Dios. Es el Hijo de
Dios encarnado en un cuerpo humano, en una existencia como la nuestra,
discerniendo en cada encrucijada de su vida lo que debía hacer, lo que conducía
a la vida en plenitud, en lucha contra las fuerzas destructoras de las personas
y causantes de las grandes injusticias en los pueblos.
Baste recordar que Jesús vivió
la verdadera espiritualidad, porque sintió y actuó según el Espíritu en medio
de su pueblo, en plena solidaridad con él. En diferentes momentos de su vida,
lo vemos orando (Mc 1,35-38; en la Transfiguración, en la elección de los doce:
Lc 6,12..., en el Cenáculo, en el Getsemaní, en la Cruz, etcétera). Se comunicaba
con el Padre por medio de la oración. Esta era la forma que Él tenía de
encontrarse con el Padre, de sentir su cercanía, de descubrir la propuesta de
vida que le brindaba, y realizarla con alegría y fortaleza aunque tuviese que
enfrentar grandes amenazas. Fue toda su vida un ser original y sorprendente,
una imagen perfecta del Dios de la vida. Al verlo y contemplarlo vemos a Dios
en medio de nosotros.
También nosotros, cuando hablamos de espiritualidad, buscamos entender y
asumir ese mismo camino de Jesús: vivir según el Espíritu, entrar en
comunicación con el Espíritu de Dios que está en lo más profundo de nuestra
persona, y que quiere mantener un encuentro sin fin con cada uno de nosotros, y
así aportamos nuestra originalidad irrepetible en la construcción de la
justicia y de la verdad que Cuba necesita, superando todos los obstáculos que
amenazan.
Vivimos en una Cuba rota y
tenemos que respetar esa realidad y no idealizarla y sublimarla.
Nosotros tenemos que vivir
según el Espíritu, dejándonos conducir por él, en medio de una Cuba con
profundas fracturas sociales, culturales, religiosas y personales que no están
simplemente fuera de nosotros para contemplarlas como en un escenario, sino que
nos atraviesan tanto personal, como familiar, como comunitariamente,
rompiéndonos y desgarrándonos; por tanto, tenemos que respetar lo real.
El espíritu de Dios es uno y
el mismo en toda persona. Él entra en cada situación y la asume en un diálogo
permanente con nosotros. Él no crea relaciones de dominación ni de competencia,
sino de libertad, para que las diferencias que encontramos sobre la tierra,
como expresión de la inagotable creación de Dios, no se enfrenten, sino que se
complementen.
En medio de esta realidad
cultural cubana tan fragmentada, encontramos personas con una profunda
espiritualidad, en comunidades cristianas vivas, que comprenden los mecanismos
sociales y culturales que los quieren asaltar. Han aprendido a expresar con
claridad la firmeza de las convicciones evangélicas que mueven su vida, y con
gran fortaleza se comprometen en defender su propia identidad y el futuro que
buscan para todo el pueblo.
Estas son personas con una
espiritualidad profunda, es decir, se están dejando conducir por el espíritu de
Dios, con el que vienen sosteniendo un intenso diálogo tanto personal como
comunitario. Esta experiencia es más fuerte y unificadora de las personas que
los mecanismos impuestos que tratan de seducir y apoderarse de los sueños y los
comportamientos de las mismas.
Es que en Jesús todos se nos
ha dicho, pero nosotros todavía no lo hemos comprendido todo. Jesús es la
palabra inagotable de Dios para todas las épocas y culturas, y necesitamos
escuchar lo que nos dice para hoy. Jesús no es una palabra desgastada por la
rutina obsesiva de un mismo discurso que siempre se repite, como esas monedas
que de tanto pasar de mano en mano ya han perdido los relieves de las figuras y
de los números, sino una palabra viva que siempre nos ofrece una novedad de
vida verdadera. Es este espíritu de Jesús el que nosotros necesitamos dejar
vivir hoy dentro de nosotros, para que se renueven nuestras preguntas, nuestras
solidaridades, nuestro lenguaje y nuestra relación con cualquier persona,
creyente o no; y dentro de este mundo roto queremos buscar la integración de
nuestra vida.
Sólo el encuentro con Dios nos integra, porque nos va sanando
por dentro y nos unifica cada día más al llegar hasta las dimensiones más
profundas de nuestro ser. La sociedad en que vivimos, muchas veces nos desintegra
por los golpes de la injusticia, por la fragmentación de la cultura que
respiramos, por las diferencias religiosas que no se entienden, y por nuestras
heridas personales que en la vida nos han marcado. Es bueno creer en la acción
sanadora de Dios en nuestras vidas.
La expresión de Pablo ante los
atenienses cuando les habla de Dios: “En Él vivimos, nos movemos y existimos”
(Hch 17,28), nos hace caer en cuenta que desde el primer momento Dios mantiene
una relación muy intensa con cada uno de nosotros. Hasta cada persona llega la
vida en su dosis exacta, sin detenerse nunca, para que sigamos vivos. Salir de
sus manos en el instante de nuestra creación no fue una despedida, sino que
allí empezó ese encuentro con Él que ya no tiene punto final.
Este encuentro con Dios
podemos vivirlo de manera anónima o en pequeñas ráfagas de conciencia, como
hace la mayoría de la gente. También es posible vivirlo conscientemente y con
intensidad. Entonces, por esa presencia de Dios en nuestra hondura, toda
persona queda afectada y “nos vamos transformando en su imagen con resplandor
creciente” (2 Co 3,18).
Esta relación con Dios no se
realiza aislándonos del mundo, sino en medio del mundo, profundizando en él,
pues es ahí donde podemos encontrarlo, claro y manifiesto en la belleza, en la
convivencia, en la justicia; pero también en lo cautivo, lo solitario y lo
doloroso de las situaciones antihumanas que hemos creado las personas.
