La espiritualidad cristiana

en la cultura actual

 

Jesús Espeja

Dominico. Profesor emérito de la Universidad de Salamanca y del Seminario San Carlos y San Ambrosio. Director del Aula “Bartolomé de las Casas”.

 

   Es un gusto para mí estar en este Seminario y poder reflexionar con mujeres y hombres de distintas confesiones cristianas acerca de un tema fundamental para todos nosotros: la espiritualidad. Todos estamos animados por el único espíritu de Jesucristo, y es importante que mutuamente nos apoyemos para crecer a la medida de Aquel que nos convoca.

   Primero explicitaremos los términos del título; luego haremos un diagnóstico aproximativo sobre nuestra realidad cultural, para señalar finalmente algunos rasgos que hoy debe tener la espiritualidad.

 

Qué entendemos por espiritualidad cristiana

 

   Desglosemos los dos términos: espiritualidad y cristiana.

   Espiritualidad: realizar la vida con espíritu.

   Se trata de un término muy traído y llevado en los últimos años. No sólo por mayores, sino también por jóvenes; entre conservadores y avanzados, entre cristianos y en otras creencias. Es  como un cierto clamor difuso y no muy bien definido. Los individuos confían cada vez menos en que las instituciones garanticen su futuro y se ven un poco enfrentados con su propia vida, que deben justificar personalmente. Por otra parte, los grandes proyectos utópicos no se han llevado a cabo y hay que buscar referencias en otro ámbito. Porque el clamor por la espiritualidad brota en distintos suelos, la confusión es grande y conviene aquilatar qué entendemos con ese término. Adelantemos una definición aproximativa: espiritualidad es “realizar la vida con espíritu”; y comentemos estos dos términos.

   La vida recibe distintas interpretaciones según culturas y antropologías. Ahora me fijo en dos: la hebrea y la griega.

   Según la antropología hebrea, vida es la totalidad de todos los bienes que los hombres poseemos: salud física, bienestar económico, satisfacción psicológica, amistad, alegría, felicidad. Como todo eso únicamente es posible dentro de la comunidad humana, la vida individual y la vida social son inseparables; en la cultura bíblica el término vida se refiere primeramente a la vida intrahistórica, de aquí.

   Según la antropología griega, vida es “un movimiento que brota desde dentro del ser”. Cuando florecen sus brotes, hay un signo de que los árboles tienen vida, y la ofrecen; no así cuando sus hojas son movidas por el viento, el árbol puede estar muerto y sus ramas amarillentas se pueden mover porque un aire fuerte las zarandea. Quien habla de movimiento habla de un dinamismo con distintos momentos.

   Así tendríamos una primera visión aproximativa. Vida es la totalidad en proceso de realización. La vida del ser humano incluiría las distintas dimensiones que lo constituyen —física, psicológica, ética, social...— en proceso de realización. Esta presentación elemental da pie a dos observaciones:

1) Hay que superar dualismos inadmisibles en binomios como “cuerpo-alma”, “carnal-espiritual”, “profano-sagrado”. Cuerpo y alma no son dos partes independientes ni contrarias; muchos menos se puede interpretar al cuerpo como prisión del alma. Esa visión maniquea fomentó a veces entre los mismos cristianos el desprecio al propio cuerpo, negando así el valor de la creación: “y vio Dios que era muy bueno”. Cuerpo y alma se refieren más bien a dimensiones de la única realidad: ser perteneciente a la tierra, y ser abierto a la trascendencia que apunta más allá de sus límites. La cosa se agrava porque frecuentemente se identifica cuerpo con carne, y alma con espíritu. Así, hay unas obras corporales que son carnales, y otras del alma que son espirituales. Entonces se acude a San Pablo: “los que viven según la carne apetecen lo carnal, más los que viven según el espíritu apetecen lo espiritual”;1 y ya tenemos que cuerpo, corporal, carne y carnal vienen a ser sinónimo de realidades materiales y negativas. Pero en el texto citado, con el término “carnal” Pablo no se refiere al cuerpo, sino a una forma egoísta de vivir, bien distinta de una vida orientada según el espíritu, una vida en función de la comunidad o reino de Dios. Finalmente, tampoco cabe poner por un lado el mundo profano y por otro el sagrado; todo ha sido creado y bendecido por el Creador, todo ha sido redimido por Jesucristo, y el Espíritu renueva la faz de la tierra; no hay nada profano, si bien muchas realidades y muchas personas del único mundo están siendo profanadas.                                       2) Tampoco valen ya reduccionismos a la hora de interpretar la vida humana. Hombre no es una vida humana superior a la mujer; son dos formas en que se expresa la única vida humana. La discriminación de la mujer nos ha privado de una imagen femenina de Dios, de una lectura peculiar de la Biblia y de una espiritualidad samaritana e integradora de la afectividad. En el ámbito de la teología una mayor presencia y actividad de la mujer habrían enriquecido el seco lenguaje conceptual con otro más simbólico y sin duda más adecuado para aproximarnos al encuentro misterioso de la revelación y de la fe. Ampliando el horizonte, la vida de los seres humanos forma un todo con los demás vivientes, incluso con toda la creación. Según Génesis 1,21.25, el Creador también ha infundido vida “en los monstruos marinos y en los animales salvajes, en las bestias y en los reptiles”, mientras que Romanos 8,23 sugiere la solidaridad de los seres humanos con la creación entera. Si la espiritualidad significa “una vida” en solidaridad con todos los vivientes y con toda la creación, sólo será verdadera manteniendo esas dimensiones.

   Espíritu “dador de vida”. Génesis 2,7 habla del aliento que Dios infundió en el ser humano, dotándolo de vida y movimiento. Aliento, fuerza, vigor o impulso es en la revelación bíblica la manifestación del espíritu, que nunca se define pero siempre deja esa sensación. El espíritu es como el viento, que trae las nubes con agua que sazona la tierra para que acoja y haga crecer la semilla. Como el aire que respiramos, nos permite vivir uniéndonos en la común atmósfera. Es como el fuego que enardece a los profetas, como el agua que da vida y colorido a las plantas. En el credo confesamos al Espíritu Santo como “señor y dador de vida”.

   El único Espíritu que dio vida en la creación, actuó en los jueces y en los reyes, habló por los profetas, e interviene en el corazón de todos los seres humanos, quienes actúan movidos por el hálito creador. En este sentido, bien podemos afirmar que todos los humanos; gracias al Espíritu que nos anima, podemos programar y realizar nuestra existencia.

 

El calificativo cristiana

 

   Se refiere a una existencia inspirada y modelada según el aire, o espíritu, que animó la vida y muerte de Cristo. En aquella conducta histórica hubo tres rasgos que van inseparablemente unidos: intimidad singular con Dios, apasionamiento por la llegada de una nueva sociedad llamada simbólicamente “reino de Dios”, y debilidad hacia los excluidos, pobres, enfermos y otras personas social o religiosamente desclasadas. Rasgos inseparablemente unidos que se completan y al mismo tiempo se salvaguardan. No se puede vivir la intimidad con el Dios verdadero sin vivir al mismo tiempo el apasionamiento por la llegada de su reino y sin ponerse al lado de los que socialmente nada cuentan. Ni es posible construir el reino de Dios sin participar los sentimientos del Padre, que son misericordia y justicia, y sin levantar al desvalido.

   Análogamente la opción evangélica por los pobres y excluidos se inspira en el amor de Dios que uno respira, y tiene por objetivo construir la fraternidad sin discriminaciones. Por eso sigue siendo muy oportuna la recomendación de San Juan a los primeros cristianos: “No creáis a cualquier inspiración; sometedla a prueba para ver si viene de Dios, porque muchos pseudoprofetas se han levantado en este mundo; para saber si la inspiración viene de Dios, seguid este criterio: toda inspiración que Jesucristo ha venido en la carne, es de Dios, pero todo espíritu que no confiese a Jesús, ese no es de Dios”2. Y en la conducta de Jesús hay una experiencia fundamental donde se unen las tres coordenadas: intimidad con el Padre, compromiso en la llegada del reino y opción por la causa de los excluidos.

 

Algunos signos de nuestro tiempo

 

   La espiritualidad se plasma en una existencia humana que siempre se teje dentro de una cultura o sistema complejo en que lo seres humanos interpretan y organizan su vida. Sólo aproximativamente, hay algunos rasgos de nuestro momento fácilmente aceptables por todos. Serán como referencias ineludibles para concretar la forma peculiar que debe revestir la espiritualidad cristiana.

   En primer lugar el eclipse de Dios. Ha tenido lugar en la cultura moderna. Los hombres han  querido ser autónomos y libres; se hacen cargo del mundo, y prescinden cada vez más de los dioses y de la religión que los liga de algún modo a otro mundo. Pero al mismo tiempo los humanos tampoco soportamos el desencanto del mundo ni quedarnos solos sin dioses; por eso, junto a la indiferencia religiosa y ausencia de Dios, hay como una insatisfacción, una nostalgia, un cierto retorno a lo religioso de formas muy variadas y a veces extrañas.

Sin embargo, es innegable que la modernidad es el tiempo en que ha surgido un nuevo modelo de hombre que quiere ser libre, pensar y actuar por su cuenta. Que no acepta dictados ni normas impuestas desde arriba ni desde fuera si no pasan por el cierne de su razonamiento personal. Y en este anhelo de autonomía se mantiene también esa etapa de la época moderna  que llamamos postmodernidad, acentuando sin embargo un nuevo aspecto: la consistencia de lo inmediato y presente. No serán ya de recibo dioses o religiones que pongan la salvación sólo más allá de la historia, sin relación alguna con la liberación y la felicidad parciales ya conseguidas aquí, en el tiempo y en la tierra.

   A pesar de los muchos progresos científicos y técnicos, la injusticia y el desequilibrio entre ricos y pobres siguen siendo lacras que desfiguran lastimosamente a nuestro mundo. El fenómeno de la globalización, sin duda fruto ineludible de nuestros adelantos en los medios de comunicaciones y en técnicas avanzadas sobre economía, no reduce ni subsana esos desequilibrios, sino que los acentúa. El problema de la pobreza sigue ahí como látigo e interrogante para la humanidad.

Finalmente, hay en el mundo actual otro serio problema: se nos muere la esperanza entre las manos. Viendo el panorama, no quedan referencias firmes para mirar confiadamente hacia el porvenir. Hoy sólo tendrán garantía quienes sean capaces de sembrar esperanza en las jóvenes generaciones. Una conducta responsable y comprometida con esta sociedad, no debe abstraer de esta situación.

 

Cómo debe ser hoy una espiritualidad cristiana

 

   El cambio necesario no es lo mismo que demolición; hay que mantener continuidad con el pasado; lo nuevo en el cristianismo es siempre descubrimiento creador de su esencia originaria.  Sin embargo, tampoco vale la instalación en el pasado; hay que adaptar esa originalidad a cada época. Sin la pretensión de agotar el tema, y siguiendo la lectura hecha sobre los signos de la nueva cultura, cabe destacar algunas vertientes.