En nuestra sociedad socialista
se empiezan a impactar nuestros sentidos por el atractivo del consumo,
fascinándonos con formas y colores, de tal manera que es muy difícil que
podamos rechazarlos. Se van introduciendo, y después ya ellos se encargan de
afectarnos para apoderarse de nuestras decisiones de la manera más sutil. La
posibilidad de Internet y de antenas parabólicas (no siempre al alcance del
pueblo), las películas y novelas, etcétera, han llevado, sobre todo a nuestros
jóvenes, a dejarse afectar por la publicidad y la propaganda. Cualquier tiempo
se aprovecha para introducirnos por el oído la palabra certera que llega al
corazón, que puede desviarnos de lo prioritario en nuestras vidas.
Estas sensaciones que tocan a
la puerta de nuestros sentidos llegan a nuestro pensamiento. Él las analiza, y
las dejamos entrar o las rechazamos como peligro. En nuestra cultura cubana es
posible escuchar todas las opiniones sobre Dios, el mundo, y el sentido o sin
sentido de la vida humana. Los medios de comunicación contribuyen a ello, ya
que las informaciones mediáticas nos llegan rápidamente, sin interrupción.
Recordemos las noticias que recibimos de Cuba y las del extranjero.
Detengámonos un momento, comparémoslas y analicémoslas. Siempre hay una noticia
que eclipsa a las demás y acapara nuestra atención con intensidad. Pero, antes
de que podamos asimilarla, llega la siguiente, que también puede estremecernos.
Esta avalancha de información que no podemos procesar, de diferencias que no
podemos comprender, se va acumulando dentro de nosotros mismos, convirtiendo
nuestro interior en una especie de escritorio lleno de papeles a medio leer,
que no sabemos donde ubicarlos y que no somos capaces de clarificar, romper,
seleccionar, y tirar o acoger.
Esto nos puede conducir a un
cierto relativismo, juzgando que todo es igual, todo es lo mismo, o a un
fundamentalismo que se atrinchera en sus creencias, sin dialogar con el
mundo que le rodea, y quiere imponer a todos sus puntos de vista, ya sea de
manera violenta o en una militancia sin diálogo ninguno.
El pluralismo actual del mundo
—del que Cuba no está exenta—, en cambio, no es una fatalidad, sino una
posibilidad de crecimiento que nos acerca a otras razas, culturas y religiones,
creadas por Dios y en las que también está vivo su Espíritu. Si las
comprendemos, nuestra idea de Dios se enriquecerá. No tengamos miedo a abrirnos
a otras experiencias de Dios, pero hagámoslo con la actitud del discípulo o de
la discípula, quienes están atentos al Jesús que nos acompaña en nuestro
caminar.
Para que esto sea posible, necesitamos
un conocimiento del Dios que Jesús nos revela, para que desde ahí podamos mirar
con serenidad y apertura cualquier diferencia. Jesús mismo, durante su
vida, supo mirar con una gran acogida al centurión romano (Mt 8,5-13) a la
mujer cananea en el país de Tiro y Sidón (Mt 15,21-28), al endemoniado de
Gerasa (Mc 5,1-21), a la mujer samaritana (Jn 4,4 ss), y a tantas otras
personas que no tenían su misma visión
de Dios ni pertenecían a su cultura. Se acercó a esas personas admirando y
contemplando su fe, su búsqueda de la salud, de la vida, de la estabilidad
afectiva, sin dejarse aprisionar por la etiqueta discriminatoria que ya tenían
puesta sobre su rostro como personas ajenas a la fe y a la pertenencia al
pueblo judío. Y pudo experimentar que también por esas personas pasaba el reino
de Dios, desbordando todas las expectativas de los dirigentes de su pueblo.
Y como en el centro de nuestra
persona está el corazón, es importante que caigamos en la cuenta que la
realidad que nos llega por nuestros sentidos y que pasa por el pensamiento
llega a nuestra afectividad. Lo que nosotros sentimos tiene un peso definitivo
en nuestra vida, de ahí que los amos de este mundo buscan crear impactos
sensoriales de tal intensidad que se claven en la afectividad y desde ahí nos
muevan sin que nosotros nos demos cuenta. Basta pensar en las vallas que leemos
a cada paso en nuestra sociedad Se hacen para que sus mensajes nos vayan
impactando igual que los eslóganes o consignas. ¿No tenemos cada persona en
nuestra vida espiritual algunas palabras o frases que nos levantan cuando
estamos en baja y nos ponen a tono con Jesús?
Hoy día, el desencanto que
tienen muchas personas puede venirles de la constatación del fracaso de las
grandes utopías sociales de la modernidad con miras a construir un mundo más
justo y humano donde los pobres de la tierra puedan vivir con dignidad. Esto
hace que muchos concluyan que no hay salida, que no vale la pena luchar, y por
ello no sigan buscando alternativas para una sociedad más justa y más humana.
Podríamos hablar también del
consumismo como alternativa a ese desencanto. Este busca nuevas sensaciones
para evitar el tedio de un mundo sin esperanza, sin utopías por las que luchar.
También se promueve una serie de sensaciones placenteras, pero cortadas del
compromiso y de la trascendencia. Esto puede deberse al desenfoque
afectivo-sexual, promovido por una sexualidad separada del amor y de la
afectividad. ¿Se dará esto en Cuba hoy?
Esta afectividad tiene un peso
decisivo en la vida. Lo que está hondamente asentado en nuestro corazón, lo que
amamos con intensidad, va inclinando poco a poco nuestra vida en esa dirección.
Muchas de nuestras acciones esconden su motivación en las profundidades
desconocidas de nuestra afectividad.
Y en relación con ella,
también podemos decir que la más radical e inagotable fuente de integración es
la experiencia de ser amados como somos y sin ningún tipo de restricciones.
Esta forma de amar sólo nos llega plenamente desde Dios. Cuando nos sentimos
amados, con nuestros valores y con nuestras deficiencias, es entonces que
podremos amar.