 

En continuidad con el legado recibido

 

   Como la Iglesia, la espiritualidad cristiana, si bien se hace y se renueva cada día, ya está  hecha en Jesucristo y en aquellos seguidores suyos que han encarnado, en su vida y en su contexto, el espíritu evangélico. Luego una espiritualidad cristiana para hoy debe brotar en continuidad con el pasado auténtico del cristianismo, en dos aspectos:

·       Asumiendo lo que hay de verdadero, bueno y válido todavía en lo pasado. Por ejemplo, prioridad del amor, centralidad de la Escritura y de la Eucaristía, huida del mundo como libertad ante las idolatrías o falsos absolutos de la tierra. Aunque también hay que discernir, abandonando  interpretaciones, formas y moldes que hoy no son significativos ni tienen garra. No tienen porqué desaparecer de nuestras bibliotecas publicaciones que, si bien hoy no pueden ser  manuales de una espiritualidad cristiana renovada conforme al Vaticano II, sirvieron en  tiempos pasados para santificación de muchos y siguen siendo importantes algunas de sus insistencias; pienso, por ejemplo, en La Imitación de Cristo, escrita por Tomás de Kempis. Habrá que cambiar en la forma de hacer los Ejercicios Espirituales, pero en ellos siempre habrá que aprender el silencio necesario para enfrentarnos a los momentos más difíciles de la existencia.

·       Teniendo coraje para aceptar lo institucional y las prácticas necesarias para que la fe cristiana no se diluya en pura subjetividad, pues, tratándose del hombre, no hay espíritu sin cuerpo, realización personal sin relación comunitaria, ni vida seria sin unas normas. No sabemos cómo será lo institucional en la Iglesia del futuro, y parece que la decisión personal ha de prevalecer sobre la normatividad objetiva. Pero, dada la economía de la encarnación, una espiritualidad cristiana sin organización visible y sin canalización normativa, no tiene garantías y corre peligro de fenecer.

 

Experiencia del Dios incomprensible

 

   La  característica más importante de la espiritualidad cristiana es la relación inmediata con Dios. Pero sufrimos hoy el eclipse de Dios: el hombre transforma al mundo y se transforma a sí mismo, sin dejar campo a los poderes celestiales: un mundo a imagen y semejanza del hombre. Con sus métodos científicos los seres humanos someten a crítica y pretenden dominar incluso el fenómeno religioso, sin necesidad de acudir a instancias sobrenaturales. El hombre no ve sentido a la oración ni siente necesidad de justificarse ante tantos males del mundo y ante sufrimientos inútiles del inocente.

   En Jesucristo, los cristianos hemos recibido una buena noticia sobre Dios: es esencialmente bueno, sólo sabe amar. Alguien en quien siempre podemos confiar. Su mediación es la vida y nunca envía males para castigarnos. Nos admira no tanto por su gloria deslumbrante cuanto por su cercanía gratuita e  inesperada. Admiración que se hace misterio incomprensible por su silencio e incomprensibilidad en su misma cercanía.

   En la cultura moderna cada vez más Dios aparece como hipótesis inútil. Nunca se impone por la fuerza y manifiesta su poder como amor que sustenta y hace que los hombres puedan actuar por su cuenta como si Dios no existiera. El futuro de la espiritualidad cristiana exigirá una fe personal “experienciada”, que permita gustar esa cercanía gratuita de Dios en la “noche oscura” de su silencio; cuando podamos seguir invocándole como un “tu”, esperando que nos hable y aceptando la silenciosa oscuridad en el camino. ¿Quién no ha vivido esta situación ante la existencia dura e irreversible de tantos males en la propia existencia, en los demás y en

el mundo? Hay quienes, ante tantas desgracias, pierden la fe y se declaran ateos, mientras otros más piadosos intentan disculpar a Dios interpretando que tales desgracias son pruebas que nos envía para conseguir méritos. Unos y otros se fabrican una divinidad a su medida. ¿Por qué, siguiendo la línea de la encarnación, no pensamos que Dios está con nosotros y   dentro de nosotros para, con nosotros, vencer tantas limitaciones, fracasos y males que nos humillan?  Tenemos que abrir y ensanchar el corazón para dejarnos trabajar simultáneamente por la cercanía e incomprensibilidad de Dios que aumenta en la medida en que se autocomunica.

 

Espiritualidad mundana

 

   Algunos cristianos aún no digieren esta expresión, empleada hace ya años por Karl Rahner; siguen todavía con una visión totalmente negativa del mundo. Pero en realidad se quiere decir algo muy sencillo: sólo una preocupación solidaria con la humanidad y su entorno, que busca la liberación y la felicidad para todos, responde al espíritu de Jesucristo que renueva la faz de la tierra y actúa en la evolución de los tiempos. Estoy diciendo que la vida temporal y el servicio al mundo es versión de la espiritualidad cristiana.

   Sencillamente porque la salvación en el evangelio es presentada con el símbolo “reino de Dios”, que nace y crece ya en los surcos de nuestro mundo, la entera familia humana y la creación que es su hogar. Ese mundo es ya posibilidad para realizar la vida según el Espíritu; porque ha sido creado y bendecido por Dios; porque ha sido puesto bajo el signo de la redención que tuvo lugar en Jesucristo. Fuera de ese mundo no hay salvación, y es ahí donde podremos encontrar la cruz de Cristo y también la cercanía de Dios siempre mayor e incomprensible. Todas las realidades de este mundo son llamadas y están abiertas a ser fecundas por la gracia para que lleguen a su plenitud. Y ese mundo es también tarea; debe ser ordenado y construido por el hombre. Por eso la vida mundana, de relación con los demás y con las realidades creadas, vivida honradamente y sin curvación egoísta, es ya camino de espiritualidad.

   Es normal que algunos cristianos se resientan por la expresión “espiritualidad mundana”. Durante mucho tiempo el mundo se interpretaba como sinónimo de pecado, y la huida del mismo se proponía como condición imprescindible para un camino serio de santificación cristiana. Pero, sin negar esa parte de negatividad que también tiene, el mundo, entendido como la entera familia humana y la creación, es el único lugar en que la humanidad existe, se perfecciona o se santifica. Por eso hay que reinterpretar la tradicional fuga mundi, entendiendo la huída en relación a las idolatrías o falsos absolutos que desfiguran a la humanidad y oscurecen el rostro de la creación.

 

Potenciar la responsabilidad personal

 

   El mundo moderno es el tiempo en que los seres humanos recuperan la subjetividad y quieren ser sujetos que toman las riendas de su existencia. En el Vaticano II la Iglesia reconoció este signo de nuestro tiempo y afirmó que  los seres humanos hemos sido puestos en manos de nuestra propia decisión. Quiere decir que una espiritualidad cristiana sólo puede avanzar  con garantías por esta nueva sensibilidad. Cosa que por otro lado se impone, ya que hoy la libre actividad de las personas ya no está controlada, como en otros tiempos, por normativas sociales o religiosas ni por condicionamientos de la vida económica. Hoy los seres humanos tienen posibilidad de actuar sin medida y sin control externos. Pensemos por ejemplo en la libertad sexual y en el abuso del poder con  tantos mecanismos de anonimato y encubrimiento. Quiere decir que se apela indirectamente a la responsabilidad y decisión personales.

   La única garantía para esta responsabilidad personal es una fe personal o experiencia mística. Soy consciente de que esta última palabra no tiene buena prensa, pues con frecuencia se la interpreta como divinos consuelos o intervenciones milagrosas y raras. Pero aquí significa únicamente vida intensa de fe como encuentro personal con el misterio que es Dios mismo revelado en Jesucristo. Sin ese encuentro personal, tampoco será posible una transformación  estructural de la ascética, que no sea ya imposición preceptiva desde arriba y desde  fuera, sino  fruto de una decisión personal con que el hombre y la mujer se imponen a sí mismos unos límites. En la espiritualidad cristiana la ascesis debe ser una versión de la mística y pertenecer al apasionamiento por realizar la configuración con Jesucristo.   

 

Quedan los pobres y Dios

 

   A mediados del siglo pasado hubo en los pueblos de América Latina un fuerte clamor de las mayorías empobrecidas que pedían supervivencia y dignificación. La Iglesia fue sensible a ese clamor y en él descubrió la voz de Dios, que quiere la vida en plenitud para todos. La llamada Teología de la Liberación supuso no sólo un cambio en el método teológico, sino que también exigió una revisión de los temas clásicos de la Teología, y finalmente desencadenó una nueva espiritualidad. Bien significativo es el libro Beber en su propio pozo, en el itinerario espiritual de un pueblo, escrito por  Gustavo Gutiérrez, sin duda uno de los teólogos más serios y profundos de este movimiento teológico.

   Por situaciones sociales y por reacciones intraeclesiales, esa Teología de la Liberación ha sido dejada un poco de lado. Y no cabe duda que debe ser actualizada, pues el panorama del mundo es bien distinto al de hace algunas décadas. Pero su inspiración, su objetivo y el cambio que supuso para el método teológico no se deben olvidar. En todo caso, las mayorías empobrecidas y la dependencia intolerable de los pueblos no fueron inventadas por los teólogos latinoamericanos de la liberación. Ni se acaban condenando a esos teólogos. Los pobres, a veces con un clamor sordo e inarticulado, si bien con frecuencia narcotizado, siguen ahí, como denuncia de lo que Dios no quiere y como exigencia de conversión para todos. Una verdadera espiritualidad cristiana no se puede abstraer del compromiso por esas mayorías empobrecidas, pues la opción cristiana por los excluidos pertenece a la experiencia de Dios revelado en Jesucristo.

 

Fidelidad a largo plazo

 

   No sólo mirando a la dependencia y exclusión que sufren los más pobres del mundo, sino a los desequilibrios que aquejan a la humanidad, hoy no resulta fácil la esperanza, esa mirada confiada hacia el porvenir. Los grandes proyectos utópicos que a lo largo de los últimos siglos,  se levantaron con extraordinarias promesas, hoy han perdido credibilidad, y la gente trata únicamente de buscar el pan y la diversión de cada día sin más complicaciones. Estamos siguiendo la política del avestruz, que mete la cabeza bajo el ala, y se desentiende de lo que sucede a su alrededor. Los mismos creyentes cristianos debemos poner a prueba nuestra esperanza “teologal”, cuando constatamos que a nuestros empeños por anunciar el Evangelio no siguen resultados palpables, y que lo más importante para nosotros apenas tiene interés para la mayoría de la humanidad.

También aquí la espiritualidad cristiana debe volver los ojos a Jesús de Nazaret, “iniciador y consumador de la fe”, que garantiza una mirada de optimismo hacia el porvenir. Aquel hombre, siendo Hijo, “sufriendo aprendió lo que es la obediencia”, y esperó lo humanamente imposible, porque vivió la verdad más decisiva: el mundo y la historia humana están habitados por un amor incondicional, y todo lo que se haga por amor no cae ya en el vacío. Tenemos fundamento a confiar porque, ocurra lo que ocurra, la primera y la última palabra sobre nuestro mundo son de amor y de vida. Mientras vamos de camino, en medio de las sombras y de los sufrimientos, podemos vislumbrar los inicios o las marcas de un futuro animado por la gracia. Con esa visión cabe una fidelidad a largo plazo. La novedad inaudita de la encarnación presta buena base para esperarlo todo de Dios, que ha dicho su “sí” definitivo a favor de este mundo y nos ha liberado a “cuantos por temor a la muerte estábamos sometidos a la esclavitud” 3.Ω

 

 

1 Ro 8,15

2 Jn 4,1-3

3 Heb 2,15

©  DIDAJE, 2005

 

 

Hacia una espiritualidad que afirme la vida

(Ex 3, 1-2; Jn 7, 37-38)

 

Adolfo Ham

Presbiteriano. Profesor del Seminario Evangélico de Teología de Matanzas y

 Director del ISEBIT.