Esta misma experiencia la
vivió Jesús al sentirse amado plenamente: Jesús se entrega a la misión para la
que es elegido. Recordemos lo que escuchó al ser bautizado por Juan en el
Jordán: “Tú eres mi hijo muy querido, mi predilecto” (Lc 4). Estas palabras le
impulsan a comenzar su misión. En esta experiencia Jesús anuncia el reino de
Dios que intenta abrirse camino entre
los pecadores y los pobres de Israel desde el amor creador del Padre, que nadie
puede detener. Y nosotros, que hemos experimentado a Dios como Padre, ¿nos
entregamos sin condiciones a la misión para la que hemos sido elegidos?
Tendríamos que revisarnos en este sentido. Pensemos por un momento en la misión
que el Señor nos ha dado en la familia, en la iglesia, en la sociedad que nos
ha tocado vivir hoy y aquí.
La situación cultural que
atravesamos hoy en Cuba nos ofrece la oportunidad de construir juntos este
Reino de justicia, de paz y de amor .No podemos contentarnos con la experiencia
profunda del amor de Dios hacia nosotros. Él nos invita a ser creativos para
construir una Cuba de hermanos. El Señor va con nosotros. No lo podemos
olvidar. Para el encuentro trascendente estamos hechos, y el Señor no nos
dejará tranquilos mientras no trabajemos por la reconciliación y la paz entre
los cubanos.
Esta experiencia del amor nos
llevará a tomar decisiones para que el amor sentido sea un amor encarnado en
las relaciones humanas y en proyectos que crean vida. Para ello tenemos que
descubrir la novedad de Dios, la oferta que nos hace, para ser nosotros mismos,
con nuestra propia vida, una propuesta original y verdaderamente liberadora en
Cuba.
Seremos verdaderamente
espirituales cuando en contra de los que quieren “vendernos” otras cosas, o de
los que están desencantados, los violentos y
los superficiales, descubramos la novedad que Dios nos ofrece. Él nos
invita a que nos entreguemos para crear un futuro nuevo que Dios nunca deja de
suscitar en medio de nosotros.
Pero la verdadera
espiritualidad no nos enseña sólo a encontrar a Dios en la oración, para salir
después a trabajar en el mundo donde Dios está ausente. Tenemos que ir a la
realidad cotidiana con esa sensibilidad para las cosas de Dios en todo momento.
Entonces se profundizará la experiencia de Dios que hemos hecho en la oración
personal. La verificación de la autenticidad de la oración se realiza en la
entrega a los demás.
Y con respecto a la naturaleza y a la ecología quisiera decir
algo: somos invitados a ser co-creadores con Dios y a trabajar por liberar el
cosmos de las cercas injustas y de las contaminaciones, y desarrollar las
responsabilidades nuevas que hay que descubrir. Jesús expresó simbólicamente el
destino de los bienes en las comidas populares, y de manera insuperable en la
Última Cena. En esta cena, los bienes materiales, simbolizados en el pan y el
vino, pero también en la mesa y en los bancos de madera, en las paredes de la
casa y en la arcilla de los jarros, están ordenados para la comunión. Nadie
acapara por la fuerza los bienes para sí solo ni acude el primero para
apropiase de lo mejor. El mismo pan y el mismo vino se comparten entre todos
sin exclusiones ni diferencias. La comida es el sacramento de la unión que nos
llega desde Dios, que da la vida para crear esta comunión.
La unidad inseparable de su vida dada, que va dentro de nosotros
y que es la misma para todos, debe generar en nosotros ese amor activo que no
es otra cosa que la espiritualidad vivida hasta las últimas consecuencias.
Vivamos juntos esta experiencia que nos invita a discernir la inagotable
novedad de Dios entre nosotros.
Descubrir esa novedad de Dios
en cada persona, en cada acontecimiento, es uno de nuestros grandes desafíos.
Para explicar la acción de Dios en la historia, Isaías nos presenta una audaz
imagen maternal de Dios: “Desde lo antiguo guardé silencio, me callaba,
aguantaba; como parturienta grito, jadeo, resuello” (Is 42,14), como si Dios
estuviera embarazado de futuro. Hay un tiempo de silencio de Dios donde el mal
parece fuerte e intocable. Pero, en ese silencio de Dios, que no es de
impotencia ni desinterés, él ya está sembrando el futuro, que es tan pequeño
como el comienzo de una vida en el seno materno. Aparentemente no pasa nada.
Ese silencio es la protección de esa vida nueva, pequeña y frágil, que debe
pasar desapercibida para los que
la amenazan. Más adelante aparecerán los signos externos del embarazo. Durante
este tiempo es necesario estar atentos para ver qué es lo nuevo que se está
gestando en Cuba, en medio de nosotros, para cuidarlo y comprometernos con él.
Nada se puede apresurar con nuestra impaciencia, pues los procesos de gestación
tienen su tiempo y la prisa puede abortar los procesos. Pensemos un momento
ahora, ¿qué de nuevo está naciendo en mi vida personal, familiar, comunitaria?
Y en Cuba, ¿encontramos algo nuevo que está naciendo?
Si seguimos con la figura del
parto, tenemos que considerar que ahora es el tiempo del dolor, del sufrimiento
de todo lo que nace y rompe de alguna manera las costumbres inmóviles, las
leyes injustas, las situaciones acomodadas. ¿Cómo nos sentimos ante el cambio
de época que estamos viviendo? ¿Ante la inseguridad que éste conlleva? ¿Estamos
abiertos a esa novedad? Ya después viene o vendrá la alegría de la vida recién
nacida en medio de nosotros, que poco a poco se irá haciendo fuerte con nuestro
cariño y atención amorosa.
En la espiritualidad cristiana
la capacidad de percibir eso nuevo que Dios va haciendo en la profundidad de
nuestra persona y de nuestro pueblo, en la hondura de la realidad, se llama
discernimiento. Discernir supone adentrarse en el misterio de la voluntad de
Dios. No es ver con claridad sino ser dóciles para dejarse llevar por los
impulsos de Dios, por donde muchas veces no entendemos. Supone además unas
actitudes de calidad humana y cristiana. Quien no tiene en el corazón
comprensión y misericordia, quien no puede perdonar, quien no tiene capacidad
para querer y ser querido, difícilmente se podrá poner en clima de
discernimiento, ya que esto es también fruto de la madurez humana y cristiana.
Discernir es un gesto de fidelidad profunda a la historia, también cuando ella
no tiene nada que ver con lo que pensamos o imaginamos.
Me pareció oportuno
recordarles la letra de uno de los cantos de Mercedes Sosa, que dice así:
Sólo le pido a Dios,
que el dolor no me sea
indiferente,
que la reseca muerte no me encuentre vacío y
solo,
sin haber hecho lo suficiente.
Sólo le pido a Dios,
que lo injusto no me sea
indiferente
que no me abofeteen la otra
mejilla,
después que una garra me arañó
esta suerte.
Sólo le pido a Dios,
que la guerra no me sea
indiferente,
es un monstruo grande y pisa
fuerte,
toda la pobre inocencia de la
gente.
Sólo le pido a Dios
que el engaño no me sea
indiferente,
que un traidor puede más que
unos cuantos,
que esos cuantos no se olviden
fácilmente.
Sólo le pido a Dios
que el futuro no me sea
indiferente.
Desahuciado está el que tiene
que marchar
a vivir una cultura diferente.
También el discernimiento
incluye la capacidad de percibir lo que el mal siembra, que es destructor de la
vida de Dios.
Ahora bien, es importante y
necesario tener la capacidad de discernir los “signos de los tiempos”, las
señales de lo que Dios está haciendo de nuevo en las realidades de Cuba y del
mundo, de nuestra tierra, y en especial de los excluidos y excluidas de nuestra
sociedad. Sería importante pensar por un momento quiénes son los excluidos en
nuestra sociedad cubana: los sidosos, los adictos, los borrachos, las
jineteras, los presos, los ancianos solos, pero también ¿no podrían ser los
ateos, los que no piensan como nosotros, etcétera? Esto puede despertar y
desarrollar en nosotros la esperanza que todos estamos necesitando.
Normalmente somos impulsados a
mirar fuera de nuestra realidad, donde se nos presentan los “ídolos” de este
mundo que nos seducen, pero no desarrollamos la destreza evangélica de mirar
aquí abajo y fuera, donde el reino de Dios se va gestando en el seno materno de
las comunidades y familias, de nuestro barrio, de nuestro centro de trabajo o
de estudios, donde el Reino está naciendo en medio de dolores de parto y donde
necesita de nuestro compromiso para que pueda crecer como salvación para todos.
Por último quisiera señalar
que la fiesta final de la historia ya ha empezado.
El carácter festivo de la vida evangélica es fundamental. En las
diferentes escuelas de espiritualidad que han aparecido en el cristianismo, la
alegría y la celebración ocupan un lugar fundamental.
Ya la primera comunidad
cristiana sorprendió por su alegría (Hch 2,47). El rostro histórico del
Resucitado es la comunidad. ¿Seremos nosotros, serán nuestras comunidades, ese
rostro histórico del Resucitado? La alegría pascual es un don y un sentido que
no se deja apagar por los conflictos históricos inevitables.
En la verdadera alegría y en
la celebración comunitaria hay ya sabor de la fiesta final de la historia, de
la cosecha definitiva del reino de Dios, de la dicha sustancial de la humanidad
que se encuentra con Dios.
En la verdadera celebración,
cada persona, la creación y la historia participan de manera reconciliada. Cada
persona acude a la celebración llevando su propia peculiaridad, donde como
hermanos creemos que Dios está con nosotros y crea el futuro nuevo con nosotros
y de una manera especial con las generaciones más jóvenes, que nos ayudan a
abrir caminos en medio de las fuerzas hostiles que nos combaten.
Lo
importante de todo lo que he querido decirles en esta mañana es que nos dejemos
conducir por el espíritu de Dios que está en nosotros y que es el mismo en
todos. Sólo Él nos puede guiar como miembros de un solo cuerpo para ir
construyendo la belleza armónica de esta tierra cubana habitable, de un mundo
justo con una naturaleza no contaminada y disponible para todos, sin excepción
ninguna; donde toda raza, etnia, cultura y religión tengan su espacio y sientan
que las miradas de su alrededor las acogen en sus diferencias con gozo y
respeto, donde cada persona se sienta hija del Padre y vivamos como hermanas y
hermanos.
¡Oh Señor, envía tu espíritu
para que renueve la faz de la tierra! Ω
© DIDAJE, 2005
Hacia la recuperación de
nuestra espiritualidad cristiana
Carlos M. Camps
Presbiteriano.
Profesor del Seminario Evangélico de Teología de Matanzas y actual Secretario
General del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba.
Dos realidades conforman
nuestra pasión por trabajar el tema de la espiritualidad cristiana. Una esta
determinada por la enorme riqueza que emana del análisis mismo del tema,
realidad que a veces nos envuelve de manera vertiginosa. Lo hemos palpado desde
el comienzo de esta jornada en las sugerencias tan productivas de los temas ya
expresados. La otra se reconoce ante las desafiantes demandas que nos retan
cuando consideramos la espiritualidad en términos de seguimiento, de
discipulado, de lo que Pablo llama en Romanos 8,4 caminar conforme al
Espíritu.
Me
ha tocado la difícil tarea de concluir la jornada y por esta razón me gustaría
afirmar que de estos dos días de debates hemos de salir con la firme convicción
de que nuestra espiritualidad ha de estar centrada no sobre ejercicios de
especulación, aunque nos resulten muy entretenidos, sino más bien encaminada
por el sendero desafiante de verificaciones y de compromisos de participación.