 

Es fácil ser santo cuando no se quiere ser humano” Kart Marx

 

Lo que nos hace falta a todos nosotros es una nueva fórmula de lo que significa ser santo” Teilhard de Chardin 

 

A la memoria de P. Teilhard de Chardin y Dietrich Bonhoeffer

 

I. Definiciones de espiritualidad

 

·       “Vivir a Dios en la vida, compartiendo el Espíritu”

·       “Vivir la espiritualidad del   Reino”

·       “Dejarnos rociar y refrescar por los Ríos de Agua Viva del Espíritu”

·       “Esfuerzo reflexivo y ético que las personas dedican a sí mismos en orden a un perfeccionamiento personal” (Nuevo Diccionario de Espiritualidad, de Fiores y Goffi)

·       “Conjunto de inspiraciones y convicciones que animan interiormente a los cristianos en su relación con Dios, así como el conjunto de reacciones y expresiones personales o colectivas y formas exteriores que concretizan dicha relación” (Id.)

·       “Captar la presencia del Espíritu en todas las cosas” (Boff-Betto)

·       “Una vida realizada con E/espíritu” (Espeja)

·       “La motivación que impregna los proyectos y compromisos de vida… la motivación y mística que inspira el compromiso” (Galilea).

·       “Captar nuestro Centro y vibrar con el Todo” (id.)

·       “La espiritualidad es un sendero pleno de vida, una forma de vida llena del espíritu” (Fox)

·       “A través de todas las edades la espiritualidad se ha asociado a un conjunto establecido de convicciones y valores abrazada a un estilo de vida particular, y celebrada regularmente en la devoción, la oración, el ritual o la adoración” (Ó Murchú)

 

II. M. Fox: una comparación entre una “Espiritualidad de la Creación” y otra “del Pecado/Redención” (Original Blessing, 1983, Santa Fe, Bear & Co.)

 

   Representantes de la espiritualidad del pecado/redención: San Agustín, Tomás de Kempis, Bossuet, Tanquerry. Representantes de la espiritualidad de la creación: Ireneo, Benedicto, Hildegard, Francisco de Asís, Tomás de Aquino, Mechthild, Eckhart, Nicolás de Cusa, Teilhard, Chenu, Th. Merton, feministas, teólogas y teólogos de la liberación.

   Fox habla de cuatro vías en la espiritualidad:

A.      La vía positiva: una espiritualidad de afirmación, gratitud, éxtasis, de creación y encarnación. Sendas de vida/no muerte, de conciencia/no de insensibilidad, de eros/no de control. Saborear las bellezas y las profundidades cósmicas de la creación, que toda la creación brote de nuevo. Espiritualidad del goce. Espiritualidad de la palabra.  La santidad como hospitalidad cósmica.

B.      La vía negativa: mientras la vía positiva nos muestra el hálito cósmico de lo vivo, la vía negativa nos abre las profundidades de lo divino. El vacío es el reverso de la superficie del cosmos. Somos seres cósmicos no sólo en nuestro gozo y éxtasis sino también en nuestro dolor y sufrimiento, la kenosis y la cruz. El Dios catafático es también el apofático. Nosotros experimentamos la luz y las tinieblas, la plenitud y el vacío, somos dialécticos como Dios mismo.

C.      La vía creativa: es la celebración de ambas vías anteriores. No puede haber la creatividad del parto sin la vía positiva, ya que la creatividad es energía cósmica. Pero tampoco puede surgir la creatividad donde no se permite la negatividad, donde domine el temor a lo oscuro por encima de una reverencia a lo oscuro y lo que puede nacer de las tinieblas. El ascetismo mata la creatividad. Somos co-creadores con Dios. Dijo Eckhart: “Una vez tuve un sueño en el que aunque era hombre estaba embarazado como una mujer con un niño, estaba grávido de la nada, y de esta nada Dios nació”. Dios como Madre y como Niño. La Resurrección.

D.      La vía transformativa: la Nueva Creación es el estallido de la energía creadora de los seres vivos y los pueblos. Si como hizo San Agustín, se separa la acción de la contemplación, entonces la contemplación no puede representar la energía espiritual humana más plena. La espiritualidad de la Caída con su actitud dualista que proyecta el cielo sólo después de la muerte, ignora la escatología realizada, a saber las Buenas Nuevas que el Espíritu Santo está dando a luz una Nueva Creación. Sin esta nueva creación que implica un nuevo corazón, una nueva conciencia y nuevas estructuras sociales, la humanidad se exterminará a sí misma y acabará con 20 billones de años de historia y arte. Si no creamos una civilización global donde reinen la justicia y la paz, donde el espíritu del goce y la celebración se sientan, tendremos que culparnos a nosotros mismos. La transformación de la persona y la sociedad de la Nueva Creación presuponen la Vía Creativa. La fe es confiar en el llamado profético del Espíritu Santo. La compasión es la celebración y el descubrimiento del eros.

 

III. El encuentro entre la espiritualidad occidental y la oriental. El libro Spirituality in interfaith dialogue (eds. T. Arai y W. Ariarajah, Geneva, 1989) ha sido una gran inspiración para mí. Consta principalmente de testimonios de cristianos de diversas partes del mundo que se han beneficiado de las diversas espiritualidades orientales.

   De un encuentro ecuménico sobre espiritualidad inter-religiosa que tuvo lugar en Kyoto, diciembre del 1987, tomo  el siguiente párrafo de la declaración final:

 

 “Compartiendo nuestras historias y jornadas y reflexionando conjuntamente, hemos experimentado entre nosotros algunas afirmaciones comunes: 1ro. Afirmamos el gran valor del diálogo al nivel de la espiritualidad al llegar a conocer y comprender a personas de otras de otras fes como gente de oración y práctica espiritual, como buscadores y peregrinos con nosotros, como compañeros con nosotros en la realización de la paz y la justicia. 2do. Afirmamos la profundización de nuestra propia fe en las travesías que nos han llevado a la vida espiritual y la práctica de otras fes. Al caminar con el otro/la otra, con el extraño, como los discípulos de Emaús, hemos tenido en nuestro compartir la experiencia del reconocimiento. Hemos visto al Cristo inesperado y hemos sido renovados. 3ro. Afirmamos la obra del Espíritu en formas que van más allá del complejo cristiano y más allá de las fronteras de la religión y nos acoge en el compromiso creador con personas de otras fes en las luchas del mundo”

 

   Así conocemos autores que se han inspirado y especializado en la espiritualidad de otras religiones, particularmente las formas de meditación del hinduismo, el budismo, el taoísmo, el sufismo, la mística judía, de los aborígenes americanos, etcétera. Un ejemplo es el P. Y Raguin S.J. 

 

“Mi experiencia comienza cuando llegué a China en el 1949 y después viví en Vietnam y Taiwán. Mi experiencia no se basa en el diálogo con monjes budistas o devotos taoístas, sino lo que denomino el diálogo interior dentro de mi mismo. Estudié algo del hinduismo, pero mi campo ha sido más el del budismo chino, el taoísmo y el confucianismo. Estas es la razón por la que conozco la espiritualidad budista y taoísta mejor que otras espiritualidades. Practicando las formas de concentración interna y de awareness tomadas de estas tradiciones, he entendido mejor la espiritualidad cristiana. Esto me ha ayudado a re-descubrir aspectos de la espiritualidad cristiana que se habían descuidado durante los siglos pasados. A partir de este diálogo interno, usando tales métodos yo he llegado a una comprensión más profunda del misterio de la vida en Cristo… Mucha gente objeta este tipo de práctica. Nos dicen que el método zen no se puede separar del budismo, o que las formas taoístas de contemplación no se pueden cristianizar. Se olvidan que el cristianismo nunca tuvo métodos propios, porque Cristo nunca enseñó ningún método. Por el contrario, Juan el Bautista enseñó métodos de oración. Cuando le preguntaron a Cristo: ‘Maestro, enséñanos a orar’, él no enseñó un método, él presentó el contenido de nuestras oraciones, nunca le dijo a los discípulos que se sentaran, o se pararan, o que meditaran o que contemplaran… los primeros cristianos siguieron las formas judías de oración. Los métodos pertenecen al nivel del cuerpo y el corazón, y los elaboro como yo quiera. Son comunes a todos. Puedo sentarme como un monje budista y respirar como él, pero la diferencia estará en lo que yo creo. Mi amigo budista se sienta, vacía su corazón, porque desea alcanzar la iluminación budista. Como cristiano me siento y respiro como él lo hace, pero yo deseo tener una iluminación cristiana. Aquí descansa la diferencia, no en el método psicológico sino en la meta que presenta la fe. La iluminación no depende de mí mismo, es una gracia que viene de Dios. Para mi amigo budista la iluminación tampoco es el fruto de sus esfuerzos. Es un don de su naturaleza profunda que es la naturaleza trascendente del Buda” (Spirituality in interfaith dialogue, 85-86).

 

   Hay otros ejemplos bien conocidos como el de Tony de Mello, el jesuita indio que ha asimilado muchos elementos de la religiosidad india (hindú y budista), o el monje francés Dom Le Saux que abrazó la mística hindú y se convirtió en Swami Abhishiktananda, o el monje de USA Thomas Merton.

 

IV. Rasgos de una espiritualidad que afirma la vida

 

1.       Sensibilidad ante la dimensión trascendente de la vida/experiencia humana.

2.       Dimensión personalista, experiencial, histórica, liberadora, solidaria y comunitaria.

3.       Síntesis orgánica y dialéctica entre las tensiones espirituales de la vida cristiana: oración/fidelidad a la vida; piedad de trascendencia/piedad de solidaridad; espiritualidad de la religión/espiritualidad del Reino; espiritualidad de la iglesia/espiritualidad del mundo.

4.       Recuperar las amplias zonas humanas donde el Espíritu se comunica libremente: el arte, la alegría, la fiesta, etcétera.

5.       Tesón, fidelidad en el día-a-día (Casaldáliga)

6.       Pasión por la realidad: que la realidad, la vida del mundo penetre. Voluntad de re-fundar, actuar para transformar.

 

   Ruben Habito en Healing Breath, Zen spirituality for a Wounded Earth (1993, Maryknoll, Orbis) sobre la base del budismo zen indica que la experiencia del despertamiento implica romper con la conciencia centralizada en el ego que nos impide ver las cosas como son, de ahí que implique una experiencia de realizar nuestro auténtico ser, como una experiencia de “retornar al hogar” (cf. Home is where one starts from, T.S. Eliot).