Luego de esta brevísima
confesión, permítanme destacar los tres elementos que les propongo como
esenciales a tratar en el desarrollo de nuestra temática. Son ellos:
1.
La vigencia de
una espiritualidad cristiana frente a la dialéctica de ser y tener,
realidades que caracterizan nuestra época como una verdaderamente crítica.
2.
¿Cómo recuperar
la verdadera espiritualidad cristiana que tanto necesitamos?
3.
¿Qué estilos de
vida requiere nuestra espiritualidad para ser eficaz en la misión de la Iglesia
hoy?
-I-
Entre el ser y el tener, o la dinámica entre la crisis de
racionalidad y la emergencia de la espiritualidad.
Nuestra época esta cargada de retos. Los
procesos de marginación y dominación se han constituido ya en males endémicos
de los países pobres, y frente a esta realidad se levanta con gran urgencia una
lucha por descubrir en sí las variadas dimensiones del
significado profundo de la
vida, exigiendo, las más de las veces, el descubrimiento del gran misterio de
lo espiritual.
Hasta hace poco creíamos que la historia obedecía a
una evolución lineal, pasando de modos de producción menos desarrollados a
otros cada vez mas perfeccionados, como del capitalismo al socialismo. Hoy
constatamos, perplejos, que esto no es verdad. Constatamos también, en la
experiencia más personal, que aquellas referencias exteriores, institucionales,
dejan mucho que desear. En cierto modo, sobre todo los más jóvenes hacen hoy
con la espiritualidad lo que se hacía con la moda en los años 70. Dejaron de
existir el modismo y el figurín, la llamada moda patrón. El chico o la chica
saca del armario del hermano, del padre, del abuelo, de la tía, una pieza de
aquí y otra de allí y crea su propia moda.
Hoy se hace eso con la experiencia religiosa. Un poco
de cristianismo, un poco de budismo, un poco de candomblé,
o un poco de pedigüeñismo santero... Y cada uno monta su experiencia religiosa.
Porque ninguna experiencia parece suficiente para responder a las ansiedades
suscitadas por la crisis de la racionalidad (2).
De esta manera, nos estamos
introduciendo en el interesante fenómeno del cuestionamiento de todos los
esquemas, de todas las ideologías, de todas las ciencias, de todo aquello que
pretende ser una explicación suficiente de lo real, llevándonos a la
ineficiencia de las explicaciones.
El fenómeno se agudiza cuando,
por ejemplo, contemplamos que, como resultado de los cambios de la tecnología y
la economía, nuestros medios masivos de comunicación tienden a absorber la
información y la cultura. Como advierte Ignacio Ramonet, ya no hay sino cultura
de masas e igualmente ya sólo hay información de masas. Por otra parte, según
el periodista y teórico francés, la información no tiene valor en sí misma, por
lo que se refiere, a la verdad o a su eficacia cívica. La información es, en
nuestra época, una mercancía y en tanto que tal, está sometida a las leyes de
la oferta y la demanda, las leyes del mercado, y no a otras leyes como por
ejemplo, los criterios cívicos o éticos (3).
Existe una
sobreabundancia de información que entraña el peligro no sólo de ocultar o
escamotear lo realmente importante, lo
que de veras interesa, sino de entregar un producto nocivo, lastrado por serias
deficiencias éticas desde su origen.
Todo esto y
aún mucho más, que por razones de tiempo no citamos, ¿a qué nos lleva?
Nos lleva a
la tremenda necesidad de superar la crisis de la racionalidad, de los esquemas
pedagógicos de Descartes y los presupuestos científicos de Isaac Newton,
buscando pistas interpretativas en experiencias espirituales. Hemos encontrado
una frase elegante para describir nuestras preocupaciones: el desafío de la
contra cultura que nos conduce a un momento conservador y postmoderno.
¿Cómo se
explica el surgimiento de estas dos corrientes sobre las que se polemiza y se
airean sus peligros y aportaciones?, pregunta el teólogo madrileño José María
Mardones. Su respuesta no se hace esperar:
La respuesta mas rápida sería
decir que son flujos y reflujos de la gran corriente que estructura la sociedad
y la cultura de la modernidad: el denominado positivismo funcionalista (4).
Personalmente añadiría que es el cansancio de nuestros esfuerzos por
reducirlo todo al ejercicio de lo puramente intelectual, de lo lógico racional,
del mecanicismo frío y calculador, que nos impone la tarea de caminar por los
senderos de la experiencia y de la espiritualidad. Es la valoración del
sentimiento por encima de la lógica, poniendo de relieve la insuficiencia de
los planteamientos exclusivamente racionales (ilustrados) ente los problemas
últimos. Es la crisis de la racionalidad moderna, de nuestra manera de entender
al mundo.
Claro está que no pretendo endiosar estos fenómenos culturales, llámense
postmodernismo, conservadurismo, o de cualquier otra forma. No, por supuesto
que no; lo que interpreto y digo es que la fe siempre se ha de vivir en una
sociedad y en una cultura, y que es necesario estar atentos a los movimientos
socio culturales para discernir ahí las llamadas y los peligros, los retos y
las tentaciones para la fe cristiana y sobre todo para la toma en serio de
nuestra espiritualidad. Se trata de analizar el diálogo fe y cultura a fin de
ver con claridad los desafíos, los peligros y las oportunidades, en una tarea
de auscultación de los signos de Dios en nuestro tiempo.
Ayer en la mañana el padre
Espeja nos hablaba de discernir las señales de los tiempos, y yo recordaba que
años antes el teólogo Karl Barth nos había advertido: el cristiano debe
preocuparse por leer la Biblia y el periódico cada día.
Lo que he intentado decir es
que en tiempos de ansias por lo espiritual, frente al desgaste de lo puramente
racional se nos impone el deber de analizar las categorías puentes que nos
ofrecen la mediación intercultural, que corre hoy por el camino de la búsqueda.