 

“En la terminología cristiana, hemos pensado todo el tiempo que estábamos perdidos en un estado de pecado, cuando Dios estaba ahí con nosotros. La experiencia del despertar nos capacita para proclamar con un sentido de gratitud esa gracia sorprendente donde nos hallamos. Pensábamos que nos habíamos separados de Dios, pero Dios nunca estuvo por un solo instante separado de nosotros. La vida en el zen no es otra cosa que llevarnos a casa, y conversamente es aquella que fluye de esta honda experiencia de sentirse en la propia casa cósmica, donde experimentamos la recuperación de cada cosa de las que pensábamos estábamos separados. La palabra recuperación incluye al mismo tiempo el rescate de lo que pensábamos que estaba perdido y la vuelta a un estado de bienestar y totalidad que fue en primer lugar nuestro estado original, un estado de santidad y bendición que existía ‘antes de la fundación del mundo’ (Ef.1.4)”.

 

   Y para Habito “regresar al hogar” implica una recuperación de cinco cosas:

 

  1. La recuperación del ahora (aprender a vivir el aquí y el ahora y no utilizarlo como mero trampolín para el mañana).
  2. La recuperación del cuerpo.
  3. La recuperación de la naturaleza.
  4. La recuperación de la sombra.
  5. La recuperación de lo femenino en nosotros.

 

Deseo para finalizar comentar los dos últimos puntos. La recuperación de nuestra sombra, el lado oscuro de nuestro ser: caótico, destructivo, violento. Sabemos que nuestra psique tiene mecanismos de supresión y represión que hacen que estos aspectos negativos se replieguen a una oscura esquina, pero ahí sin embargo obran “clandestinamente” en contra de nosotros y alguna vez afloran. Estos mecanismos se pueden ver también en su dimensión social atroz: el Holocausto, Hiroshima, las matanzas de Ruanda, etcétera. Mientras vivamos una vida egoísta, no podremos ver el polo opuesto de nosotros, y lo “suprimimos” o lo “reprimimos”, o lo proyectamos al Otro. El reconocimiento y la reconciliación con nuestra Sombra es el primer paso de nuestra curación, y supone que primero lo reconozcamos y lo aceptemos como parte nuestra, lo que no significa rendirnos ante ella, sino llegar hasta donde está y reconciliarnos con ella. Esto nos permitirá encararnos al mal en el mundo con valor y ecuanimidad y admitir nuestra responsabilidad por ello.

La recuperación de lo femenino. Si el talante patriarcal supone la subyugación, la explotación, el dominio y la violencia, que trata el yo como mero peldaño, como medio a un fin, trata al cuerpo como algo separado de la mente y que tiene que ser sometido por facultades “mayores”, que considera la naturaleza como algo que debe ser “domada” y avasallada, y niega nuestro lado de sombra, reprimiéndolo o proyectándolo en los demás. El talante femenino, implica la relación, más que el control; la cooperación más bien que la competencia; el compañerismo más que el dominio; el cuidado y el cariño más bien que la subyugación y la explotación, desatar la compasión cósmica que efectuará nuestra curación y nos capacitará para sanar la Tierra... (Ver el artículo “La capacidad de relacionarnos” de D. Ó Murchú en Perfiles de Mujer IV/1)

 

V. CONCLUSIÓN

 

Mc 11,23

 

“En un valle rodeado por dos altas montañas vivía un anciano. El apodo que le habían puesto sus vecinos era Viejo Loco, porque siempre estaba pensando en proyectos imposibles. Un día, el Viejo Loco se cansó de tener que hacer un largo recorrido parecido a una escalada para salir de su valle. Reunió a sus familiares y les presentó el proyecto de trasladar las montañas que obstaculizaban su camino. Su hijo y su nieto se entusiasmaron con la idea y querían empezar su proyecto inmediatamente. La esposa del anciano, no obstante, no quedó tan entusiasmada. Movió dubitativamente la cabeza y dijo a su marido: ‘Tienes 90 años, no tienes ni siquiera la fuerza de quitar un montón de tierra, ¿cómo puedes aplanar dos altas montañas?, ¿no eres un poco ambicioso?, además, ¿dónde colocarás la tierra una vez que hayas allanado las montañas?’. El anciano no se desanimó, ‘podemos arrojar las rocas al mar’ contestó. Su hijo y su nieto estuvieron de acuerdo. Al día siguiente, éstos, junto al Viejo Loco, tomaron picos y palas y se encaminaron hacia las montañas. En el camino se les unió un niño de 7 años de una familia vecina. Los cuatro trabajaron desde la salida hasta la puesta de sol y no regresaron a su casa para descansar hasta que llegó el invierno. Un hombre sabio del pueblo que se había enterado del intento del Viejo Loco de aplanar las montañas intentó disuadir al anciano de su extravagante proyecto con estas palabras: ‘a tu edad deberías ser suficientemente sensato para saber que tu plan es imposible. Eres viejo y débil. Ni siquiera puedes arrancar las malas hierbas de tu huerto, ¿qué te hace pensar que puedes mover una montaña?’. El Viejo Loco suspiró diciendo: ‘tu mente es dura como una roca. Incluso un niño de 7 años es más listo que tú, ¿acaso no puedes ver que aunque no acabe el proyecto mi hijo y mi nieto lo continuarán? Y si ellos no pueden acabar de trasladar las montañas, sus hijos y sus nietos continuarán y después los de éstos. Por otra parte, la montaña no crece. Si cada generación continúa erosionando la montaña, un día ésta quedará allanada’. El hombre sabio no pudo argüir contra la lógica del Viejo Loco, así que se marchó. El tiempo pasó, y el Viejo Loco, junto con su hijo y su nieto continuó cavando en la montaña. Mientras todos se reían ante su imposible proyecto, los espíritus de la montaña comenzaron a preocuparse. Vieron que el Viejo Loco estaba decidido, y la montaña no tenía en absoluto que ser allanada, ni siquiera en un futuro remoto. Alarmados, acudieron ante los señores del cielo y los informaron de su situación. A los dioses les entró la curiosidad y les divirtió el intento del Viejo Loco de mover las montañas, pero cuando vieron su paciencia y su determinación, decidieron ayudarle. Al día siguiente, cuando la gente miró por las ventanas de sus casas, las montañas que habían obstaculizado su camino habían milagrosamente desaparecido”. (LIE-TSE, 1997; Madrid, Edaf, 162-63)

 

BIBLIOGRAFÍA

 

T. Arai, W. Ariarajah (1989): Spirituality in Interfaith Dialogue, Geneva: WCC

E. Bonnín, ed. (1982): Espiritualidad y Liberación en América Latina, San José: DEI

E. Cardenal (1980):  Vida en el Amor, Salamanca: Sígueme

                    (1989): Cántico Cósmico, Managua: Nueva Nicaragua.

P. Casaldáliga y J.M. Vigil (s.f.): Espiritualidad de la liberación, Quito: Verbo Divino

J. Espeja (2004):  La Espiritualidad Cristiana, La Habana: Aula B. de las Casas.

M. Fox (1983):  Original Blessing, Santa Fe: Bear

Nuevo Diccionario de Espiritualidad, eds. S. de Fiores y T. Goffi, 1991, Madrid: Paulinas

©  DIDAJE, 2005

 

 

La espiritualidad hoy

 

Cristina Colás

   Religiosa del Sagrado Corazón. Presidenta de la Conferencia Cubana de Religiosos (CONCUR).

 

   Hoy día en Cuba, hay una especial preocupación por comprender y vivir la espiritualidad en su integralidad: “vivir según la dinámica profunda de la  vida”, dinámica que implica un lado exterior de solidaridad y reciprocidad en relación al otro: hombre-mujer, sociedad, naturaleza; y un lado interior marcado por el diálogo con el yo profundo, de interiorización y contemplación del misterio que nos habita y que llamamos Dios.

   Pero se trata de una espiritualidad como compromiso en el mundo, que tiene en cuenta la responsabilidad histórica del hombre y de la mujer en el proyecto de la recreación del cosmos; una espiritualidad liberadora, de conversión al prójimo que sufre, al oprimido. Cada vez más se reconoce que nada de lo que acontece en la historia es indiferente al proyecto de Dios, que la acción salvífica de Dios se desarrolla en esta historia nuestra, contando con la mediación de los seres humanos.

   Lo que enriquece la dinámica de esta espiritualidad es su relación con el seguimiento de Jesús, y por tanto hablar de espiritualidad hoy es hablar de espiritualidad del seguimiento de Jesús. Tenemos que entenderla como la realización histórica de la forma de vida de Jesús y de su “sueño” de una humanidad solidaria y fraterna.

   La persona espiritual es la que vive abierta y dinamizada por el Espíritu de Dios que está en nosotros. No sabemos hasta dónde podríamos volar en la tarea de inventar y crear el futuro más libre y justo para todos, si nos dejásemos impulsar por ese Espíritu.

   Pero la palabra espiritualidad suena a muchos como peligrosa; y tienen razón. A veces vemos personas que acuden a nosotros, a nuestros templos, a nuestras reuniones, a buscar diferentes experiencias espirituales para aliviar las incertidumbres interiores, pero olvidándose del prójimo, especialmente de los más pobres, de los excluidos, a los que perciben como amenaza para su tiempo, para su tranquilidad o para su bolsillo, y se olvidan apartándose de los compromisos que son necesarios para construir una Cuba más humana.

   Aquí en nuestra tierra existen otras personas que buscan entrar en el mundo de los “espíritus” para ponerlos de su parte mediante rituales mágicos que les den buena suerte, les protejan, etcétera.

   Otros creen hoy que el único mundo serio y consistente que existe es el de la ciencia y la técnica. Lo que no puede resistir el paso por los laboratorios y los estudios científicos hay que dejarlo, porque no es más que un mundo mágico en la cabeza, que impide que la humanidad se haga plenamente responsable de su vida y de su historia. Quizás esto se ha fomentado en nuestra tierra en las escuelas y universidades al subrayar que la religión es el opio de los pueblos.

   Nosotros, los cristianos, creemos que el espíritu humano de toda persona está abierto al encuentro y al diálogo con Dios. No estamos encerrados en este mundo en un tanque blindado, sin comunicación con la trascendencia, con el Dios personal que se nos ha revelado en Jesús de Nazaret, quien nos ha mostrado el camino.

   Jesús estuvo tan abierto al espíritu de Dios, que no había ruptura ninguna entre él y Dios. Es el Hijo de Dios encarnado en un cuerpo humano, en una existencia como la nuestra, discerniendo en cada encrucijada de su vida lo que debía hacer, lo que conducía a la vida en plenitud, en lucha contra las fuerzas destructoras de las personas y causantes de las grandes injusticias en los pueblos.

   Baste recordar que Jesús vivió la verdadera espiritualidad, porque sintió y actuó según el Espíritu en medio de su pueblo, en plena solidaridad con él. En diferentes momentos de su vida, lo vemos orando (Mc 1,35-38; en la Transfiguración, en la elección de los doce: Lc 6,12..., en el Cenáculo, en el Getsemaní, en la Cruz, etcétera). Se comunicaba con el Padre por medio de la oración. Esta era la forma que Él tenía de encontrarse con el Padre, de sentir su cercanía, de descubrir la propuesta de vida que le brindaba, y realizarla con alegría y fortaleza aunque tuviese que enfrentar grandes amenazas. Fue toda su vida un ser original y sorprendente, una imagen perfecta del Dios de la vida. Al verlo y contemplarlo vemos a Dios en medio de nosotros.

   También nosotros, cuando hablamos de espiritualidad, buscamos entender y asumir ese mismo camino de Jesús: vivir según el Espíritu, entrar en comunicación con el Espíritu de Dios que está en lo más profundo de nuestra persona, y que quiere mantener un encuentro sin fin con cada uno de nosotros, y así aportamos nuestra originalidad irrepetible en la construcción de la justicia y de la verdad que Cuba necesita, superando todos los obstáculos que amenazan.

   Vivimos en una Cuba rota y tenemos que respetar esa realidad y no idealizarla y sublimarla.

   Nosotros tenemos que vivir según el Espíritu, dejándonos conducir por él, en medio de una Cuba con profundas fracturas sociales, culturales, religiosas y personales que no están simplemente fuera de nosotros para contemplarlas como en un escenario, sino que nos atraviesan tanto personal, como familiar, como comunitariamente, rompiéndonos y desgarrándonos; por tanto, tenemos que respetar lo real.

   El espíritu de Dios es uno y el mismo en toda persona. Él entra en cada situación y la asume en un diálogo permanente con nosotros. Él no crea relaciones de dominación ni de competencia, sino de libertad, para que las diferencias que encontramos sobre la tierra, como expresión de la inagotable creación de Dios, no se enfrenten, sino que se complementen.

   En medio de esta realidad cultural cubana tan fragmentada, encontramos personas con una profunda espiritualidad, en comunidades cristianas vivas, que comprenden los mecanismos sociales y culturales que los quieren asaltar. Han aprendido a expresar con claridad la firmeza de las convicciones evangélicas que mueven su vida, y con gran fortaleza se comprometen en defender su propia identidad y el futuro que buscan para todo el pueblo.

   Estas son personas con una espiritualidad profunda, es decir, se están dejando conducir por el espíritu de Dios, con el que vienen sosteniendo un intenso diálogo tanto personal como comunitario. Esta experiencia es más fuerte y unificadora de las personas que los mecanismos impuestos que tratan de seducir y apoderarse de los sueños y los comportamientos de las mismas.

   Es que en Jesús todos se nos ha dicho, pero nosotros todavía no lo hemos comprendido todo. Jesús es la palabra inagotable de Dios para todas las épocas y culturas, y necesitamos escuchar lo que nos dice para hoy. Jesús no es una palabra desgastada por la rutina obsesiva de un mismo discurso que siempre se repite, como esas monedas que de tanto pasar de mano en mano ya han perdido los relieves de las figuras y de los números, sino una palabra viva que siempre nos ofrece una novedad de vida verdadera. Es este espíritu de Jesús el que nosotros necesitamos dejar vivir hoy dentro de nosotros, para que se renueven nuestras preguntas, nuestras solidaridades, nuestro lenguaje y nuestra relación con cualquier persona, creyente o no; y dentro de este mundo roto queremos buscar la integración de nuestra vida.

   Sólo el encuentro con Dios nos integra, porque nos va sanando por dentro y nos unifica cada día más al llegar hasta las dimensiones más profundas de nuestro ser. La sociedad en que vivimos, muchas veces nos desintegra por los golpes de la injusticia, por la fragmentación de la cultura que respiramos, por las diferencias religiosas que no se entienden, y por nuestras heridas personales que en la vida nos han marcado. Es bueno creer en la acción sanadora de Dios en nuestras vidas.

   La expresión de Pablo ante los atenienses cuando les habla de Dios: “En Él vivimos, nos movemos y existimos” (Hch 17,28), nos hace caer en cuenta que desde el primer momento Dios mantiene una relación muy intensa con cada uno de nosotros. Hasta cada persona llega la vida en su dosis exacta, sin detenerse nunca, para que sigamos vivos. Salir de sus manos en el instante de nuestra creación no fue una despedida, sino que allí empezó ese encuentro con Él que ya no tiene punto final.

   Este encuentro con Dios podemos vivirlo de manera anónima o en pequeñas ráfagas de conciencia, como hace la mayoría de la gente. También es posible vivirlo conscientemente y con intensidad. Entonces, por esa presencia de Dios en nuestra hondura, toda persona queda afectada y “nos vamos transformando en su imagen con resplandor creciente” (2 Co 3,18).

   Esta relación con Dios no se realiza aislándonos del mundo, sino en medio del mundo, profundizando en él, pues es ahí donde podemos encontrarlo, claro y manifiesto en la belleza, en la convivencia, en la justicia; pero también en lo cautivo, lo solitario y lo doloroso de las situaciones antihumanas que hemos creado las personas.

   En nuestra sociedad socialista se empiezan a impactar nuestros sentidos por el atractivo del consumo, fascinándonos con formas y colores, de tal manera que es muy difícil que podamos rechazarlos. Se van introduciendo, y después ya ellos se encargan de afectarnos para apoderarse de nuestras decisiones de la manera más sutil. La posibilidad de Internet y de antenas parabólicas (no siempre al alcance del pueblo), las películas y novelas, etcétera, han llevado, sobre todo a nuestros jóvenes, a dejarse afectar por la publicidad y la propaganda. Cualquier tiempo se aprovecha para introducirnos por el oído la palabra certera que llega al corazón, que puede desviarnos de lo prioritario en nuestras vidas.

   Estas sensaciones que tocan a la puerta de nuestros sentidos llegan a nuestro pensamiento. Él las analiza, y las dejamos entrar o las rechazamos como peligro. En nuestra cultura cubana es posible escuchar todas las opiniones sobre Dios, el mundo, y el sentido o sin sentido de la vida humana. Los medios de comunicación contribuyen a ello, ya que las informaciones mediáticas nos llegan rápidamente, sin interrupción. Recordemos las noticias que recibimos de Cuba y las del extranjero. Detengámonos un momento, comparémoslas y analicémoslas. Siempre hay una noticia que eclipsa a las demás y acapara nuestra atención con intensidad. Pero, antes de que podamos asimilarla, llega la siguiente, que también puede estremecernos. Esta avalancha de información que no podemos procesar, de diferencias que no podemos comprender, se va acumulando dentro de nosotros mismos, convirtiendo nuestro interior en una especie de escritorio lleno de papeles a medio leer, que no sabemos donde ubicarlos y que no somos capaces de clarificar, romper, seleccionar, y tirar o acoger.

   Esto nos puede conducir a un cierto relativismo, juzgando que todo es igual, todo es lo mismo, o a un fundamentalismo que se atrinchera en sus creencias, sin dialogar con el mundo que le rodea, y quiere imponer a todos sus puntos de vista, ya sea de manera violenta o en una militancia sin diálogo ninguno.

   El pluralismo actual del mundo —del que Cuba no está exenta—, en cambio, no es una fatalidad, sino una posibilidad de crecimiento que nos acerca a otras razas, culturas y religiones, creadas por Dios y en las que también está vivo su Espíritu. Si las comprendemos, nuestra idea de Dios se enriquecerá. No tengamos miedo a abrirnos a otras experiencias de Dios, pero hagámoslo con la actitud del discípulo o de la discípula, quienes están atentos al Jesús que nos acompaña en nuestro caminar.

   Para que esto sea posible, necesitamos un conocimiento del Dios que Jesús nos revela, para que desde ahí podamos mirar con serenidad y apertura cualquier diferencia. Jesús mismo, durante su vida, supo mirar con una gran acogida al centurión romano (Mt 8,5-13) a la mujer cananea en el país de Tiro y Sidón (Mt 15,21-28), al endemoniado de Gerasa (Mc 5,1-21), a la mujer samaritana (Jn 4,4 ss), y a tantas otras personas  que no tenían su misma visión de Dios ni pertenecían a su cultura. Se acercó a esas personas admirando y contemplando su fe, su búsqueda de la salud, de la vida, de la estabilidad afectiva, sin dejarse aprisionar por la etiqueta discriminatoria que ya tenían puesta sobre su rostro como personas ajenas a la fe y a la pertenencia al pueblo judío. Y pudo experimentar que también por esas personas pasaba el reino de Dios, desbordando todas las expectativas de los dirigentes de su pueblo.

   Y como en el centro de nuestra persona está el corazón, es importante que caigamos en la cuenta que la realidad que nos llega por nuestros sentidos y que pasa por el pensamiento llega a nuestra afectividad. Lo que nosotros sentimos tiene un peso definitivo en nuestra vida, de ahí que los amos de este mundo buscan crear impactos sensoriales de tal intensidad que se claven en la afectividad y desde ahí nos muevan sin que nosotros nos demos cuenta. Basta pensar en las vallas que leemos a cada paso en nuestra sociedad Se hacen para que sus mensajes nos vayan impactando igual que los eslóganes o consignas. ¿No tenemos cada persona en nuestra vida espiritual algunas palabras o frases que nos levantan cuando estamos en baja y nos ponen a tono con Jesús?

   Hoy día, el desencanto que tienen muchas personas puede venirles de la constatación del fracaso de las grandes utopías sociales de la modernidad con miras a construir un mundo más justo y humano donde los pobres de la tierra puedan vivir con dignidad. Esto hace que muchos concluyan que no hay salida, que no vale la pena luchar, y por ello no sigan buscando alternativas para una sociedad más justa y más humana.

   Podríamos hablar también del consumismo como alternativa a ese desencanto. Este busca nuevas sensaciones para evitar el tedio de un mundo sin esperanza, sin utopías por las que luchar. También se promueve una serie de sensaciones placenteras, pero cortadas del compromiso y de la trascendencia. Esto puede deberse al desenfoque afectivo-sexual, promovido por una sexualidad separada del amor y de la afectividad. ¿Se dará esto en Cuba hoy?

   Esta afectividad tiene un peso decisivo en la vida. Lo que está hondamente asentado en nuestro corazón, lo que amamos con intensidad, va inclinando poco a poco nuestra vida en esa dirección. Muchas de nuestras acciones esconden su motivación en las profundidades desconocidas de nuestra afectividad.

   Y en relación con ella, también podemos decir que la más radical e inagotable fuente de integración es la experiencia de ser amados como somos y sin ningún tipo de restricciones. Esta forma de amar sólo nos llega plenamente desde Dios. Cuando nos sentimos amados, con nuestros valores y con nuestras deficiencias, es entonces que podremos amar.

   Esta misma experiencia la vivió Jesús al sentirse amado plenamente: Jesús se entrega a la misión para la que es elegido. Recordemos lo que escuchó al ser bautizado por Juan en el Jordán: “Tú eres mi hijo muy querido, mi predilecto” (Lc 4). Estas palabras le impulsan a comenzar su misión. En esta experiencia Jesús anuncia el reino de Dios que intenta abrirse  camino entre los pecadores y los pobres de Israel desde el amor creador del Padre, que nadie puede detener. Y nosotros, que hemos experimentado a Dios como Padre, ¿nos entregamos sin condiciones a la misión para la que hemos sido elegidos? Tendríamos que revisarnos en este sentido. Pensemos por un momento en la misión que el Señor nos ha dado en la familia, en la iglesia, en la sociedad que nos ha tocado vivir hoy y aquí.