El problema, pues, es cómo se
puede luchar contra esta verdadera infección de debilidad moral, donde el
sustituto de los valores universales y fuertes es el esteticismo ético. La
entronización de las modas, las marcas, lo que se lleva, como elemento
orientador de nuestros contemporáneos.
Yo comparto el juicio
expresado también esta mañana de que lo que ahora llamamos postmodernidad
denota un diagnostico de la crisis de la modernidad en nuestra historia, donde
se enuncia a viva voz la crisis y la liquidación de la ética puritana o la
desaparición de los valores que sustentan la economía capitalista, y por estas
razones estoy más que convencido de que, como ayer sucedía en la llamada
modernidad, hoy también sucede en la llamada postmodernidad, en ella se
plantean también enormes retos a nuestra espiritualidad cristiana. Todas estas
nuevas corrientes que dibujan nuestra actual crisis social parecen apuntar a un
pérdida de rumbo moral, y por eso escucho lo que a gritos exige la comunicación
de nuestros valores espirituales.
Aún recuerdo las palabras de
clausura de la 23ª Asamblea de la Alianza Mundial de Iglesias Reformadas,
dichas por su entonces presidente, el doctor Song:
El siglo XX ha sido uno de importantes movimientos
democráticos y de un gran desarrollo económico. Ha sido un siglo en que hombres
y mujeres han peleado juntos por erradicar cadenas de dominación. Un siglo en
que hemos enfrentado a tiranías políticas y sociales. Sin embargo muchas
cadenas aún no han sido rotas.
Consecuentemente el nuevo siglo XXI tendrá que ser el
siglo en que se fortalezca el Espíritu. El siglo del Espíritu. Es indispensable
saber que los desórdenes económicos que sufrimos son causados por los
desórdenes espirituales que tenemos, es indispensable saber que las catástrofes
de nuestro entorno son síntomas de los trastornos espirituales que padecemos.
Se hace imprescindible saber que la dominación de razas, culturas y géneros son
expresiones de nuestra pobreza de espíritu.
Leonardo Boff ha escrito en
uno de sus libros:
Cada vez que una cultura entra en
crisis se produce un retorno vigoroso de lo religioso y de lo místico. Es que
lo religioso elabora la experiencia profunda de un sentido nuevo que religa las
cosas que están separadas, que son las que precisamente provocan la crisis en
la cultura. Ese sentido nuevo religa a la conciencia personal con su profundidad,
religa al yo con los demás, religa al presente y el pasado con la promesa del
futuro, religa al mundo con Dios.
Hoy
podemos decir que asistimos al advenimiento de una nueva religación y de un
nuevo sueño que debemos conferir, como también se dijo ayer, un sentido global
a esta nuestra historia que se hace planetaria y se inscribe en un nuevo
peldaño de la conciencia humana, como conciencia de la humanidad, en una tierra
única en un mismo sistema solar, en nuestra galaxia, en nuestro mismo cosmos.
-II-
¿Cómo recuperar esa
espiritualidad cristiana que tanto necesitamos?
Deseo modificar mi título, es
recuperar y no reconstruir.
Una primera tentativa de
análisis pudiera llevarnos, en primer
lugar, a una tentativa por definir el término espiritualidad. En varias
oportunidades ayer en la mañana lo hicimos.
Tengo que confesarles que, por esta razón, estuve tentado a borrar una
de ellas, la que más me conmueve y se acerca a lo que ha de ser: espiritualidad
es vida, total, abundante, plena. Sin embargo, pensé que hay cosas que se deben
repetir por el valor que ellas tienen y por la necesidad de interiorizarlas
hasta convertirse en verdades que se nos salen a diario en nuestra practica de
fe
Además, es una definición que
aún no ha llegado a la totalidad de la masa cristiana, por lo que necesitamos
recuperarla desde las mismas entrañas de nuestras comunidades de base, desde la
masa de creyentes que conforman la Iglesia en cada lugar, en cada pueblo o en
cada nación.
Muchas veces regocijados en
nuestra contentura por estar escuchando y hablando acerca de las cosas más
importantes y trascendentales de nuestra fe cristiana, nos olvidamos de lo poco
que estas cuestiones se hablan en el seno de nuestras comunidades locales.
Creemos que al debatirlas nosotros en la elite de nuestros espacios de
discusión teológica basta, y no nos
percatamos de que una inmensa mayoría de creyentes cristianos no solamente
ignoran nuestras definiciones existenciales acerca de las verdades de la fe,
sino que se han apoderado de traducciones inexactas, de versiones equívocas que
aún repiten de manera incansable y hasta ofrecen como verdaderas y buenas
nuevas de fe.
Me gusta la idea del espíritu
como viento, como presencia, como guía, que encontramos en el Antiguo Testamento.
Da idea de movimiento, de peregrinaje, de camino, de andar recorriendo, de
viaje.
Sin embargo, esta idea se perdió. El
idealismo greco-romano fundamentó la teología tradicional. Fue, por así
decirlo, el contenedor, el instrumento que canalizó la traducción necesaria a
realizar, cuando el emperador obligó a adoptar la fe cristiana como religión
del Estado. Y se creó una visión
profundamente dualista —que no es bíblica, sino griega—, que se ha transformado
en un elemento del edificio teológico cristiano, definiendo al ser humano como cuerpo por un lado y
espíritu por otro. En consecuencia, el espíritu es parte y no la totalidad del
ser humano.
Ayer se habló de esta concepción dualista
que aún conforma el concepto de la historia, y de la necesidad de recuperar a la historia real como lugar de salvación y
de la dimensión histórica del Reino.
Yo añadiría también estas
otras dos concepciones:
1.
Duplicidad en
el seno de la comunidad cristiana que comenzaba a llamarse Iglesia: la Iglesia
se convirtió en ejercicio de poder por una parte, y ejercicio de obediencia por
otra, donde los misterios, como en toda religión, jugaron su papel controlador.
2.