   La situación cultural que atravesamos hoy en Cuba nos ofrece la oportunidad de construir juntos este Reino de justicia, de paz y de amor .No podemos contentarnos con la experiencia profunda del amor de Dios hacia nosotros. Él nos invita a ser creativos para construir una Cuba de hermanos. El Señor va con nosotros. No lo podemos olvidar. Para el encuentro trascendente estamos hechos, y el Señor no nos dejará tranquilos mientras no trabajemos por la reconciliación y la paz entre los cubanos.

   Esta experiencia del amor nos llevará a tomar decisiones para que el amor sentido sea un amor encarnado en las relaciones humanas y en proyectos que crean vida. Para ello tenemos que descubrir la novedad de Dios, la oferta que nos hace, para ser nosotros mismos, con nuestra propia vida, una propuesta original y verdaderamente liberadora en Cuba.

   Seremos verdaderamente espirituales cuando en contra de los que quieren “vendernos” otras cosas, o de los que están desencantados, los violentos y  los superficiales, descubramos la novedad que Dios nos ofrece. Él nos invita a que nos entreguemos para crear un futuro nuevo que Dios nunca deja de suscitar en medio de nosotros.

   Pero la verdadera espiritualidad no nos enseña sólo a encontrar a Dios en la oración, para salir después a trabajar en el mundo donde Dios está ausente. Tenemos que ir a la realidad cotidiana con esa sensibilidad para las cosas de Dios en todo momento. Entonces se profundizará la experiencia de Dios que hemos hecho en la oración personal. La verificación de la autenticidad de la oración se realiza en la entrega a los demás.

   Y con respecto a la naturaleza y a la ecología quisiera decir algo: somos invitados a ser co-creadores con Dios y a trabajar por liberar el cosmos de las cercas injustas y de las contaminaciones, y desarrollar las responsabilidades nuevas que hay que descubrir. Jesús expresó simbólicamente el destino de los bienes en las comidas populares, y de manera insuperable en la Última Cena. En esta cena, los bienes materiales, simbolizados en el pan y el vino, pero también en la mesa y en los bancos de madera, en las paredes de la casa y en la arcilla de los jarros, están ordenados para la comunión. Nadie acapara por la fuerza los bienes para sí solo ni acude el primero para apropiase de lo mejor. El mismo pan y el mismo vino se comparten entre todos sin exclusiones ni diferencias. La comida es el sacramento de la unión que nos llega desde Dios, que da la vida para crear esta comunión.

   La unidad inseparable de su vida dada, que va dentro de nosotros y que es la misma para todos, debe generar en nosotros ese amor activo que no es otra cosa que la espiritualidad vivida hasta las últimas consecuencias. Vivamos juntos esta experiencia que nos invita a discernir la inagotable novedad de Dios entre nosotros.

   Descubrir esa novedad de Dios en cada persona, en cada acontecimiento, es uno de nuestros grandes desafíos. Para explicar la acción de Dios en la historia, Isaías nos presenta una audaz imagen maternal de Dios: “Desde lo antiguo guardé silencio, me callaba, aguantaba; como parturienta grito, jadeo, resuello” (Is 42,14), como si Dios estuviera embarazado de futuro. Hay un tiempo de silencio de Dios donde el mal parece fuerte e intocable. Pero, en ese silencio de Dios, que no es de impotencia ni desinterés, él ya está sembrando el futuro, que es tan pequeño como el comienzo de una vida en el seno materno. Aparentemente no pasa nada. Ese silencio es la protección de esa vida nueva, pequeña y frágil, que debe pasar       desapercibida para los que la amenazan. Más adelante aparecerán los signos externos del embarazo. Durante este tiempo es necesario estar atentos para ver qué es lo nuevo que se está gestando en Cuba, en medio de nosotros, para cuidarlo y comprometernos con él. Nada se puede apresurar con nuestra impaciencia, pues los procesos de gestación tienen su tiempo y la prisa puede abortar los procesos. Pensemos un momento ahora, ¿qué de nuevo está naciendo en mi vida personal, familiar, comunitaria? Y en Cuba, ¿encontramos algo nuevo que está naciendo?

   Si seguimos con la figura del parto, tenemos que considerar que ahora es el tiempo del dolor, del sufrimiento de todo lo que nace y rompe de alguna manera las costumbres inmóviles, las leyes injustas, las situaciones acomodadas. ¿Cómo nos sentimos ante el cambio de época que estamos viviendo? ¿Ante la inseguridad que éste conlleva? ¿Estamos abiertos a esa novedad? Ya después viene o vendrá la alegría de la vida recién nacida en medio de nosotros, que poco a poco se irá haciendo fuerte con nuestro cariño y atención amorosa.

   En la espiritualidad cristiana la capacidad de percibir eso nuevo que Dios va haciendo en la profundidad de nuestra persona y de nuestro pueblo, en la hondura de la realidad, se llama discernimiento. Discernir supone adentrarse en el misterio de la voluntad de Dios. No es ver con claridad sino ser dóciles para dejarse llevar por los impulsos de Dios, por donde muchas veces no entendemos. Supone además unas actitudes de calidad humana y cristiana. Quien no tiene en el corazón comprensión y misericordia, quien no puede perdonar, quien no tiene capacidad para querer y ser querido, difícilmente se podrá poner en clima de discernimiento, ya que esto es también fruto de la madurez humana y cristiana. Discernir es un gesto de fidelidad profunda a la historia, también cuando ella no tiene nada que ver con lo que pensamos o imaginamos.

   Me pareció oportuno recordarles la letra de uno de los cantos de Mercedes Sosa, que dice así:

 

Sólo le pido a Dios,

que el dolor no me sea indiferente,

que la reseca muerte no me encuentre vacío y solo,

sin haber hecho lo suficiente.

 

Sólo le pido a Dios,

que lo injusto no me sea indiferente

que no me abofeteen la otra mejilla,

después que una garra me arañó esta suerte.

 

Sólo le pido a Dios,

que la guerra no me sea indiferente,

es un monstruo grande y pisa fuerte,

toda la pobre inocencia de la gente.

 

Sólo le pido a Dios

que el engaño no me sea indiferente,

que un traidor puede más que unos cuantos,

que esos cuantos no se olviden fácilmente.

 

Sólo le pido a Dios

que el futuro no me sea indiferente.

Desahuciado está el que tiene que marchar

a vivir una cultura diferente.

 

   También el discernimiento incluye la capacidad de percibir lo que el mal siembra, que es destructor de la vida de Dios.

   Ahora bien, es importante y necesario tener la capacidad de discernir los “signos de los tiempos”, las señales de lo que Dios está haciendo de nuevo en las realidades de Cuba y del mundo, de nuestra tierra, y en especial de los excluidos y excluidas de nuestra sociedad. Sería importante pensar por un momento quiénes son los excluidos en nuestra sociedad cubana: los sidosos, los adictos, los borrachos, las jineteras, los presos, los ancianos solos, pero también ¿no podrían ser los ateos, los que no piensan como nosotros, etcétera? Esto puede despertar y desarrollar en nosotros la esperanza que todos estamos necesitando.

   Normalmente somos impulsados a mirar fuera de nuestra realidad, donde se nos presentan los “ídolos” de este mundo que nos seducen, pero no desarrollamos la destreza evangélica de mirar aquí abajo y fuera, donde el reino de Dios se va gestando en el seno materno de las comunidades y familias, de nuestro barrio, de nuestro centro de trabajo o de estudios, donde el Reino está naciendo en medio de dolores de parto y donde necesita de nuestro compromiso para que pueda crecer como salvación para todos.

   Por último quisiera señalar que la fiesta final de la historia ya ha empezado.

   El carácter festivo de la vida evangélica es fundamental. En las diferentes escuelas de espiritualidad que han aparecido en el cristianismo, la alegría y la celebración ocupan un lugar fundamental.

   Ya la primera comunidad cristiana sorprendió por su alegría (Hch 2,47). El rostro histórico del Resucitado es la comunidad. ¿Seremos nosotros, serán nuestras comunidades, ese rostro histórico del Resucitado? La alegría pascual es un don y un sentido que no se deja apagar por los conflictos históricos inevitables.

   En la verdadera alegría y en la celebración comunitaria hay ya sabor de la fiesta final de la historia, de la cosecha definitiva del reino de Dios, de la dicha sustancial de la humanidad que se encuentra con Dios.

   En la verdadera celebración, cada persona, la creación y la historia participan de manera reconciliada. Cada persona acude a la celebración llevando su propia peculiaridad, donde como hermanos creemos que Dios está con nosotros y crea el futuro nuevo con nosotros y de una manera especial con las generaciones más jóvenes, que nos ayudan a abrir caminos en medio de las fuerzas hostiles que nos combaten.

   Lo importante de todo lo que he querido decirles en esta mañana es que nos dejemos conducir por el espíritu de Dios que está en nosotros y que es el mismo en todos. Sólo Él nos puede guiar como miembros de un solo cuerpo para ir construyendo la belleza armónica de esta tierra cubana habitable, de un mundo justo con una naturaleza no contaminada y disponible para todos, sin excepción ninguna; donde toda raza, etnia, cultura y religión tengan su espacio y sientan que las miradas de su alrededor las acogen en sus diferencias con gozo y respeto, donde cada persona se sienta hija del Padre y vivamos como hermanas y hermanos.

   ¡Oh Señor, envía tu espíritu para que renueve la faz de la tierra! Ω

©  DIDAJE, 2005

 

 

 

Hacia la recuperación de nuestra espiritualidad cristiana

 

Carlos M. Camps

Presbiteriano. Profesor del Seminario Evangélico de Teología de Matanzas y actual Secretario General del Sínodo de la Iglesia Presbiteriana-Reformada en Cuba.

 

   Dos realidades conforman nuestra pasión por trabajar el tema de la espiritualidad cristiana. Una esta determinada por la enorme riqueza que emana del análisis mismo del tema, realidad que a veces nos envuelve de manera vertiginosa. Lo hemos palpado desde el comienzo de esta jornada en las sugerencias tan productivas de los temas ya expresados. La otra se reconoce ante las desafiantes demandas que nos retan cuando consideramos la espiritualidad en términos de seguimiento, de discipulado, de lo que Pablo llama en Romanos 8,4 caminar conforme al Espíritu.

   Me ha tocado la difícil tarea de concluir la jornada y por esta razón me gustaría afirmar que de estos dos días de debates hemos de salir con la firme convicción de que nuestra espiritualidad ha de estar centrada no sobre ejercicios de especulación, aunque nos resulten muy entretenidos, sino más bien encaminada por el sendero desafiante de verificaciones y de compromisos de participación.

   Luego de esta brevísima confesión, permítanme destacar los tres elementos que les propongo como esenciales a tratar en el desarrollo de nuestra temática. Son ellos:

 

1.       La vigencia de una espiritualidad cristiana frente a la dialéctica de ser y tener, realidades que caracterizan nuestra época como una verdaderamente crítica.

2.       ¿Cómo recuperar la verdadera espiritualidad cristiana que tanto necesitamos?

3.       ¿Qué estilos de vida requiere nuestra espiritualidad para ser eficaz en la misión de la Iglesia hoy?