La cosmovisión
idealista de raigambre platónica, ajena a la cosmovisión materialista e
histórica de la tradición bíblica de los hebreos.
Esa hermenéutica tradicional
heredada, como teoría de interpretación bíblica, ha fomentado un punto de vista
espiritualista que refiere el significado de los acontecimientos bíblicos y la
salvación del hombre a una región espiritual entendida desde el punto de vista
de la existencia del otro mundo.
La espiritualidad que debemos
superar es aquella que se vive sin propósito salvífico, redentor y liberador.
Es espiritualidad en sí misma. Tratase de una espiritualidad que nos conduce a
la tentación de creernos superiores a los demás.
La espiritualidad que debemos
superar es aquella que nos llena la cabeza de discursos acerca de Dios. Sabemos
hablar de Dios, sobre Dios, hasta hablar con Dios. Pero somos analfabetos cuando
se trata de dejar a Dios a hablar en nosotros.
El desafío que se nos plantea
hoy es el intentar reelaborar la historia de la espiritualidad, principalmente
durante el llamado movimiento de Jesús, y compartir lo que vayamos desvelando
en lo posible, vinculado a una espiritualidad que tenga como resultado la
transformación radical del mundo y de las personas hoy. ¿Como recuperar esa
espiritualidad?
Creo firmemente que para
recuperar nuestra espiritualidad hay que ponerla al servicio de la misión. Al final
del evangelio de Lucas Jesús deja también su testamento de predicar a todas las naciones, empezando desde
Jerusalén. (Lc 24,47). Este testamento es además el programa de todo el libro
de los Hechos de los Apóstoles, donde se muestra el dinamismo del Espíritu
Santo, que rompe barreras culturales y límites geográficos.
Hay que convertirla en una
espiritualidad de camino. Para Lucas el cristianismo es esencialmente un camino y los
cristianos son simplemente seguidores
de ese camino. Es un camino que va de Jerusalén hasta el fin del mundo, un
camino que va de la muerte a la vida.
En ese mismo tratado lucano,
Pedro proclama que Dios le ha dado el conocer caminos de vida, y termina su
discurso de Pentecostés proclamando la universalidad del Espíritu: para ustedes
y para sus hijos, para todos los que están lejos, y para cuantos llame el Señor
Dios nuestro.
Hay que dejar que sea el
Espíritu Santo quien la empuje, le otorgue el sentido que tuvo en el llamado
movimiento de Jesús.
Hay que ponerla en la
dirección de ese camino que empezó en Jerusalén; luego desde allí hasta
Antioquía, y por último de Antioquía a Roma.
De ese camino que se hace en
una ruptura continua de fronteras culturales, étnicas, sociales y religiosas,
rupturas que hacen posible la creación de comunidades diferentes en otros
pueblos, naciones y culturas. Es la violencia del Espíritu la que hace posible
estas rupturas, esta misión a todos los pueblos, y la creación de un
cristianismo originalmente pluralista y diversificado. Es el Espíritu quien
hace posible los cambios de estrategias pastorales y la creación de nuevas
comunidades por personas diferentes elegidas por Él.
Ese es el sello de la
espiritualidad cristiana que debemos restaurar, el sello del espíritu de Dios,
motor esencial y único de nuestra misión.
El contenido y la norma de
nuestra misión están implícitos en esa espiritualidad. Esa espiritualidad de
camino, de misión, de ir demostrando que estamos seguros de que Dios es el
Señor de nuestra vida y que por lo tanto estamos inmersos en su presencia a
través de los vientos de Su Espíritu.
Espiritualidad es captar ese
movimiento del Espíritu en el mundo, su dinamismo, su presencia en todas las
cosas. Recordemos que el espíritu de Dios es vendaval, viento fuerte, lo que
crea, lo que estructura el orden establecido e inventa, recrea lo nuevo. La
espiritualidad es la esencia misma de la vida.
-III-
Por
ultimo hablemos del ropaje necesario para vestir nuestra espiritualidad. Un
punto extraordinariamente difícil de describir: los atavíos de nuestra
espiritualidad, la manera de exhibir nuestra espiritualidad.
Permítanme exponer o describir lo siguiente: ver más allá de las
apariencias pero reparar también en las apariencias requiere una relectura
acerca de la espiritualidad de Jesús.
Nos
educaron en la idea de que Jesús tendría una espiritualidad monástica, mas
Jesús no tenía nada de monástico. Ni siquiera era un sacerdote. Era un laico y
disidente de la religión vigente en su tiempo, razón por la cual fue condenado por
blasfemia, herejía, porque osó innovar la ley que Yahvé dio a Moisés.
¿Qué
caracterizaba, pues, su espiritualidad? El núcleo de su espiritualidad, lo que
le hacía posible vivir y convivir aun en el conflicto, era la intimidad con su
Padre Dios, a quien trataba con mucho cariño. Para él Dios era una experiencia
de amor y no un concepto doctrinario o teológico. Era una experiencia efectiva
y afectuosa.
En medio de
esta intimidad con su Padre Dios juega un papel muy importante su dedicación a
la vida de oración.
Pero cuidado, no confundamos esta práctica de oración en su
espiritualidad. Jesús se detenía a orar, la oración era su verdadera necesidad.
El instrumento para hallar paz en sus conflictos. Lo necesario para vivir su
espiritualidad de conflicto.
San Francisco decía que si se suprimiera toda la Biblia bastaría salvar
un solo capítulo, Mateo 10, ya que en su opinión ese capítulo contiene toda la
revelación de Dios. Es el capítulo que narra una espiritualidad en conflicto,
muestra qué es ser cristiano. Y es interesante, ya que comienza con una
dimensión política de la misión en la persecución y concluye con este verso: “Y
cualquiera que dé a uno de estos pequeños un vaso de agua fría solamente, por
cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (v. 42).
Otra manera de vivir su
espiritualidad fue el reconocimiento de que debía experimentar el vaciamiento
de todo lo que no fuera útil a su misión.