 

-I-

 

   Entre el ser y el tener, o la dinámica entre la crisis de racionalidad y la emergencia de la espiritualidad.

   Nuestra época esta cargada de retos. Los procesos de marginación y dominación se han constituido ya en males endémicos de los países pobres, y frente a esta realidad se levanta con gran urgencia una lucha por descubrir en sí las variadas dimensiones del significado profundo  de la vida, exigiendo, las más de las veces, el descubrimiento del gran misterio de lo espiritual.

 

Hasta hace poco creíamos que la historia obedecía a una evolución lineal, pasando de modos de producción menos desarrollados a otros cada vez mas perfeccionados, como del capitalismo al socialismo. Hoy constatamos, perplejos, que esto no es verdad. Constatamos también, en la experiencia más personal, que aquellas referencias exteriores, institucionales, dejan mucho que desear. En cierto modo, sobre todo los más jóvenes hacen hoy con la espiritualidad lo que se hacía con la moda en los años 70. Dejaron de existir el modismo y el figurín, la llamada moda patrón. El chico o la chica saca del armario del hermano, del padre, del abuelo, de la tía, una pieza de aquí y otra de allí y crea su propia moda.

Hoy se hace eso con la experiencia religiosa. Un poco de cristianismo, un poco de budismo, un poco de candomblé, o un poco de pedigüeñismo santero... Y cada uno monta su experiencia religiosa. Porque ninguna experiencia parece suficiente para responder a las ansiedades suscitadas por la crisis de la racionalidad (2).

 

   De esta manera, nos estamos introduciendo en el interesante fenómeno del cuestionamiento de todos los esquemas, de todas las ideologías, de todas las ciencias, de todo aquello que pretende ser una explicación suficiente de lo real, llevándonos a la ineficiencia de las explicaciones.

   El fenómeno se agudiza cuando, por ejemplo, contemplamos que, como resultado de los cambios de la tecnología y la economía, nuestros medios masivos de comunicación tienden a absorber la información y la cultura. Como advierte Ignacio Ramonet, ya no hay sino cultura de masas e igualmente ya sólo hay información de masas. Por otra parte, según el periodista y teórico francés, la información no tiene valor en sí misma, por lo que se refiere, a la verdad o a su eficacia cívica. La información es, en nuestra época, una mercancía y en tanto que tal, está sometida a las leyes de la oferta y la demanda, las leyes del mercado, y no a otras leyes como por ejemplo, los criterios cívicos o éticos (3).

   Existe una sobreabundancia de información que entraña el peligro no sólo de ocultar o escamotear  lo realmente importante, lo que de veras interesa, sino de entregar un producto nocivo, lastrado por serias deficiencias éticas desde su origen.

   Todo esto y aún mucho más, que por razones de tiempo no citamos, ¿a qué nos lleva?

   Nos lleva a la tremenda necesidad de superar la crisis de la racionalidad, de los esquemas pedagógicos de Descartes y los presupuestos científicos de Isaac Newton, buscando pistas interpretativas en experiencias espirituales. Hemos encontrado una frase elegante para describir nuestras preocupaciones: el desafío de la contra cultura que nos conduce a un momento conservador y postmoderno.

   ¿Cómo se explica el surgimiento de estas dos corrientes sobre las que se polemiza y se airean sus peligros y aportaciones?, pregunta el teólogo madrileño José María Mardones. Su respuesta no se hace esperar:

 

La respuesta mas rápida sería decir que son flujos y reflujos de la gran corriente que estructura la sociedad y la cultura de la modernidad: el denominado positivismo funcionalista (4).

 

Personalmente añadiría que es el cansancio de nuestros esfuerzos por reducirlo todo al ejercicio de lo puramente intelectual, de lo lógico racional, del mecanicismo frío y calculador, que nos impone la tarea de caminar por los senderos de la experiencia y de la espiritualidad. Es la valoración del sentimiento por encima de la lógica, poniendo de relieve la insuficiencia de los planteamientos exclusivamente racionales (ilustrados) ente los problemas últimos. Es la crisis de la racionalidad moderna, de nuestra manera de entender al mundo.

   Claro está que no pretendo endiosar estos fenómenos culturales, llámense postmodernismo, conservadurismo, o de cualquier otra forma. No, por supuesto que no; lo que interpreto y digo es que la fe siempre se ha de vivir en una sociedad y en una cultura, y que es necesario estar atentos a los movimientos socio culturales para discernir ahí las llamadas y los peligros, los retos y las tentaciones para la fe cristiana y sobre todo para la toma en serio de nuestra espiritualidad. Se trata de analizar el diálogo fe y cultura a fin de ver con claridad los desafíos, los peligros y las oportunidades, en una tarea de auscultación de los signos de Dios en nuestro tiempo.

   Ayer en la mañana el padre Espeja nos hablaba de discernir las señales de los tiempos, y yo recordaba que años antes el teólogo Karl Barth nos había advertido: el cristiano debe preocuparse por leer la Biblia y el periódico cada día.

   Lo que he intentado decir es que en tiempos de ansias por lo espiritual, frente al desgaste de lo puramente racional se nos impone el deber de analizar las categorías puentes que nos ofrecen la mediación intercultural, que corre hoy por el camino de la búsqueda.

   El problema, pues, es cómo se puede luchar contra esta verdadera infección de debilidad moral, donde el sustituto de los valores universales y fuertes es el esteticismo ético. La entronización de las modas, las marcas, lo que se lleva, como elemento orientador de nuestros contemporáneos.

   Yo comparto el juicio expresado también esta mañana de que lo que ahora llamamos postmodernidad denota un diagnostico de la crisis de la modernidad en nuestra historia, donde se enuncia a viva voz la crisis y la liquidación de la ética puritana o la desaparición de los valores que sustentan la economía capitalista, y por estas razones estoy más que convencido de que, como ayer sucedía en la llamada modernidad, hoy también sucede en la llamada postmodernidad, en ella se plantean también enormes retos a nuestra espiritualidad cristiana. Todas estas nuevas corrientes que dibujan nuestra actual crisis social parecen apuntar a un pérdida de rumbo moral, y por eso escucho lo que a gritos exige la comunicación de nuestros valores espirituales.

   Aún recuerdo las palabras de clausura de la 23ª Asamblea de la Alianza Mundial de Iglesias Reformadas, dichas por su entonces presidente, el doctor Song:

 

El siglo XX ha sido uno de importantes movimientos democráticos y de un gran desarrollo económico. Ha sido un siglo en que hombres y mujeres han peleado juntos por erradicar cadenas de dominación. Un siglo en que hemos enfrentado a tiranías políticas y sociales. Sin embargo muchas cadenas aún no han sido rotas.

Consecuentemente el nuevo siglo XXI tendrá que ser el siglo en que se fortalezca el Espíritu. El siglo del Espíritu. Es indispensable saber que los desórdenes económicos que sufrimos son causados por los desórdenes espirituales que tenemos, es indispensable saber que las catástrofes de nuestro entorno son síntomas de los trastornos espirituales que padecemos. Se hace imprescindible saber que la dominación de razas, culturas y géneros son expresiones de nuestra pobreza de espíritu.

 

   Leonardo Boff ha escrito en uno de sus libros:

 

Cada vez que una cultura entra en crisis se produce un retorno vigoroso de lo religioso y de lo místico. Es que lo religioso elabora la experiencia profunda de un sentido nuevo que religa las cosas que están separadas, que son las que precisamente provocan la crisis en la cultura. Ese sentido nuevo religa a la conciencia personal con su profundidad, religa al yo con los demás, religa al presente y el pasado con la promesa del futuro, religa al mundo con Dios.

 

   Hoy podemos decir que asistimos al advenimiento de una nueva religación y de un nuevo sueño que debemos conferir, como también se dijo ayer, un sentido global a esta nuestra historia que se hace planetaria y se inscribe en un nuevo peldaño de la conciencia humana, como conciencia de la humanidad, en una tierra única en un mismo sistema solar, en nuestra galaxia, en nuestro mismo cosmos.

 

-II-

 

   ¿Cómo recuperar esa espiritualidad cristiana que tanto necesitamos?

   Deseo modificar mi título, es recuperar y no reconstruir.

   Una primera tentativa de análisis pudiera llevarnos, en primer lugar, a una tentativa por definir el término espiritualidad. En varias oportunidades ayer en la mañana lo hicimos.

   Tengo que confesarles que, por esta razón, estuve tentado a borrar una de ellas, la que más me conmueve y se acerca a lo que ha de ser: espiritualidad es vida, total, abundante, plena. Sin embargo, pensé que hay cosas que se deben repetir por el valor que ellas tienen y por la necesidad de interiorizarlas hasta convertirse en verdades que se nos salen a diario en nuestra practica de fe

   Además, es una definición que aún no ha llegado a la totalidad de la masa cristiana, por lo que necesitamos recuperarla desde las mismas entrañas de nuestras comunidades de base, desde la masa de creyentes que conforman la Iglesia en cada lugar, en cada pueblo o en cada nación.

   Muchas veces regocijados en nuestra contentura por estar escuchando y hablando acerca de las cosas más importantes y trascendentales de nuestra fe cristiana, nos olvidamos de lo poco que estas cuestiones se hablan en el seno de nuestras comunidades locales. Creemos que al debatirlas nosotros en la elite de nuestros espacios de discusión teológica basta, y no nos percatamos de que una inmensa mayoría de creyentes cristianos no solamente ignoran nuestras definiciones existenciales acerca de las verdades de la fe, sino que se han apoderado de traducciones inexactas, de versiones equívocas que aún repiten de manera incansable y hasta ofrecen como verdaderas y buenas nuevas de fe.

   Me gusta la idea del espíritu como viento, como presencia, como guía, que encontramos en el Antiguo Testamento. Da idea de movimiento, de peregrinaje, de camino, de andar recorriendo, de viaje.

   Sin embargo, esta idea se perdió. El idealismo greco-romano fundamentó la teología tradicional. Fue, por así decirlo, el contenedor, el instrumento que canalizó la traducción necesaria a realizar, cuando el emperador obligó a adoptar la fe cristiana como religión del Estado. Y se creó una visión profundamente dualista —que no es bíblica, sino griega—, que se ha transformado en un elemento del edificio teológico cristiano, definiendo al ser humano como cuerpo por un lado y espíritu por otro. En consecuencia, el espíritu es parte y no la totalidad del ser humano.

   Ayer se habló de esta concepción dualista que aún conforma el concepto de la historia, y de la necesidad de recuperar a la historia real como lugar de salvación y de la dimensión histórica del Reino.

   Yo añadiría también estas otras dos concepciones:

 

1.       Duplicidad en el seno de la comunidad cristiana que comenzaba a llamarse Iglesia: la Iglesia se convirtió en ejercicio de poder por una parte, y ejercicio de obediencia por otra, donde los misterios, como en toda religión, jugaron su papel controlador.

2.       La cosmovisión idealista de raigambre platónica, ajena a la cosmovisión materialista e histórica de la tradición bíblica de los hebreos.

  

   Esa hermenéutica tradicional heredada, como teoría de interpretación bíblica, ha fomentado un punto de vista espiritualista que refiere el significado de los acontecimientos bíblicos y la salvación del hombre a una región espiritual entendida desde el punto de vista de la existencia del otro mundo.