Si quiero ver a Dios de manera
clara tengo que ver lo que significó su encarnación. En ella puedo apreciar esa
cualidad de despojarse de todo lo que dificultaba su misión en la figura de
Jesucristo. Su espiritualidad de despojo. Su aceptación del sufrimiento, de la
muerte, de la pasión, que no representa otra cosa que aceptar el lado
verdaderamente humano de su existencia.
Para mí representa un tanto
las lucha de Dios por lo imposible, su pasión por realizar lo que humanamente
parece imposible, por dejar de ser Dios y convertirse en un ser humano. Es el
abandono de uno por sentir la transformación que va a convertir nuestra vida en
vida de participación, una vida de encuentro, y por qué no, una vida de misión,
ya que misión significa abandonar nuestro refugio para lanzarnos a la empresa
de compartir con otros, de ir a buscar al otro, de reencuentro con lo que nos
parece imposible de realizar aquí y ahora. Ese mandato de vaciamiento
representa, pues, nuestra mediación espiritual. Nuestra marca de genuina
espiritualidad cristiana que sólo la obtenemos como gracia, como un carisma del
espíritu de Dios. Y como decía esta mañana nuestra hermana, es espiritualidad
de fiesta, que sólo podemos mostrarla con los parámetros de la alegría.
De esta manera, nuestra
espiritualidad se arropa dentro de la realidad de una vida en proceso, animada
por algo que nos promete realizar la existencia de forma muy especial.
Pero ese abandono en la gracia
y para completar la gracia en otros, nos da fuerza para encarar todo presente y
todo futuro. Nada más ajeno a la espiritualidad cristiana como el temor o la
apatía. Como nos hemos referido a la espiritualidad de Jesús, la nuestra
también ha de gastarse y renovarse en la conflictividad, en la superación de lo
absurdo de nuestra existencia.
Muchos de ustedes saben que
tanto al maestro René Castellanos como a un servidor nos entusiasma la teología
que se realiza desde la perspectiva del absurdo, donde al decir de Sorën
Kierkegaard, la pasión por lo imposible domina la acción y el pensamiento
nuestro. Por esta razón me atrevo a afirmar que en el desarrollo de la misión
hay que incorporar también una espiritualidad marcada por la aventura de lo
imposible, sólo realizable si se está en los senderos de ese huracán que nos
mueve y que es, antes que todo, la presencia de Su Espíritu.
Dios en lo absurdo de nuestro entorno se nos presenta como el misterio
también absurdo, ya que es también irreal e incomprensible, que desafía nuestra
creatividad, nuestra mística, nuestra espiritualidad y nos ordena a dar el
salto de fe para sobrepasar la crisis y descubrir el camino. Un “no te dejaré
hasta que no me bendigas” expresivo del vacío, de la kenosis, del dolor
de nuestra humanidad a transformar. Es en ese vacío absurdo en que nos
ofrecemos a los demás, especialmente y como se ha dicho por los excluidos y no
sólo por la sociedad sino también por nuestra iglesia.
Preparando este final he pensado también en la dimensión comunitaria de
nuestra espiritualidad.
Resulta altamente interesante que una de
las cosas que no hemos logrado cambiar, por lo menos hablo de la experiencia de
mi Iglesia Presbiteriana, es el rostro del ser Iglesia cristiana en Cuba hoy.
Mucho ha cambiado a nuestro
alrededor, la Iglesia aún no ha cambiado; seguimos siendo una pésima caricatura
de lo que hemos recibido de nuestra herencia misionera.
Ayer mencionamos a un teólogo y es bueno repetir hoy su nombre:
Dietrich Bonhoeffer. Él fue uno de los
poquísimos hombres de iglesia que se atrevió, en la Alemania hitleriana, a
implicarse directamente en la actividad política. Fue arrestado en abril de
1943 y encerrado en la cárcel berlinesa de Tegel donde permaneció 18 meses
hasta octubre de 1944, en que fue transferido a una cárcel de la Gestapo, para
después ser internado en el campo de concentración de Buchenwald y ajusticiado
por alta traición en los últimos días del conflicto en la Alta Baviera, en el
campo de Flushenburg, al amanecer del 9 de abril de 1945.
Sus tratados y prédicas llegaron a nosotros en la
difícil década de los sesenta, a través de las contribuciones de los
movimientos ecuménicos, especialmente ISAL y la FUMEC. Eran los días en que
debatíamos la llamada violencia blanca como manera de vencer a la violencia
roja.
La
revelación acaece en comunidad. Acto de Dios que se revela y acto de Dios que
se acoge a la Palabra, pero en comunidad, por lo que una de las marcas visible
de nuestra espiritualidad es la de ser espiritualidad en comunidad.
Termino no
sin antes dejar de mencionar algo que me esfuerzo personalmente para que marque
mi espiritualidad cristiana: el sentido de la esperanza. Nuestro mundo esta
urgido de esperanza y creo que muchas veces no ve esa promesa por la razón de
que no ve en qué se sustenta la esperanza, la razón fundamental para no sólo
creer, sino vivir la fe. Permítanme recordarles ese grito entonado, cantado,
que dice:
Porque una aurora vio su gran
victoria
sobre la muerte, el miedo, las
mentiras,
ya nada puede detener su
historia,
ni de su Reino eterno la venida.
Porque ilumina cada día sendas en
gloria
y las tinieblas derrotó con
lumbre,
Porque su luz es siempre nuestra
historia
y ha de llevarnos a todos a la
cumbre.
Por eso es que hoy tenemos
esperanza,
por eso es que hoy luchamos con
porfía,
por eso es que hoy miramos con
confianza
el porvenir de esta tierra mía.
Y reafirma de nuevo:
Por eso es que hoy tenemos
esperanza,
por eso es que hoy luchamos con
porfía,
Por eso es que hoy miramos con confianza
el porvenir.Ω
© DIDAJE, 2005