   La espiritualidad que debemos superar es aquella que se vive sin propósito salvífico, redentor y liberador. Es espiritualidad en sí misma. Tratase de una espiritualidad que nos conduce a la tentación de creernos superiores a los demás.   

   La espiritualidad que debemos superar es aquella que nos llena la cabeza de discursos acerca de Dios. Sabemos hablar de Dios, sobre Dios, hasta hablar con Dios. Pero somos analfabetos cuando se trata de dejar a Dios a hablar en nosotros.

   El desafío que se nos plantea hoy es el intentar reelaborar la historia de la espiritualidad, principalmente durante el llamado movimiento de Jesús, y compartir lo que vayamos desvelando en lo posible, vinculado a una espiritualidad que tenga como resultado la transformación radical del mundo y de las personas hoy. ¿Como recuperar esa espiritualidad?

   Creo firmemente que para recuperar nuestra espiritualidad hay que ponerla al servicio de la misión. Al final del evangelio de Lucas Jesús deja también su testamento de predicar  a todas las naciones, empezando desde Jerusalén. (Lc 24,47). Este testamento es además el programa de todo el libro de los Hechos de los Apóstoles, donde se muestra el dinamismo del Espíritu Santo, que rompe barreras culturales y límites geográficos.

   Hay que convertirla en una espiritualidad de camino. Para Lucas el cristianismo es esencialmente un camino y los cristianos son simplemente seguidores de ese camino. Es un camino que va de Jerusalén hasta el fin del mundo, un camino que va de la muerte a la vida.

   En ese mismo tratado lucano, Pedro proclama que Dios le ha dado el conocer caminos de vida, y termina su discurso de Pentecostés proclamando la universalidad del Espíritu: para ustedes y para sus hijos, para todos los que están lejos, y para cuantos llame el Señor Dios nuestro.

   Hay que dejar que sea el Espíritu Santo quien la empuje, le otorgue el sentido que tuvo en el llamado movimiento de Jesús.

   Hay que ponerla en la dirección de ese camino que empezó en Jerusalén; luego desde allí hasta Antioquía, y por último de Antioquía a Roma.

   De ese camino que se hace en una ruptura continua de fronteras culturales, étnicas, sociales y religiosas, rupturas que hacen posible la creación de comunidades diferentes en otros pueblos, naciones y culturas. Es la violencia del Espíritu la que hace posible estas rupturas, esta misión a todos los pueblos, y la creación de un cristianismo originalmente pluralista y diversificado. Es el Espíritu quien hace posible los cambios de estrategias pastorales y la creación de nuevas comunidades por personas diferentes elegidas por Él.

   Ese es el sello de la espiritualidad cristiana que debemos restaurar, el sello del espíritu de Dios, motor esencial y único de nuestra misión.

   El contenido y la norma de nuestra misión están implícitos en esa espiritualidad. Esa espiritualidad de camino, de misión, de ir demostrando que estamos seguros de que Dios es el Señor de nuestra vida y que por lo tanto estamos inmersos en su presencia a través de los vientos de Su Espíritu.

   Espiritualidad es captar ese movimiento del Espíritu en el mundo, su dinamismo, su presencia en todas las cosas. Recordemos que el espíritu de Dios es vendaval, viento fuerte, lo que crea, lo que estructura el orden establecido e inventa, recrea lo nuevo. La espiritualidad es la esencia misma de la vida.

 

-III-

 

   Por ultimo hablemos del ropaje necesario para vestir nuestra espiritualidad. Un punto extraordinariamente difícil de describir: los atavíos de nuestra espiritualidad, la manera de exhibir nuestra espiritualidad.

Permítanme exponer o describir lo siguiente: ver más allá de las apariencias pero reparar también en las apariencias requiere una relectura acerca de la espiritualidad de Jesús.

   Nos educaron en la idea de que Jesús tendría una espiritualidad monástica, mas Jesús no tenía nada de monástico. Ni siquiera era un sacerdote. Era un laico y disidente de la religión vigente en su tiempo, razón por la cual fue condenado por blasfemia, herejía, porque osó innovar la ley que Yahvé dio a Moisés.

   ¿Qué caracterizaba, pues, su espiritualidad? El núcleo de su espiritualidad, lo que le hacía posible vivir y convivir aun en el conflicto, era la intimidad con su Padre Dios, a quien trataba con mucho cariño. Para él Dios era una experiencia de amor y no un concepto doctrinario o teológico. Era una experiencia efectiva y afectuosa.

   En medio de esta intimidad con su Padre Dios juega un papel muy importante su dedicación a la vida de oración.

   Pero cuidado, no confundamos esta práctica de oración en su espiritualidad. Jesús se detenía a orar, la oración era su verdadera necesidad. El instrumento para hallar paz en sus conflictos. Lo necesario para vivir su espiritualidad de conflicto.

San Francisco decía que si se suprimiera toda la Biblia bastaría salvar un solo capítulo, Mateo 10, ya que en su opinión ese capítulo contiene toda la revelación de Dios. Es el capítulo que narra una espiritualidad en conflicto, muestra qué es ser cristiano. Y es interesante, ya que comienza con una dimensión política de la misión en la persecución y concluye con este verso: “Y cualquiera que dé a uno de estos pequeños un vaso de agua fría solamente, por cuanto es discípulo, de cierto os digo que no perderá su recompensa” (v. 42).

   Otra manera de vivir su espiritualidad fue el reconocimiento de que debía experimentar el vaciamiento de todo lo que no fuera útil a su misión.

   Si quiero ver a Dios de manera clara tengo que ver lo que significó su encarnación. En ella puedo apreciar esa cualidad de despojarse de todo lo que dificultaba su misión en la figura de Jesucristo. Su espiritualidad de despojo. Su aceptación del sufrimiento, de la muerte, de la pasión, que no representa otra cosa que aceptar el lado verdaderamente humano de su existencia.

   Para mí representa un tanto las lucha de Dios por lo imposible, su pasión por realizar lo que humanamente parece imposible, por dejar de ser Dios y convertirse en un ser humano. Es el abandono de uno por sentir la transformación que va a convertir nuestra vida en vida de participación, una vida de encuentro, y por qué no, una vida de misión, ya que misión significa abandonar nuestro refugio para lanzarnos a la empresa de compartir con otros, de ir a buscar al otro, de reencuentro con lo que nos parece imposible de realizar aquí y ahora. Ese mandato de vaciamiento representa, pues, nuestra mediación espiritual. Nuestra marca de genuina espiritualidad cristiana que sólo la obtenemos como gracia, como un carisma del espíritu de Dios. Y como decía esta mañana nuestra hermana, es espiritualidad de fiesta, que sólo podemos mostrarla con los parámetros de la alegría.

   De esta manera, nuestra espiritualidad se arropa dentro de la realidad de una vida en proceso, animada por algo que nos promete realizar la existencia de forma muy especial.

   Pero ese abandono en la gracia y para completar la gracia en otros, nos da fuerza para encarar todo presente y todo futuro. Nada más ajeno a la espiritualidad cristiana como el temor o la apatía. Como nos hemos referido a la espiritualidad de Jesús, la nuestra también ha de gastarse y renovarse en la conflictividad, en la superación de lo absurdo de nuestra existencia.

   Muchos de ustedes saben que tanto al maestro René Castellanos como a un servidor nos entusiasma la teología que se realiza desde la perspectiva del absurdo, donde al decir de Sorën Kierkegaard, la pasión por lo imposible domina la acción y el pensamiento nuestro. Por esta razón me atrevo a afirmar que en el desarrollo de la misión hay que incorporar también una espiritualidad marcada por la aventura de lo imposible, sólo realizable si se está en los senderos de ese huracán que nos mueve y que es, antes que todo, la presencia de Su Espíritu.

   Dios en lo absurdo de nuestro entorno se nos presenta como el misterio también absurdo, ya que es también irreal e incomprensible, que desafía nuestra creatividad, nuestra mística, nuestra espiritualidad y nos ordena a dar el salto de fe para sobrepasar la crisis y descubrir el camino. Un “no te dejaré hasta que no me bendigas” expresivo del vacío, de la kenosis, del dolor de nuestra humanidad a transformar. Es en ese vacío absurdo en que nos ofrecemos a los demás, especialmente y como se ha dicho por los excluidos y no sólo por la sociedad sino también por nuestra iglesia.

   Preparando este final he pensado también en la dimensión comunitaria de nuestra espiritualidad.

   Resulta altamente interesante que una de las cosas que no hemos logrado cambiar, por lo menos hablo de la experiencia de mi Iglesia Presbiteriana, es el rostro del ser Iglesia cristiana en Cuba hoy.

   Mucho ha cambiado a nuestro alrededor, la Iglesia aún no ha cambiado; seguimos siendo una pésima caricatura de lo que hemos recibido de nuestra herencia misionera.

   Ayer mencionamos a un teólogo y es bueno repetir hoy su nombre: Dietrich   Bonhoeffer. Él fue uno de los poquísimos hombres de iglesia que se atrevió, en la Alemania hitleriana, a implicarse directamente en la actividad política. Fue arrestado en abril de 1943 y encerrado en la cárcel berlinesa de Tegel donde permaneció 18 meses hasta octubre de 1944, en que fue transferido a una cárcel de la Gestapo, para después ser internado en el campo de concentración de Buchenwald y ajusticiado por alta traición en los últimos días del conflicto en la Alta Baviera, en el campo de Flushenburg, al amanecer del 9 de abril de 1945.

Sus tratados y prédicas llegaron a nosotros en la difícil década de los sesenta, a través de las contribuciones de los movimientos ecuménicos, especialmente ISAL y la FUMEC. Eran los días en que debatíamos la llamada violencia blanca como manera de vencer a la violencia roja.

   La revelación acaece en comunidad. Acto de Dios que se revela y acto de Dios que se acoge a la Palabra, pero en comunidad, por lo que una de las marcas visible de nuestra espiritualidad es la de ser espiritualidad en comunidad.

   Termino no sin antes dejar de mencionar algo que me esfuerzo personalmente para que marque mi espiritualidad cristiana: el sentido de la esperanza. Nuestro mundo esta urgido de esperanza y creo que muchas veces no ve esa promesa por la razón de que no ve en qué se sustenta la esperanza, la razón fundamental para no sólo creer, sino vivir la fe. Permítanme recordarles ese grito entonado, cantado, que dice:

 

Porque una aurora vio su gran victoria

sobre la muerte, el miedo, las mentiras,

ya nada puede detener su historia,

ni de su Reino eterno la venida.

 

Porque ilumina cada día sendas en gloria

y las tinieblas derrotó con lumbre,

Porque su luz es siempre nuestra historia

y ha de llevarnos a todos a la cumbre.

 

Por eso es que hoy tenemos esperanza,

por eso es que hoy luchamos con porfía,

por eso es que hoy miramos con confianza

el porvenir de esta tierra mía.

 

Y reafirma de nuevo:

 

Por eso es que hoy tenemos esperanza,

por eso es que hoy luchamos con porfía,

Por eso es que hoy miramos con confianza

el porvenir.Ω

 

©  DIDAJE, 2005